— Ya tienes medio siglo, ¿a quién le vas a interesar? — se burlaba su marido. Pero Luba decidió comprobarlo.

Life Lessons

¿Quién te va a querer a los cincuenta?, solía soltarle con sorna su marido. Pero Alba decidió averiguarlo.

El marido de Alba, Fernando Ruiz de la Vega, era un hombre de teorías. No tenía solo una, por supuesto. Serían unas veinte, todas igual de inapelables. Que el buen cocido madrileño solo se hace con morcillo. Que los gatos son más listos que los perros. Que la tele ha de ponerse a volumen veinticuatro, ni uno más ni uno menos. Pero la principal, la que rumiaba y enunciaba con frecuencia era: una mujer, cumplidos los cincuenta, deja de interesarle a los hombres.

Lo expresaba según el día.

A veces, doctoral: Es la naturaleza, Alba. Nada personal.

Otras, filosófico: Así es la vida, no hay nada que discutir.

Y, las más, doméstico y tajante, cuando Alba se pintaba los labios o estrenaba vestido: Ya tienes cincuenta, ¿quién te va a querer?

Sin signo de interrogación. Como un hecho.

Alba tenía cincuenta y dos. Trabajaba de contable en una promotora, cada mañana hacía gimnasia, por la tarde leía novelones y los fines de semana horneaba empanadas que Fernando devoraba encantado, sin relacionar jamás aquellas delicias culinarias con la pregunta de a quién le podría interesar su autora.

Veintiséis años juntos, y Fernando se había engordado, se había quedado algo calvo y había forjado sus teorías. Alba no. O no del mismo modo.

La primera en advertirlo fue su amiga Marisa.

Alba dijo, sorbiendo un café en la terraza del bar, ¿tú eres consciente de que eres guapísima?

Anda ya repuso Alba, con su escepticismo habitual.

Te lo digo en serio. Bastante. Oye, ¿y si te abres un perfil en alguna web de citas? Solo por probar, como experimento.

Alba dejó la taza sobre la mesa.

¿Te has vuelto loca?

Solo rellenamos el perfil. Buscamos una foto decente. A ver qué pasa.

No va a pasar nada respondió Alba. Ya tengo el medio siglo. ¿A quién le importo?

Y, al decirlo, se sorprendió. Reconoció al instante el tono y las palabras de Fernando.

Marisa era de acción. No pedía permiso: hacía las cosas de manera que al final decir no resultaba francamente incómodo. Aquella tarde se presentó en casa de Alba con el portátil en una mano, una botella de vino blanco en la otra y una determinación inquebrantable en la mirada.

Vamos a crear tu perfil. Rápido, elegante y sin drama.

¿Pero qué perfil? imploró Alba, aún con el delantal puesto.

El de la web de citas, ya te lo avisé.

Tú avisaste. Yo te dije que no.

Tú dijiste ¿a quién le importo?. Eso es otra cosa.

Alba se rindió, no porque quisiera, sino porque después de un día eterno y un atasco monumental, le dolían las piernas y necesitaba sentarse… solo a descansar.

Venga, ¿tienes alguna foto buena?

Alba rebuscó. Las últimas eran del evento de navidad de la empresa. Allí salía en un rincón, con una copa de cava, mirando de lado, mientras Fernando, esa noche, la llamaba una y otra vez preguntando cuándo volvería a casa.

Tengo una de Nochevieja… murmuró.

Enséñamela.

Marisa la observó largo rato.

Estás estupenda. ¿Te das cuenta de que pareces otra cuando sabes que nadie te ve?

Cuando nadie me ve, es cierto respondió Alba, sin entender del todo el porqué.

Marisa la miró fijamente, en silencio, y descorchó el vino.

Completar el perfil fue largo. En realidad, Marisa escribía y Alba refunfuñaba sobre cada apartado.

¿Motivo de registro, Alba? Pon conocer gente.

No quiero conocer a nadie.

No importa, escribe.

¿Cómo me describo? ¿Contable madrileña, buena cocinera, soportando a un hombre que tiene teorías sobre mujeres cincuentonas?

Mejor: Activa, curiosa, aficionada a la lectura y con ganas de viajar.

Si yo apenas he viajado…

Pero, ¿te gustaría?

Alba lo pensó.

Sí, la verdad.

Pues no es mentira.

Eligieron esa foto de Nochevieja. Alba con un vestido burdeos, peinada hacia atrás y algo vivo y luminoso en la mirada. Ese vestido, por cierto, Fernando nunca lo había visto; dormía cuando Alba llegó aquella noche.

Listo anunció Marisa, cerrando el portátil. Perfil hecho.

¿Y ahora?

Ahora… esperamos.

¿Esperamos qué?

Ya verás sonrió Marisa.

Alba, escéptica, se sirvió una copa de vino y se asomó a la ventana. Afuera era de noche, un farol amarillo iluminaba una rama pelada de platanero. Nada especial. Fernando miraba la tele siempre en el veinticuatro murmurando con el telediario. Todo de lo más ordinario.

Total, ¿qué más da?, pensó Alba. Perfil hecho. No pasará nada.

Terminó la copa y fue a fregar los platos.

A la mañana siguiente ni se acordó del perfil. Trabajó toda la mañana con balances, comió un caldo soso del menú del bar de la esquina y, a las tres, se sorprendió mirando por la ventana, contando palomas sobre la cornisa.

El móvil en el bolso.

A las cinco decidió mirar por si Fernando había escrito. De él, nada. Pero en la pantalla, una notificación del sitio web: un círculo rojo con un número.

El número era 11.

Once mensajes. En un solo día.

Alba se quedó mirando el móvil. El móvil la escrutaba también. Lo guardó, esperó un par de minutos y volvió a abrirlo.

Once.

Spammers, seguro.

Abrió la aplicación. No había spammers. Había once hombres, cada uno con foto, nombre y mensaje. Algunos, concisos: Hola, perfil interesante. Otros, extensos y atentos. Uno Miguel, cincuenta y cuatro años escribía tres párrafos: sobre libros, sobre no haber visto hace tiempo a una mujer con esa mirada en la foto y sobre lo mucho que le apasionaba viajar.

Alba lo leyó dos veces.

Eso de los viajes también lo puse yo, recordó. Se sintió un pelín culpable, aunque solo un poco.

Esa noche llamó a Marisa.

Son once le soltó como saludo.

¿Once ya? ¿Ves cómo tenía razón?

Uno me habla de libros.

Respóndele.

No pienso hacerlo.

Alba…

¿Alba qué? Tengo cincuenta y dos años, estoy casada.

Y aun así. Respóndele.

Alba no contestó. Aquella noche, mientras fregaba los cacharros, pensaba en Miguel y sus tres párrafos.

Estoy como una cabra, se dijo.

Pero por la mañana abrió la app otra vez. El círculo rojo ya no era once.

Era veintiocho.

Alba se sentó en el borde de la cama. Fernando roncaba aún.

Veintiocho mensajes más en una noche.

Revisaba los perfiles con la cautela de quien teme romper algo valioso. Aquí Alejandro, cuarenta y ocho, ingeniero, foto divertida con un gato. Allí Manuel, cincuenta y seis, muy serio con corbata, escribía: Eres una mujer bellísima. Y uno, Javier Alba se detuvo, cuarenta y uno, foto en la Sierra de Gredos, solo ponía: Hola. ¿Me cuentas algo de ti?.

Cuarenta y uno. Once años menos que ella.

Cerró el teléfono. Lo abrió otra vez enseguida.

Al final del segundo día la cifra superó los cincuenta.

Cincuenta y tres mensajes. Bueno, cincuenta y cuatro mientras los contaba.

En la cocina, con el té, hojeaba mensajes con la incredulidad de quien va a por pan y, milagrosamente, encuentra un tesoro. He aquí Tomás, cincuenta, empresario, que envió un poema robado, pero bonito al fin. Allí David, escueto: Me has encantado, ¿quieres que nos conozcamos?. Mismo Javier de Gredos volvía a escribir: al no obtener respuesta, muy comedido, preguntaba: ¿Estás ocupada? No pasa nada.

Alba releía ese texto, largo rato.

Fernando charlaba con la televisión. Se entendían bien.

A quién vas a gustar tú…, recordaba Alba.

Cincuenta y cuatro hombres en dos días. Muchos de su edad, otros más jóvenes. Uno con versos, otro esperando respuesta, paciente y sereno.

La teoría de Fernando Ruiz de la Vega se resquebrajaba. Lentamente, como el viejo parquet de su piso, pero sin remedio.

Alba apuró el té, dejó la taza en el fregadero y, por primera vez en mucho tiempo, miró su reflejo en la ventana oscura de verdad, sin prisa. Frente a ella, una mujer de cincuenta y dos años. Erguida. De ojos hermosos. A la que, en dos días, habían escrito cincuenta y cuatro desconocidos.

Vaya, vaya… susurró Alba al reflejo.

Y su reflejo le sonrió.

El móvil descansaba sobre la mesilla de noche.

Fernando tanteó buscando sus gafas, y justo entonces la pantalla del móvil se iluminó con una nueva notificación. Fernando alzó el teléfono, rutinario, sin esperar nada. Miró. Frunció el ceño.

Volvió a mirar.

En la pantalla aparecía: Javier: ¡Buenos días! He pensado en ti….

Fernando se sentó en la cama, despacio. Como quien recibe una noticia importante y aún no sabe si es buena o mala.

Alba llamó.

Alba preparaba café en la cocina. Oyó gritar, pero no se apresuró.

¡Alba!

Voy… respondió.

Entró, tranquila, con la taza humeante. Fernando sostenía el móvil como a un pájaro herido, dudando si dejarlo volar.

¿Esto qué es? preguntó.

Alba miró la pantalla, luego a su marido. Bebió un sorbo de café.

Una notificación dijo.

Ya veo. ¿Quién es ese Javier?

De una web de citas.

Silencio. Profundo y cargado.

¿Qué web de citas? ¡No me digas que tú…!

Sí.

¿Por qué demonios?

Alba dejó la taza en la mesilla. Miró a Fernando, sin enfado, casi con curiosidad. La calma de quien ya sabe la respuesta.

Quería comprobar tu teoría dijo.

¿Qué teoría?

La de que a las mujeres de más de cincuenta nadie las quiere. ¿Recuerdas? ¿Quién te va a querer?.

Fernando abrió la boca. La cerró. Miró otra vez el móvil tres notificaciones nuevas en ese rato.

¿Y cuántos de esos…?

Cincuenta y cuatro anunció Alba. En dos días.

Cincuenta y cuatro repitió Fernando, asombrado. Como si la cifra no le cupiera en la mente.

Algunos más jóvenes que yo añadió Alba, recogió su taza y volvió a la cocina.

Fernando Ruiz de la Vega se quedó de pie en medio del salón, el teléfono entre las manos. Fuera, amanecía en Madrid como cualquier otro día: el farol apagado, el platanero desnudo, los gorriones desgañitándose en el alféizar.

Todo igual que siempre, salvo que su teoría, de repente, ya no servía.

En absoluto.

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