¿Y si no es mi hija? Hay que hacer la prueba de ADN
Javier miraba, con la cabeza llena de pensamientos, cómo Eva su mujer le canturreaba suavemente a la recién nacida mientras la acunaba. Pero había una idea que le rondaba y no podía quitársela de la cabeza: de verdad creía que esa niña podía no ser suya.
El año pasado Javier tuvo que irse a Barcelona por trabajo durante casi un mes entero. Al poco de regresar a casa, su mujer apareció sonriente con lo que para ella era una noticia maravillosa: iban a ser padres.
A Javier, al principio, le hizo ilusión. Pero días después, justo apareció la hermana de Eva de visita y, entre charla y café, le contó una historia curiosa: había hecho una prueba de ADN a su propio hijo solo para quedarse todos tranquilos y que su pareja no dudara del todo.
Oye, Eva, ¿y si hacemos también nosotros la prueba de ADN? Así, por estar seguros de todo.
La respuesta de su mujer no se hizo esperar. Montó un berrinche digno de película, empezó a lanzar cojines y el ruido fue tal que hasta los vecinos de arriba dieron unos golpecitos en el techo.
¡Pero vamos a ver, Javier! ¿Se puede saber qué tontería es esa? siguió gritándole ella. Él, cuanto más la veía perder los papeles, más convencido estaba de que le había sido infiel. Si no, ¿por qué reaccionaría así ante una simple petición? Solo quiero estar tranquilo, Eva, no es por nada
¿Y cómo narices se te ha ocurrido? ella le tiró otro cojín, enfadadísima.¿Alguna vez te he dado yo motivos?
Estuve fuera un mes, dijo él con una sonrisa torcida. ¿Cómo voy a saber yo lo que hiciste mientras yo no estaba? Hacemos la prueba, veo el resultado y nunca más saco el tema. Si quieres, preguntamos a tu hermana dónde la hizo ella la prueba.
Sí, cuando las ranas críen pelo, le soltó Eva entre dientes, y se largó al cuarto de la niña dando un portazo tremendo.
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Mira, mamá, se quejaba Javier mientras removía el café que le había puesto su madre, Carmen, si yo no le estoy pidiendo nada raro. ¿Por qué se ha puesto así?
Tu mujer nunca me ha olido del todo bien, Javier. le contestó ella. Eso es de mala conciencia. Sabe perfectamente que la niña no es tuya y teme que se descubra el pastel. Y te voy a decir otra cosa Cuando estuviste en Barcelona, pasó algo
¿Qué pasó? Javier se puso muy atento de golpe.
No quiero meterme en tus cosas, tú lo sabes dijo, desviando la mirada. Pero fui a casa vuestra a hablar del cumpleaños de tu padre y Eva tardó un buen rato en abrirme, aunque sabía que yo estaba allí. Y cuando por fin salió, estaba hecha un cuadro ¡y había unos zapatos de hombre en la entrada!
¿Y qué te dijo? Javier estaba ya que saltaba de la silla.
Que se le había roto una tubería, puso los ojos en blanco Carmen. Podía haberse inventado algo mejor.
¿Y por qué no me contaste nada?
Porque no entré en casa y no vi nada raro. No quería meter cizaña.
¡Pues mal hecho! casi tira la taza. ¡Muy mal! ¿Y ahora qué hago?
Hazte la prueba, Javier. le aconsejó su madre, muy tranquila y con media sonrisilla. Nunca le gustó Eva para su hijo. Como padre, tienes derecho.
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Puedes estar tranquila ya, Javier tiró el sobre que le acababa de dar el mensajero. Marta es mi hija. Te prometo que ya no vuelvo a decir ni media palabra de esto.
No me lo puedo creer Eva le miró fijamente al abrir el sobre. ¿La has hecho sin decirme nada? ¿Así por las buenas?
Claro le contestó Javier, tan tranquilo. Aproveché mientras paseaba con la niña y no tardé nada. Es mía, ningún problema.
Sí hay problema, casi le susurró Eva. Y es que tú no lo entiendes.
Al día siguiente, como todas las mañanas, Javier se fue a trabajar. Pero cuando volvió a casa por la noche, se encontró con un escenario inesperado: la casa vacía, todas las cosas de Eva y Marta desaparecidas. Solo quedó una nota solitaria sobre la mesa.
Con tu desconfianza lo has roto todo. No puedo vivir con alguien que me trata como a una traidora. No quiero nada de ti: ni la casa, ni dinero, ni ayuda. Solo quiero que desaparezcas de nuestras vidas.
Javier estaba furioso. ¿Cómo se atrevía Eva a plantarle, y encima llevándose a la niña? Cogió el móvil y le llamó.
Le respondió un hombre. Aguantó sin decir palabra todos los insultos que Javier le soltó y finalmente le pidió que por favor, no volviera a llamar más.
¡Si es que yo lo sabía! ¡Que me estaba engañando seguro! gritaba Javier, fuera de sí. ¡No ha tardado ni un día y ya está con otro! ¡Pues a la porra todo!
No se le pasó ni por un instante que a lo mejor Eva se había ido a casa de sus padres y que era su hermano el que había cogido el teléfono porque ella estaba agotada, durmiendo con la niña. Javier ya lo tenía todo decidido en su cabeza.
El divorcio fue rápido, sin problemas: ambos de acuerdo. La pequeña Marta se quedó con su madre y no volvió a ver jamás a su padre biológico.







