Recuerdo como si fuera ayer aquella época difícil, aunque ahora todo parezca envuelto en la neblina de los años. Era una mañana cualquiera, gris como tantas de aquel invierno madrileño, cuando me arrodillé ante mi hija, contemplando las manchas rosadas que surcaban sus mejillas. Otra vez…
Alba, con apenas cuatro años, permanecía en medio del salón con una paciencia y seriedad que no eran normales para una niña tan pequeña. Ya estaba acostumbrada a aquellas revisiones, a los rostros preocupados de su madre y yo, a las interminables pomadas que comprábamos en la farmacia y a los montones de pastillas.
Teresa se acercó y se agachó a mi lado. Con delicadeza, apartó un mechón del pelo de Alba.
Estos medicamentos no sirven para nada. Como si fuera agua dijo, con resignación. Y los médicos del ambulatorio… No sé ni cómo llamarlos. Nos cambian el tratamiento otra vez. No hay cambio alguno.
Me levanté y me froté el puente de la nariz. Detrás de los cristales, Madrid seguía sumida en ese tono plomizo que no prometía nada mejor que ayer. Nos preparamos rápido: envolvimos a Alba en su abrigo y media hora después ya estábamos sentados en casa de mi madre.
Rosa suspiraba, negaba con la cabeza, acariciando la espalda de su nieta.
Tan pequeña y ya todas esas medicinas… Es mucho para su cuerpo la sentó en su regazo, y Alba se acomodó, como quien regresa al único sitio seguro. Da pena verla así.
Preferiríamos no darle nada… musitó Teresa desde el borde del sofá, las manos en un nudo. Pero la alergia no cede. Hemos quitado todo. Todo. Sólo come lo básico, y aun así le salen ronchas.
¿Y qué dicen los médicos?
Nada concreto. Analizando, probando… pero el resultado hizo un gesto hacia las mejillas inflamadas de la niña es esto.
Rosa resopló, acomodando el cuello del abrigo de Alba.
Ojalá se le pase con los años. Eso les pasa a muchos niños, ¿no? Pero ahora… poco consuelo nos dejan.
Miré a mi niña, tan menuda, con esos ojos tan grandes, tan atentos. Al acariciarle la cabeza, a mi memoria acudieron recuerdos de mi propia infancia: los pestiños que robaba de la cocina los sábados, las suplicas por caramelos, el amor por las mermeladas de mi madre, directamente a cucharadas. Y mi hija… hervidos de verduras, carne cocida, agua. Ni fruta, ni dulces, ni la comida normal de los niños. Cuatro años y su dieta era más estricta que la de cualquier enfermo de úlcera.
Ya no sabemos qué más quitar dije en voz baja. Su menú ya está casi vacío.
Vuelta a casa, el silencio llenó el coche. Alba se quedó dormida en el asiento trasero, y yo no dejaba de mirar por el retrovisor. Dormía tranquila, al menos no se rascaba.
Ha llamado mi madre dijo Teresa de pronto. Nos pide que llevemos a Alba el próximo fin de semana. Ha conseguido entradas para el teatro de marionetas, quiere que le acompañe.
¿Al teatro? respondí mientras cambiaba de marcha. Muy bien, le vendrá bien distraerse.
Eso pensé. Necesita cambiar de aires.
Ese sábado aparqué frente a la casa de mi suegra. Saqué a Alba del asiento infantil; la niña, medio dormida, se frotaba los ojos con sus pequeños puños. Era temprano y no había descansado bien. La cargué en brazos; se acurrucó contra mí como un pajarillo cálido.
Carmen salió al porche en su bata llena de flores, haciendo gestos exagerados como si viera a su nieta tras una travesía por mares tempestuosos.
¡Ay mi niña, mi sol! apretó a Alba contra su inmenso pecho. Estás tan flojita, tan delgada… Esas dichosas dietas os van a acabar con la niña.
Metí las manos en los bolsillos, mordiéndome la irritación. Siempre lo mismo.
Lo hacemos por su bien, y no por gusto me defendí.
¿Por su bien? Carmen frunció los labios, examinando a Alba como si acabara de volver de un campo de prisioneros. Está en los huesos. Los niños tienen que crecer y vosotros la estáis matando de hambre.
Se la llevó dentro, sin mirar atrás, cerrando la puerta con suavidad. Me quedé en el porche, sintiendo una punzada en la cabeza, una intuición que no lograba fijarse. Tras un momento, me fui a por el coche.
Unos días sin la niña resultaban extraños; la casa parecía demasiado tranquila, casi vacía. El sábado, Teresa y yo recorrimos el Carrefour, llenando el carrito para toda la semana.
En casa, tres horas arreglando el grifo del baño que llevaba meses goteando; Teresa sacando ropa vieja de los armarios, embutiéndola en bolsas para donar. Vida cotidiana, sí, pero la ausencia de Alba quitaba el alma al hogar.
Por la noche pedimos pizza, aquella con mozzarella y albahaca que Alba tenía prohibida. Abrimos una botella de Tempranillo. Charlamos como hacía años que no lo hacíamos. Sobre el trabajo, las vacaciones que jamás planeábamos bien, la reforma pendiente.
Estamos a gusto dijo Teresa, y enseguida se corrigió. Me refiero… bueno, tú ya me entiendes. Es solo tranquilidad.
Te entiendo le cubrí la mano con la mía. Yo también la echo de menos. Pero, a veces, descansar no viene mal.
El domingo, cerca del anochecer, fui a buscar a Alba. El sol se deslizaba hacia el horizonte, tiñendo las calles de naranja profundo. La casa de Carmen parecía acogedora tras los manzanos viejos bañados de luz dorada.
Abrí la verja, escuchando el chirrido de las bisagras, y me quedé parado.
En el porche, Alba estaba sentada con Carmen a su lado, las dos felices. En las manos de Carmen, un bollo. Grande, dorado, reluciente de aceite. Alba mordía, con las mejillas embadurnadas, la barbilla llena de migas y los ojos desbordando alegría, una felicidad que hacía mucho no veía en ella.
Tuve que quedarme quieto, mirando. Luego, la rabia, caliente como el fuego, me empujó hacia ellas. Llegué en tres zancadas y arranqué el bollo de manos de mi suegra.
¿¡Pero esto qué es!?
Carmen retrocedió, las mejillas rojas como tomates.
Sólo es un trocito… Nada grave, hijo. Un bollito…
No le escuché más. Cogí a Alba que se asustó, abrazándose a mi chaqueta y la puse en el coche. Atada al asiento, mis manos temblaban de enojo. Alba me miraba con miedo, a punto de romper a llorar.
Todo está bien, mi vida le acaricié la cabeza, obligando a mi voz a sonar tranquila. Quédate aquí un momento, papá vuelve.
Cerré la puerta y regresé al porche. Carmen seguía allí, tirando del bajo de la bata.
Luis, no entiendes
¿Que no entiendo? me detuve, y las palabras salieron solas. ¡Medio año! ¡Seis meses buscando lo que pasa con Alba! Análisis, pruebas, visitas y noches en vela, ¡¿tienes idea de lo que hemos gastado en euros?! ¡Y tú, detrás, ignorando a los médicos!
Carmen retrocedió hacia la puerta.
Yo solo quería ayudar…
¿¡Ayudar?! me acerqué un paso. Alimentábamos a Alba con agua y pollo hervido, sin nada más. ¡Y tú le escondías bollos fritos!
¡Era para crearle inmunidad! replicó con súbita firmeza. Un poquito cada vez, para que se acostumbrase. Te juro que estaba a punto de curarla, por mi culpa. Sé lo que hago, he criado a tres hijos…
La miré como si fuera otra persona, la misma mujer que soporté por Teresa y la paz familiar, convencida de saber más que un médico.
Tres hijos… repetí, y Carmen palideció. Pero Alba no es tu hija, es mía. Y no la vas a ver más.
¿Qué…? ¡No tienes derecho!
Sí lo tengo.
Me fui sin mirar atrás. Los gritos de Carmen me siguieron hasta el coche. Arranqué y apreté el acelerador, viendo en el retrovisor a mi suegra agitando los brazos en la acera.
En casa, Teresa nos esperaba en el recibidor. Al ver nuestras caras, no necesitó palabras.
¿Qué ha pasado?
Se lo conté, breve, seco; la rabia ya la había dejado fuera. Teresa escuchó con rostro de piedra y después llamó a su madre.
Mamá. Sí, me lo ha contado. ¿¡Cómo has podido!?
Me llevé a Alba al baño para limpiar los restos del bollo y las lágrimas. Por el pasillo, la voz de Teresa era dura, desconocida. Al final, escuché su decisión clara: «Hasta que no resolvamos la alergia, no verás a Alba».
Pasaron dos meses.
Las comidas de domingo en casa de Rosa se volvieron tradición. Ese día había tarta: bizcocho con crema y fresas. Alba la devoraba con una cuchara enorme, manchándose hasta las orejas. Sus mejillas: limpias, sin rastro.
Quién lo iba a decir… Rosa meneó la cabeza. Aceite de girasol. Qué alergia tan rara.
El médico dijo que solo pasa uno de cada mil Teresa untó mantequilla en una rebanada. Bastó cambiarlo por aceite de oliva, y en dos semanas, desapareció.
No podía apartar la mirada de Alba: mejillas sonrosadas, ojos vivos, nariz cubierta de crema. Por fin, podía comer normalmente. Tartas, pastas, todo lo que no llevase aquel aceite maldito. Y había mucho más de lo que pensábamos.
Con Carmen las cosas quedaron frías. Llamaba, se disculpaba, lloraba por teléfono. Teresa apenas le respondía, yo directamente no hablaba con ella.
Alba pidió más tarta, y Rosa acercó el plato.
Come, cariño. Que te siente bien.
Me recosté en la silla. Afuera llovía, y dentro todo olía a repostería y a hogar. Mi hija estaba bien. Y nada más importaba.





