¿Acaso la orquídea tiene la culpa? —Polina, llévate esta orquídea o la tiro a la basura —dijo Katia mientras tomaba descuidadamente la maceta transparente con la flor y me la entregaba. —¡Ay, gracias, amiga! Pero, ¿qué te ha hecho esta orquídea para que no la quieras? —pregunté, desconcertada. Al fin y al cabo, en el alféizar aún quedaban otras tres orquídeas, espléndidas y bien cuidadas. —Esta flor se la regalaron a mi hijo en su boda. Y ya sabes cómo acabó todo… —suspiró Katia con tristeza. —Sé que tu hijo Denis se divorció antes de cumplir un año de casado. No te preguntar é por qué, imagino que debió de ser algo muy serio. Denis adoraba a Tania —no quería hurgar en heridas recientes de mi amiga. —Algún día te contaré la razón, Pola, pero de momento, es doloroso recordarlo —dijo Katia pensativa y a punto de llorar. Llevé a casa la orquídea “desterrada” y “rechazada”. Mi marido miró con compasión a la “desgraciada” flor: —¿Para qué quieres este pobre bicho? Esa orquídea no tiene vida, hasta yo lo veo. No pierdas tu tiempo. —Quiero reanimarla, darle cariño y cuidados. Estoy segura de que algún día te maravillarás con ella —deseaba “devolver” la vida a esa flor mustia y agonizante. Mi marido bromeó y me guiñó un ojo: —¿Quién se resiste al amor? Una semana después, Katia me llamó: —Polina, ¿puedo ir a verte? No soporto seguir con esta carga. Quiero contártelo todo sobre el matrimonio fallido de Denis. —Kat, ven sin pensarlo dos veces. Te espero —no le podía negar nada a mi amiga. Katia me había apoyado durante mi difícil divorcio con mi primer marido y cuando no me llevé bien con el segundo… Y, en general, nuestra amistad tiene muchos años. Katia llegó en una hora. Se acomodó en la cocina. Entre una copa de vino seco, una taza de café recién hecho y un poco de chocolate negro, comenzó un largo relato sobre la vida. —Jamás podría imaginar que mi exnuera fuera capaz de eso. Denis y Tania convivieron siete años. Denis la observó mucho antes de decidirse. Por Tania dejó a Ana, y a mí Anita me caía tan bien… Era tan hogareña, tan dulce. Le llamaba hija. De pronto apareció la bellísima Tania. Denis se volvió loco por ella. Se le veía embobado, como abejorro revoloteando una flor. El amor que tenía por Tania era devorador. Ana quedó enseguida a un lado. Cierto es que Tania era de portada de revista. A Denis le gustaba presumir ante sus amigos y que la gente mirara a Tania por la calle. Lo raro era que tras siete años juntos no tuvieran hijos. Pensé: seguro que mi hijo quiere hacer las cosas bien, primero casarse y luego los niños vendrán. Denis no es de hablar mucho, y nosotros nunca nos metimos en sus asuntos. Un día, mi hijo nos lo soltó sin más: —Papá, mamá, me caso con Tania. Hemos entregado los papeles en el registro. Haré una boda por todo lo alto, cueste lo que cueste. Nos alegramos: al fin, Denis tendría familia formal. Ya tenía treinta años… Imagínate, Pola, tuvieron que aplazar la fecha de la boda dos veces: primero por una gripe de Denis, luego porque yo me retrasé regresando de un viaje de trabajo. Pensé que algo no iba bien. Pero veía a Denis tan feliz que no quise decirle nada. Más aún, quiso casarse por la iglesia con Tania, pero tampoco salió: el cura don Esteban estaba fuera por una temporada. Denis solo quería casarse con él. Nada salía como debía… La boda fue bulliciosa. Mira esta foto, ¿ves cómo estaba la orquídea que le regalaron? Florecida, espectacular, las hojas firmes como soldados. ¿Y ahora? Solo quedan hojas blandas y tristes… …Denis y Tania querían hacer un viaje de novios a París. Pero surgió un problema: a Tania no la dejaron salir del país por una multa enorme que debía. En el aeropuerto, dieron la vuelta. Denis no hacía caso de esos infortunios; soñaba con su familia, ajeno a todo. …De repente, Denis cayó gravemente enfermo y lo ingresaron. Su estado era crítico, los médicos no daban esperanza. Tania fue a visitarle una semana, luego le dijo: —Lo siento, pero no quiero un marido inválido. He pedido el divorcio. ¿Te imaginas, Pola, lo que sintió mi hijo, postrado en aquella cama? Pero él solo contestó: —Te entiendo, Tania. No te pienso poner trabas. Total, que se divorciaron. Pero mi hijo se recuperó. Encontramos un médico genial, Pedro Ramírez, que le levantó en seis meses. Nos hicimos amigos de Pedro y de su hija, María, una joven de veinte años. A Denis, de primeras, no le gustaba nada: —¡Qué bajita! Y ni siquiera es guapa… —Hijo, fíjate bien en María. La belleza no alimenta… Ya tuviste una esposa de portada y mira cómo salió. Mejor tomar agua en alegría que miel en amargura. …Denis no podía olvidar a Tania, pero la traición le dolía. María, sin dudarlo, se enamoró de él, le llamaba constantemente, le seguía a todas partes. Queríamos acercarlos, así que organizamos una salida al campo. Denis estaba taciturno todo el día. Nada le alegraba: ni la barbacoa ni la compañía ni el ambiente. María le miraba esperando una señal, pero él ni la miró. Le dije a mi marido: —Para qué tanto empeño si Denis todavía piensa en Tania… Pasaron tres, cuatro meses, suena el timbre. Denis en la puerta, con la orquídea en la mano: —Toma, mamá, aquí tienes los restos de mi antigua felicidad. Haz lo que quieras con la flor, ya no la quiero. La cogí de mala gana. No me gustaba, como si esa flor tuviera la culpa de las desgracias de mi hijo. La metí en un rincón lejos de la vista y la olvidé. Hace poco, una vecina me dijo: —Katia, vi a tu Denis con una chica menudita… Tu exnuera era mucho más guapa. No lo creía: ¿mi hijo con María? —Te presento a mi esposa María —Denis afirmó, acariciando la mano de su joven esposa. Mi marido y yo nos quedamos de piedra: —¿Y la boda? ¿Y los invitados? —No hace falta el barullo, ya lo vivimos. Nos casamos sin ruido y nos bendijo don Esteban. María y yo, juntos para siempre. Aparté a mi hijo: —Denis, ¿quieres de verdad a esta chica? ¿No harás daño a María? ¿No es por despecho a Tania? —No, mamá, ya lo superé. Esa mujer ya es pasado. —Hasta dejó de llamarla por su nombre—. ¿Amor?… Pues, qué te digo: el mundo de María encaja perfecto con el mío. Así fue la historia, Polina. Katia se desahogó a fondo. …Tras esa charla no nos vimos en dos años. La rutina, los líos… Y la orquídea revivió, floreció como nunca. Las flores saben agradecer el cariño. Nos cruzamos Katia y yo en el hospital materno: —¡Hola, amiga! ¿Qué haces aquí? —María ha tenido mellizos. Están a punto de salir de cuentas —sonreía Katia. Cerca estaban Denis y su padre, esperando a los pequeños. Denis tenía un ramo de rosas rojas. En la puerta apareció María, agotada pero radiante. Detrás, una enfermera traía con sumo cuidado dos “vivos” y “soñolientos” paquetitos. Al poco, mi hija llegaba con mi recién nacida nieta… Tania suplica a Denis que la perdone y empiecen de nuevo. …Se puede pegar una taza rota, pero no volverás a beber en ella…

Life Lessons

¿Tiene la culpa la orquídea?

Celia, llévate esta orquídea o la tiro ahora mismo Cristina cogió sin miramientos la maceta transparente de la ventana y me la puso en las manos.

¡Ay, gracias, amiga! Pero, ¿qué te ha hecho esta orquídea? pregunté con desconcierto, pues en el alféizar seguían luciendo otras tres orquídeas cuidadísimas.

Esta flor se la regalaron a mi hijo en su boda. Ya sabes cómo acabó todo… Cristina suspiró pesadamente.

Sé que tu Alejandro se divorció antes de cumplir un año de matrimonio. No pregunto los motivos; imagino que serían importantes. Alejandro adoraba a Clara no quise remover la herida reciente de mi amiga.

Ya te contaré alguna vez la razón del divorcio, Celia. Por ahora, todavía se me hace duro recordar Cristina bajó la mirada y se le humedecieron los ojos.

Me llevé a casa la pobre orquídea desterrada y rechazada. Mi marido la miró con compasión.

¿Para qué quieres esta planta raquítica? No tiene vida, hasta yo lo veo. No malgastes tiempo.

Voy a intentar revivirla. Le daré todo mi cariño y cuidados. Estoy segura de que volverás a admirar esta orquídea quería devolverle la vida a ese apático y marchito ser.

Él me guiñó un ojo, bromeando:

¿Quién rechaza el amor?

A la semana, Cristina me llamó:

Celia, ¿puedo ir a verte? No puedo con este peso en mi interior, necesito contarte todo sobre el desastre de la boda de Alejandro.

Ven cuando quieras, Cris, te espero no podía negarle nada a mi amiga. Cristina siempre había estado a mi lado: en mi primer divorcio doloroso, en mis problemas con el segundo Nuestra amistad venía de lejos.

No tardó ni una hora en llegar. Se acomodó en mi cocina y, entre una copa de vino crianza, café recién hecho y un poco de chocolate negro, desgranó su largo relato.

Jamás pude imaginar que mi exnuera sería capaz de algo así. Alejandro y Clara estuvieron siete años juntos. Alejandro se lo pensó muchísimo antes de decidirse. Por Clara dejó a Teresa, y fíjate que yo adoraba a Teresa, tan de casa, tan cercana yo la llamaba hija y todo. Pero de pronto apareció esa bellísima Clara, y Alejandro, como hechizado, perdió la cabeza por ella. Sólo tenía ojos para Clara, revoloteando a su alrededor como abeja sobre flor. El amor por ella era devorador. Teresa pasó rápidamente al olvido.

Reconozco que Clara era espectacular; a Alejandro le encantaba presumir ante sus amigos que no dejaban de mirarla, incluso los transeúntes se giraban. Me resultaba extraño que no tuvieran hijos en esos siete años. Quizás mi hijo esperaba hacer las cosas como dios manda, casarse antes. Alejandro nunca ha sido de muchos confidencias, y nosotros tampoco nos metíamos demasiado en sus asuntos.

Al final, Alejandro nos salió con la noticia:

Mamá, papá Me caso con Clara, ya hemos pedido hora en el registro. Haremos una boda por todo lo alto. Ni el dinero me importa.

Mi marido y yo nos alegramos mucho; ¡al fin Alejandro iba a formar su propia familia, y ya tenía treinta años!

Pero, Celia, la fecha de la boda tuvo que cambiarse dos veces: que si Alejandro pilló una gripe, que si yo me retrasé en un viaje de trabajo Me dio mala espina, pero preferí no aguar la felicidad de mi hijo. Más aún, quería casarse por la iglesia con Clara. Pero tampoco salió; el padre Bautista, al que Alejandro apreciaba, se marchó de vuelta a Burgos. Cosas que parecían señales…

A final, la boda fue ruidosa y alegre. Mira esta foto. ¿Ves la orquídea que les regalaron? Exuberante, preciosa, con hojas firmes como soldaditos ¿Y ahora? Solo quedan hojas mustias y tristes.

Alejandro y Clara iban a viajar de luna de miel a París. Pero surgió otro problema: no dejaron salir a Clara de España porque tenía una deuda enorme de una multa sin pagar. Les pararon en el aeropuerto. Alejandro ni se inmutó, tan ilusionado como estaba.

Pero, sin avisar, Alejandro enfermó gravemente. Ingresó en el hospital. Los médicos no le daban esperanzas.

Clara aguantó yendo a verle una semana, luego le soltó:

Perdona, pero no quiero un marido inválido. He pedido el divorcio.

¿Te imaginas lo que sintió Alejandro, postrado en la cama? Pero él contestó serenamente:

Lo entiendo, Clara. No pienso poner pegas al divorcio.

Se separaron, sin más.

Por suerte, encontramos un buen médico que levantó a Alejandro en medio año. El doctor Pedro Bogard tenía una hija veinteañera, Lucia, muy dulce. Alejandro, al principio, torcía el gesto con ella.

Es una bajita extraña, ni siquiera me parece guapa.

Hijo, la belleza se acaba, ¡pero la vida juntos es lo que importa! Ya probaste una esposa modelo Mejor agua clara que miel en la amargura.

Aún sin olvidar a Clara, la traición le dolía más. Lucia, en cambio, se encariñó rápidamente; no dejaba de buscar su compañía.

Pensamos en acercarlos. Salimos de excursión al campo. Alejandro estaba triste, apático, la barbacoa y el ambiente familiar no lograron animarle. Lucia lo miraba con la ilusión reflejada en sus ojos, pero él ni se fijó en ella.

Le dije a mi marido:

Hemos forzado demasiado, Alejandro sigue amando y recordando a Clara. Es una espina clavada.

Pasaron unos meses. Un día, suena el timbre. Era Alejandro, con la famosa orquídea en la mano:

Aquí tienes, mamá. Queda esto del pasado. Haz con la flor lo que prefieras, para mí no significa nada.

Acepté la orquídea con desgana; me desagradaba, como si fuera culpable de toda la desgracia de mi hijo. La aparté de la vista, ni la regaba.

Hace poco una vecina me dijo:

Cristina, he visto a tu Alejandro con una chica menudita. Desde luego su ex era más guapa y espigada…

No lo creí ¿Alejandro con Lucia? Pero, de repente, un día me lo anuncia él mismo:

Mamá, papá, os presento a mi esposa, Lucia. Nos hemos casado.

Nos quedamos de piedra:

¿Y la boda, y la fiesta?

Nada de eso. Nos inscribimos en el registro en secreto, sin alboroto. El padre Bautista nos bendijo luego. Ahora estamos juntos para siempre.

Llevé aparte a Alejandro:

¿Pero la quieres de verdad? ¿No será para vengarte de Clara?

No, mamá, Clara ya es historia. Con Lucia me siento en paz. Nuestro mundo encaja perfectamente.

Eso es lo que hay, Celia.

Cristina se desahogó del todo.

Tras aquella conversación, pasaron dos años sin vernos. Las obligaciones diarias nos arrastraron. Mientras, la orquídea revivió y floreció como nunca. Las flores agradecen el cuidado.

Un día, nos encontramos en la maternidad.

¡Cristina! ¿Qué haces aquí?

Lucia ha tenido mellizos. Hoy les dan el alta Cristina sonreía.

Poco después, Alejandro apareció con un ramo de rosas rojas junto a mi esposo, ambos impacientes con la llegada de los bebés. Lucia salió, cansada pero radiante, seguida de la enfermera que llevaba dos pequeños bultitos. Detrás venía mi hija, con mi nieta recién nacida.

Clara apareció alguna vez suplicando volver, pidiendo perdón.

Pero como dicen aquí, una taza rota se puede pegar, pero ya no sirve para beber.

Cuidar a quien te cuida, aunque cambie de forma o de nombre, siempre trae nueva vida y esperanza. Allá donde falta amor, hasta las orquídeas mueren. Donde hay cariño, hasta lo que parecía marchito vuelve a florecer.

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