Llegó tarde, casi de madrugada, y se metió al baño sin quitarse los zapatos. Tiró la chaqueta sobre la silla y desapareció entre la niebla del vapor, como si el agua pudiera borrarle el día entero.
Yo escuchaba el grifo abrirse a fondo, la ducha llenándose de vapor. Los minutos se escurrían y yo los contaba en la cabeza, como cuando de niño contaba los vaivenes del columpio: uno, dos, tres demasiado.
Cuando salió, el pelo todavía estaba húmedo y llevaba un perfume distinto al de siempre; entre la nota cítrica se colaba un acorde dulce y extranjero.
Estoy hecho polvo gruñó, sin mirarme. Mañana te lo cuento. Asentí con la cabeza y sonreí, esa sonrisa que sólo mantiene las mejillas, no el corazón.
Me quedé solo en la cocina con su chaqueta. La colgué en el armario y, al hacerlo, algo crujió en el bolsillo. Instintivamente metí la mano y saqué un recibo doblado en forma de triángulo. El papel estaba todavía tibio, como si guardara el calor de su cuerpo, ocultando un secreto que no debía descubrir.
Desplegué el recorte sobre la mesa. El logo del elegante restaurante El Cardenal, la dirección en el centro de Madrid, la hora 22:41. Cena: 2 personas. Dos cafés, una botella de vino tinto, dos entrantes, dos postres. Doble.
Mi cerebro, en el primer segundo, hizo lo que siempre hace en esos momentos: intentó salvar la realidad. ¿Cliente? ¿Proveedor? ¿Alguien del trabajo con urgencia? Pasé el dedo por los nombres de los platos, que sonaban como la risa de un chef ingenuo: carpaccio, solomillo, tiramisú. A él no le gustaba el tiramisú; a mí sí.
Guardé el recibo en el cajón, pero durante toda la noche el crujido me despertaba. Me levantaba, caminaba por el apartamento, miraba la nevera, bebía agua del grifo, y volvía a fijarme en la suma final: importe y propina. Números tontos que pesaban más que la propia chaqueta.
A la mañana siguiente ambos fingimos que nada había pasado. Preparé café y le puse un bocadillo. Él fingía no notar la mantequilla temblorosa en el pan. Hoy otra vez largo dijo, desplazando el móvil con rapidez. Gran cliente, proyecto nuevo. Lo vi ponerse la misma chaqueta. Por un instante quise levantar la mano y decirle: Quédate, hablemos. No lo dije. La puerta se cerró en silencio.
Después del trabajo fui a la dirección del recibo, sin saber bien por qué. Tal vez quería comprobar si el sitio existía de verdad o sólo en mi cabeza. Un arco de ladrillo, penumbra, y en la vitrina una fila de copas brillantes como promesas de esmalte.
Me senté en un banco frente al local. Dentro, el camarero apartaba sillas y arreglaba mesas. Saqué el móvil, activé la cámara, pero no tomé foto; no quería convertir la historia en pruebas, solo entender.
Entré, cinco minutos después. ¿Para usted sola? preguntó el camarero con una sonrisa. No, gracias. Sólo ¿tienen reservas para hoy? Miró su libreta. Muchísimas. Los jueves siempre están llenos. Dudé. ¿Y ayer a las 21? El camarero entrecerró los ojos. Ayer hubo mucho gentío. Vuelven caras conocidas aunque no recuerdo a todas. ¿Una mesa en la esquina, junto al pilar? Asentí, aunque no era lo que quería preguntar. Salí sintiendo el peso de miradas que nadie dirigía a mí.
Por la tarde, antes de que volviera, saqué el recibo del cajón y lo puse sobre la mesa, bajo una servilleta de lino, como una carta del solitario que espera a ser descubierta. Regresó tarde, comió sopa y dijo que estaba deliciosa. Luego se metió en la ducha, más tiempo que la noche anterior. El agua golpeaba los azulejos como un tambor. Salí de la cocina, fui al baño y llamé a la puerta con la mano abierta.
¿Puedo entrar? pregunté. Dame cinco minutos exclamó. Enseguida te lo cuento todo.
Palabras que antes marcaban la rutina ahora, mañana, después ahora sonaban como una deuda que se aplaza a interés.
Me contó que había sido una cena de negocios, que el cliente venía de Bilbao y no bebe solo. Que había pedido tiramisú porque estaba incluido en el menú. Mientras hablaba, evitaba mirarme a los ojos, como temiendo que allí leyera algo.
¿Por qué la ducha de inmediato? le pregunté. ¿No huele a oficina? Él respondió cansado: Me sentía agotado y quería calentarme. Ya sabes que me resfrío fácil. Podía ser verdad, o una mentira a medias, esa que se acomoda mejor en la almohada.
Esa misma noche me levanté, preparé té, abrí y cerré la nevera, cubrí y descubrí la servilleta, saqué el recibo y lo volví a guardar, como un niño que verifica si el truco de magia sigue funcionando.
Al día siguiente me mandó una foto desde la oficina: él, compañeros y una pizza en caja. Día pesado, cruza los dedos escribió. Lo crucé. Después fui al centro comercial, a la perfumería, y pasé la muñeca por el tester de una fragancia que había olido anoche: Ámbar de Sevilla. Caro, elegante, unisex aunque en la estantería decía para ella. Me dije que era la nueva campaña de la empresa, que ahora hombres y mujeres huelen igual.
El sábado propuso ir al cine. Acepté. Nos sentamos juntos, compartimos un cubo de palomitas. A mitad de la película miré su móvil y, sin husmear, vi una notificación: Gracias por ayer. Nos vemos. Sin nombre, sin número guardado, desapareció antes de mostrarse. Podía ser un cliente, el camarero, cualquiera a quien había ayudado.
El domingo anoté en el calendario tres frases: Hablar. Poner límites. Preguntar la verdad. Las guardé, las saqué, las rasgué y las tiré a la basura, para volver a recogerlas, alisarlas y guardarlas junto al recibo.
Cuando se quedó dormido, le pregunté:
¿Tienes algo que decirme antes de que empiece a imaginarme las respuestas?
Nada que te haga daño respondió, apoyando la cara en la almohada. En serio.
Una sola frase a veces pesa más que un sí o un no.
No sé si había otra persona. No sé si la cena para dos fue una traición o simplemente la vida que se escapa por una ruta no prevista. Sólo sé que algo cambió. Que el agua de la ducha no lo borra todo. Y que el papel, aunque se pueda arrugar en una bolita, deja en la memoria números simples que se niegan a desaparecer.
Hoy lo he puesto sobre la mesa, no al lado de su plato, sino en el centro, como un plato compartido al que ambos debemos admitir si les da hambre. Preparé té en dos tazas.
Me siento y espero a que vuelva. Tal vez entra, me mire y diga: «Me pasé. Tenía miedo. No quería herirte». O quizá diga: «No confíes más en los recibos que en mí». O quizá simplemente tire el papel a la basura y pregunte qué cenaremos.
Entonces tendré que decidir qué me asusta más: la respuesta que confirme mis temores o el silencio que los alimente. O quizá lo más valiente sea mirar dentro de mi propio corazón y ver si todavía podemos pedir para dos. No tengo solución todavía. Sólo una mesa puesta para dos y un papel que dice menos de lo que parece y, a la vez, más de lo que quisiéramos. No sé qué haré. A veces no es el recibo quien revela la verdad, sino cuánto tiempo podemos mirarlo juntos.







