¿Que si estoy sola? respondía ella siempre, riendo ¡Qué va! ¡No os equivoquéis, tengo una familia muy grande!
María llevaba ya varios años viviendo sola en una casita al borde de un pequeño pueblo castellano. Cuando alguien comentaba sobre su soledad, a ella le hacía mucha gracia.
¿Sola yo? Qué va, de eso nada. ¡Mi familia es muy numerosa!
Las vecinas sonreían y asentían, pero a espaldas de María no podían evitar cruzar miradas y llevarse el dedo a la sien, diciendo: “está un poco tocada, dice que tiene familia… y no tiene ni marido, ni hijos, sola como una alimaña…”
Pero esa era precisamente la familia de la que María hablaba: sus animales. No le importaba en absoluto lo que opinaran los del pueblo, que pensaban que, si se tiene animales, al menos deberían servir para algo: ganado, aves, quizá un perro en el corral y un gato para las ratas.
María, en cambio, tenía cinco gatos y cuatro perros… ¡Y todos vivían dentro de la casa, no en el patio! Los vecinos no lo entendían.
Charlaban entre ellas, sabiendo que “a ésta, la rara, no vale la pena decirle nada; solo se reirá”.
Pero si ellos están mejor en casa. En la calle ya han vivido bastante replicaba María siempre.
Cinco años atrás, María había perdido, el mismo día, a su marido y a su hijo en un accidente de coche cuando volvían de pescar. Un camión cargado se les cruzó en una curva.
Después del luto, María no pudo seguir en el piso de la ciudad, donde cada rincón le recordaba a sus seres queridos. Ni siquiera podía recorrer las mismas calles o saludar a los vecinos, que la miraban con compasión.
A los seis meses vendió el piso y, junto a la gata Trini, se mudó a una casita en las afueras de un pueblo serrano de Castilla. En verano se ocupaba de la huerta y, en invierno, consiguió un trabajo en el comedor del ayuntamiento. Poco a poco, fue rescatando animales: algunos se los encontró en la estación, otros llegaban hambrientos al comedor municipal.
Así fue como se formó la gran familia de María, compuesta de almas afines, todas solitarias y muchas con heridas profundas. Pero el cariño inagotable de María fue curándolas, y los animales le devolvieron el afecto.
Amor y calor sobraban para todos. Y aunque la comida era a veces escasa, María se las apañaba.
Sabía que no podía seguir llevando animales a casa eternamente y siempre se prometía no acoger más. Pero cuando, en un marzo de ellos, tras unos días de sol, una ventisca helada barrió el pueblo cubriéndolo de nieve y viento, el corazón de María, como siempre, la traicionó.
Aquella tarde, con las bolsas del supermercado llenas para ella y sus peludos, aceleraba el paso para no perder el último autobús de las siete. Recordando su promesa, intentaba mirar solo al frente.
Pero ya se sabe: “El corazón ve donde los ojos no miran”. Faltando apenas unos metros, el corazón la obligó a girar la cabeza. Bajo un banco, una perra yacía casi congelada, la mirada perdida, cubierta de nieve. Pasaba gente y nadie se detenía.
El pecho de María se encogió. Se olvidó del autobús y de sus promesas, soltó las bolsas y se agachó:
¡Ay, gracias a Dios, sigues viva! Anda, ven, bonita, sal de ahí
La perra apenas reaccionó, pero no mostró resistencia al ser sacada de debajo del banco. Apenas tenía fuerzas, resignada a ahogarse en la nieve.
Nunca supo María cómo llegó al interior de la estación, con las bolsas y la perra a cuestas. En un rincón, empezó a frotarle las patitas entre las manos.
Venga, despierta, tenemos que llegar a casa. Vas a ser el perro número cinco.
Sacó una croqueta de la bolsa y se la ofreció. Primero la perra dudó, pero tras entrar en calor un poco y cambiar la mirada, aceptó el regalo.
Una hora después, al quedar claro que el autobús ya había salido, María y su nueva amiga salían a la carretera. Con el cinturón improvisó un collar y correa, aunque la perra, a la que llamó Dulce, iba pegada a su pierna, temblando.
A los diez minutos, una furgoneta se detuvo. María, incrédula, agradeció:
¡Mil gracias! Le prometo que la perra va conmigo en el asiento, es muy buena…
No se preocupe, señora le respondió el conductor . Puede subir, tampoco es tan pequeña.
Pero Dulce se acurrucó en su regazo, y allí se quedó. El hombre miró el cinturón anudado como correa y, en silencio, encendió la calefacción.
Viajaron callados. María acariciaba a Dulce, mirando a través del parabrisas cómo la nieve bailaba en el aire como pequeñas luciérnagas a la luz de los faros.
El conductor la miraba de reojo, comprendiendo que aquella mujer tenía un corazón especial.
Al llegar a casa, le ayudó con las bolsas y tuvo que empujar la cancela del jardín, tan oxidada que una bisagra terminó por romperse.
No se preocupe, ya iba siendo hora de arregrarla suspiró María.
Desde dentro, ladridos y maullidos recibieron a la señora. María abrió la puerta, y todos sus animales corrieron a saludarla.
¿Qué pasa, ya me habíais perdido? Ya estoy aquí, no podía irme muy lejos. Venid, que os presento a una nueva amiga.
Dulce espiaba desde detrás de María. Los otros la olfateaban, curiosos, mientras el hombre sostenía las bolsas.
Bueno, no os quedéis ahí, pasad si no os intimida mi gran familia. ¿Un té, acaso?
El conductor le entregó las bolsas y sonrió:
Es tarde, debo marcharme. De todas formas, alimente a su familia, se nota cuánto la esperan
Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, sonó un golpe en la puerta. María se puso la chaqueta y salió. Allí estaba el conductor, clavando bisagras nuevas en la cancela, rodeado de herramientas.
Buenos días dijo, al verla . Ayer rompí la puerta, así que he venido a arreglarla. Por cierto, me llamo Luis. ¿Y usted?
María
La familia peluda olfateaba al visitante, que se agachó a acariciarlos.
María, no pase frío. Métase dentro, que luego entro y acepto ese té. Por cierto, en el coche llevo una tarta. Y algún regalo para sus amigos.
No sé qué habrá sido de aquellos días, pero mirando ahora atrás, no recuerdo momentos más cálidos y sinceros, ni familias más unidas que aquella, en mi casita del pueblo, con todos los corazones rotos que poco a poco fuimos remendando juntos.



