Tengo 30 años y hace unos meses terminé una relación que duró ocho años. No hubo infidelidades, ni g…

Life Lessons

Tengo 30 años y hace unos meses decidí poner fin a una relación que duró ocho años. No hubo infidelidades, ni gritos, tampoco escenas desagradables. Simplemente, un día me senté frente a ella y me di cuenta de algo doloroso: para su vida, yo era “la novia en espera”. Y lo más complicado es que ella probablemente ni siquiera se daba cuenta de ello.

Durante todo ese tiempo fuimos pareja, sí, pero nunca llegamos a vivir juntos. Yo seguía en casa de mis padres en Madrid y ella con los suyos. Yo tengo mi carrera y trabajo en una empresa, ella es dueña de un restaurante propio. Los dos éramos independientes, cada uno con sus responsabilidades, horarios y dinero. No había ninguna razón económica que nos impidiera avanzar. Sencillamente era una decisión que se iba posponiendo constantemente.

Durante años le propuse que compartiéramos piso. Nunca le hablé de una boda enorme ni de grandes planes. Siempre dejé claro que el matrimonio no era imprescindible, que una firma no define lo que ya teníamos. Le decía que nuestra relación era estable y que podríamos compartir un espacio, un día a día, una vida real. Pero siempre tenía una excusa: que más adelante, que no era el momento, que el restaurante, que mejor esperar.

Con el tiempo nuestra relación se convirtió en una rutina perfectamente engrasada. Nos veíamos los mismos días, hablábamos a las mismas horas, íbamos siempre a los mismos sitios. Conocía su casa, a su familia, a sus hermanos, sus problemas. Ella conocía los míos. Pero todo sucedía dentro de la comodidad, de lo seguro, sin riesgos ni cambios reales. Éramos una pareja estable, pero estancada.

Un día entendí algo que de verdad me dolió: yo avanzaba, pero nuestra relación no. Empecé a pensar en el tiempo. Pensé que si seguíamos así, podría llegar a los 40 y seguir siendo “el novio eterno”. Sin una casa juntos, sin planes reales, sin nada en común más que vernos y hacernos compañía. No porque ella fuera mala persona, sino porque no quería lo mismo que yo.

Decidir terminar la relación no fue un impulso. Lo medité durante meses. Cuando finalmente se lo dije, no hubo discusiones. Hubo silencio. Ella no lo entendía en absoluto. Me dijo que estábamos bien, que no nos faltaba nada. Y ahí supe que, para ella, era suficiente. Para mí, ya no.

Después llegó el dolor. Porque aunque fui yo quien se marchó, la costumbre seguía ahí. Seguían los mensajes, las llamadas, el “tiempo compartido”. Me sorprendía echando de menos cosas que no eran amor, sino hábito. La seguridad de lo conocido.

Lo que no esperaba era la reacción de los demás. Pensé que me juzgarían, que dirían que exageraba, que ocho años no se dejan así, sin más. Pero muchos me dijeron lo contrario. Me dijeron que ya era hora. Que alguien como yo no debe quedarse parado. Que había esperado suficiente.

Hoy aún sigo en ese proceso. No busco a nadie. No tengo prisa.

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