Una vez al mes Nina Serrano apretó contra el pecho una bolsa de basura y se detuvo ante el tablón d…

Life Lessons

Una vez al mes

Nina Jiménez apretó contra el pecho la bolsa de basura y se detuvo frente al tablón de anuncios, junto al ascensor. En una hoja de cuadrícula, sujetada con chinchetas, se leía en grandes letras: «Una vez al mes para algún vecino». Debajo, fechas y apellidos, y en una esquina la firma: «Sergio, piso 3ºB». Alguien había añadido con bolígrafo: «Se necesitan dos personas para el sábado, ayuda con las cajas». Nina leyó dos veces, sintiendo una leve irritación, similar a escuchar una voz ajena en el pasillo.

Llevaba diez años viviendo en ese portal y conocía las costumbres: se saludaban al cruzarse en la puerta y cada uno seguía su camino. A veces, un corto ¿sabes cuándo viene el fontanero? o ¿puedes pasarme la factura, por favor?. Pero un horario de cooperación, apellidos, chinchetas… Le recordaba a las reuniones en su antiguo trabajo, donde todos fingían ser equipo, pero al final cada uno cuidaba de sí mismo.

Junto al cubo de basura se encontró con Valentina, del quinto, que siempre bajaba con dos bolsas, como si una pudiera romperse.

¿Has visto? Valentina señaló el tablón. Lo ha ideado Sergio. Dice que así es más fácil. No salir corriendo cada uno por su cuenta, sino juntos.

¿Juntos? repitió Nina, con voz neutra. ¿Y si no apetece estar juntos?

Valentina se encogió de hombros.

Bueno Nadie obliga a nadie. Simplemente, cuando hace falta, que haya quien ayude.

Nina salió al patio y se dio cuenta de que ya estaba discutiendo mentalmente con ese Sergio del 3ºB. ¿Cuando hace falta? ¿Y quién decide para quién hace falta? ¿Por qué nos incumbe a todos?

El sábado por la mañana escuchó golpes y voces apagadas subiendo por el portal. A través de la puerta: ¡Cuidado con la esquina! y Sujeta el ascensor. Nina preparaba el desayuno y, aunque intentaba ignorarlo, no podía evitar escuchar. Imaginó cómo los vecinos, apenas conocidos, cargaban cajas ajenas y un sofá, alguien mandando, alguien refunfuñando. Le incomodó pensar en ese grupo viendo pedazos de vida ajena en cartón, y a la vez sintió una extraña envidia: a ellos les habían llamado.

Al cabo de una hora todo se calmó. Por la tarde, al regresar del mercado, vio una pila de cajas vacías y cinta adhesiva sobre un banco. Sergio, alto, con la cara agotada, recogía basura en una bolsa.

Buenas tardes, saludó él, como si ya fueran viejos conocidos.¿No molestamos?

No, contestó Nina. Era ruidoso, nada más.

Entiendo. Hemos intentado acabar antes de comer. Es que Tania, del 2º, se mudaba, y está sola con el niño. Bueno, sola hizo un gesto con la mano. En fin. Si necesitas algo, escríbelo en el tablón. No tiene que ser una mudanza. Cualquier tontería.

La palabra tontería sonó ligera, sin presión ni insistencia. Él no imponía nada, simplemente lo dijo y siguió atando la bolsa.

Los siguientes días, el tablón empezó a cobrar vida propia. Nina pasó por delante y notó nuevas notas: A Don Pedro, de 1ºA medicinas tras la operación, ¿quién puede ir a la farmacia?, Hay que atornillar una balda en el 4ºC, tengo taladro, Vamos a juntar 10 euros para el portero automático, quien no tenga cambio puede darlo otro día. Las letras cambiaban: unos escritos pulcros, otros apretados y temblorosos.

Ella no escribía nada. Sentía que así debía ser: mejor no entrometerse. Pero eso no le impedía observar.

Una tarde, al volver del trabajo, vio a una chica adolescente del portal de al lado llorando junto al ascensor, con la cara escondida en la manga. Valentina la tenía tomada por el hombro y susurraba:

Tranquila, ya lo encontramos. Sergio dice que él tiene.

¿Qué pasa? preguntó Nina, aunque podría haber pasado de largo.

Valentina la miró con la confianza de quien sabe que Nina no iba a reírse.

Su abuela tiene la tensión alta y se ha quedado sin pastillas, y la farmacia está cerrada. Sergio va a traerle algunas para que aguante hasta la mañana.

Nina asintió, y al llegar a su piso no pudo quitarse el abrigo de inmediato. Pensaba en lo fácil que Valentina había dicho ya lo encontramos. No que llamen al centro de salud, ni no es asunto nuestro, sino lo encontramos. Y también, en lo natural de Sergio al entregar sus propias medicinas, sin preguntar si las devolverían.

A los pocos días estalló una pequeña disputa en el portal. En el anuncio de la colecta para el portero automático alguien escribió: Otra vez con el dinero. Al que le interese, que lo ponga él. Una firma garabateada, sin nombre. Dos mujeres se enzarzaban junto al ascensor.

Eso es del tercero, reconozco la letra, susurraba una.

¿Y tú qué sabes? respondía otra. La gente vive de la pensión, y aquí pidiendo diez euros, diez euros

Nina cruzó de largo, sintiendo el peso de lo colectivo: ahí estaba el quién debe, el quién no paga, el quién se aprovecha. Le habría gustado que todo aquello acabara y el tablón volviera a anunciar solo fontaneros.

Pero por la tarde vio a Sergio delante del tablón. Con calma quitó el papel conflictivo, lo dobló y se lo guardó. Colgó una hoja blanca y escribió: Portero automático. Quien pueda, aporta. Quien no pueda, no aporta. Lo importante es que funcione. Sergio. Y nada más.

Nina se sorprendió respetándole por ese nada más. Sin discursos, sin amenazas. Solo una línea divisoria.

Mientras, su vida empezó a chirriar, como la puerta de la escalera que nadie engrasa. Primero fue una tontería: se le estropeó el latiguillo del grifo del baño. Puso un barreño, apretó una tuerca, limpió el suelo. En el trabajo, retrasaron el pago de la extra, y la jefa, sin mirarla a los ojos, soltó: Así estamos, paciencia. Nina sabía ser paciente.

A principios de mes le dolió la espalda. No para llamar a urgencias, pero sí para levantarse despacio, apoyada en el borde de la cama, esperando a que la punzada cediera. Se puso pomada, se envolvió el riñón con una bufanda y no dijo nada a nadie. Para ella, quejarse significaba acabar en un círculo de conversaciones, y las conversaciones en compasión.

Una tarde, al entrar con la bolsa de la compra, oyó un ruido extraño en el recibidor, como un roce. Era su propia puerta: la cerradura se atascaba, la llave apenas giraba. Empujó un poco más fuerte; la llave entró de golpe, rechinando. El corazón le dio un vuelco incómodo.

Se quitó los zapatos, dejó la bolsa en el taburete, sacó el destornillador de un cajón e intentó desmontar la cerradura. Las manos le temblaban de agotamiento, la espalda le tiraba. Dentro de casa, el silencio era tan profundo que le oprimía el pecho.

Al día siguiente, la cerradura se bloqueó por completo. Nina llegó tarde, con bolsa y carpeta, y no pudo abrir. Se apoyó en el metal frío intentando no perder la calma. Pensaba: Cerrajero. Llaves. Dinero. Noche. Llamó a la urgencia, donde le dijeron que el técnico tardaría dos horas.

Dos horas sentada en la escalera; más humillante que por los vecinos, era por sí misma, por sentirse impotente. Se sentó en el peldaño, puso la bolsa a un lado y observó sus manos: resecas, con pequeñas grietas de tanta limpieza. Manos de mujer que siempre se las arregla sola.

El ascensor se abrió y salió Sergio. La vio enseguida.

¿Nina Jiménez? preguntó, como para confirmar.

Ella levantó la cabeza, notando cómo se sonrojaba.

La cerradura, dijo escueta. Espero al técnico.

¿Mucho tiempo?

Me han dicho que dos horas.

Sergio miró la puerta y luego su bolsa.

Tengo un maletín de herramientas. Si quieres, lo intento mientras esperas. Si no se puede abrir, al menos vemos el problema. ¿Te parece bien?

Ese ¿te parece bien? era importante. No dijo dame, yo lo hago, ni ¿qué haces ahí sentada?. Preguntó.

Nina pensó contestar No, gracias, como habría hecho siempre. Pero la espalda dolía, el móvil se agotaba, y dos horas en el peldaño le parecieron demasiado.

Prueba, respondió sorprendida de que su voz no temblaba.

Sergio subió a recoger su maletín. Lo abrió en el suelo, desplegó sus cosas sobre un periódico, cuidando de no ensuciar las baldosas. Nina lo notó; era orden y respeto por lo ajeno.

No soy cerrajero, avisó. Pero ya me he peleado con cerraduras antes.

Sacó la placa, dejó los tornillos en una tapa de caja para no perderlos. Nina se sentó al lado, sosteniendo la bolsa, y se sintió extraña: como si la vida, de repente, fuera una escalera compartida y que eso no era necesariamente malo.

Aquí el bombín está gastado, dijo Sergio. Se puede engrasar, de momento, pero mejor cambiarlo. ¿Tienes copia de la llave?

No, confesó Nina. No lo he pensado.

Sergio asintió, sin comentar más.

Al cabo de diez minutos la puerta cedió. No a la primera, pero sí cedió. Nina entró, encendió la luz y notó el alivio. Se giró.

Gracias, dijo. Y quiso aclarar, porque si no parecía que la conversación acababa ahí. Pero Mejor que no lo sepa todo el vecindario.

Sergio la miró.

Lo entiendo. No diré nada. Pero conviene cambiar el bombín. Si quieres, mañana te paso el contacto de un buen cerrajero: discreto y eficaz.

Nina asintió. Le gustaba que no propusiera que todos los vecinos se junten y lo cambien juntos. Ofrecía algo concreto y tranquilo.

Cuando Sergio se marchó, Nina echó la cadena y permaneció largo rato en la entrada, escuchando sólo el zumbido de la nevera. Su deseo de llorar y reír al mismo tiempo venía de descubrir que ayudar puede no parecerse en nada a la lástima. Era como una herramienta ofrecida porque tienes las manos ocupadas.

Al día siguiente llamó al cerrajero recomendado. Vino por la tarde, desmontó el bombín, mostró la pieza dañada y puso uno nuevo. Nina pagó, recibió dos llaves y dejó una en una cajita en lo alto del armario, anotando con rotulador copia. Era un pequeño reconocimiento: sí, hay momentos en que uno no puede solo.

A los pocos días apareció en el tablón una nueva nota: El sábado ayudar a Don Pedro de 1ºA a traer la compra y medicamentos; después del hospital le cuesta. Se necesitan dos personas, de 11 a 12. Nina la leyó y comprendió que ahora sí podía hacerlo.

El sábado salió antes de casa. En la bolsa llevaba dos paquetes de galletas y una caja de infusiones: no como limosna, sino como excusa para entrar y no llegar con las manos vacías. En el rellano la esperaba Sergio.

¿Tú también? preguntó, sin sorpresa.

Sí, contestó Nina. Pero eso sí: yo cargo lo ligero. Y sin charlas sobre la salud, ¿vale?

Lo dijo firme, no como disculpa ni petición, sino como condición.

De acuerdo, sonrió Sergio.

Subieron al piso de Don Pedro. Les abrió un hombre mayor en batín, de rostro pálido. Trató de sonreír.

Vaya, el comité, murmuró.

No somos comité, aclaró Nina, entregándole la bolsa. Le traemos la compra: hay infusiones y galletas, por si le apetece.

Don Pedro la cogió con ambas manos, temeroso de que se cayera.

Gracias. Yo lo hubiera hecho solo… pero las piernas…

No hace falta ese pero, dijo Sergio con suavidad. Díganos dónde lo dejamos.

Fueron a la cocina. Nina dejó las bolsas sobre la mesa, vio el papel de los medicamentos y una caja de pastillas vacía. No preguntó. Simplemente ofreció:

¿Quiere que le lleve la basura?

Si pudiera… murmuró Don Pedro, avergonzado.

Nina recogió la pequeña bolsa y la dejó fuera. Al volver, se dio cuenta de que el dolor de espalda prácticamente se había disipado. No porque ya no doliera, sino porque algo en su interior se sentía más tranquilo.

Al salir, Don Pedro intentó darle dinero a Sergio.

No hace falta, respondió Sergio.

Pues al menos… miró a Nina. Puedes venir, si hace falta. No muerdo.

Nina asintió.

Si hace falta, venimos. Pero usted tampoco se haga el héroe. Escriba lo que necesite en el tablón.

Sintió al decirlo una certeza silenciosa: tenía derecho a hablar igual que Sergio. Ni por encima ni por debajo, sino a su lado.

Por la tarde, se detuvo frente al tablón de anuncios. Alguien había dejado un paquete de chinchetas y una mini libreta. Nina sacó el bolígrafo y escribió despacio, sin redundancias: Piso 4ºC. Nina Jiménez. Si alguien necesita: puedo ir a la farmacia o recoger un paquete entre semana después de las 19:00. No cargo peso. Fijó la nota, comprobó que quedaba firme y guardó el boli.

En casa encendió el hervidor, tomó la copia de la llave y la metió en un sobre pequeño. En él escribió el número de Sergio, y lo dejó en el cajón de la entrada. No como señal de dependencia, sino como protección permitida por sí misma.

Cuando un vecino cerró de golpe y se oyeron pasos en el portal, Nina no se sobresaltó. Apagó la vitro, sirvió el té y pensó que una vez al mes no trata de multitudes. Trata de que, si tienes la mano ocupada, puedes contar con otras cerca.

A veces no hace falta cargar con todo tú sola. Esa es la verdadera manera de vivir en comunidad.

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