¿A dónde va a ir? Mira, Víctor, las mujeres son como un Seat León de renting. Mientras echas gasolina y pasas la ITV, va donde tú mandes. Y a mi Lola, la compré con todos los extras hace ya doce años. Yo pago, yo elijo la música. Comodísimo, ¿entiendes? Ni una opinión propia, ni un dolor de cabeza. Mi Lola es una seda.
Sergio alardeaba mientras agitaba el pincho de carne sobre las brasas vivas de la barbacoa, el jugo goteando justo donde más chisporroteaba. Segurísimo de su discurso, igual que de que mañana es lunes. Víctor, su eterno colega de la facultad, apenas gruñía como quien tiene un hueso atascado. Lola estaba en la cocina, junto a la ventana abierta, cuchillo en mano, cortando tomates para la ensalada. El zumo resbalaba, pero su cerebro repetía el eco aquel: Yo pago, yo elijo la música.
Doce años. Doce años no solo de esposa, sino de sombra, borrador, airbag anímico. Porque Sergio, el Spielberg de la abogacía, rey del bufete, traía a casa sobres repletos de euros y los arrojaba sobre la cómoda como quien tira pétalos triunfales.
Cuando Sergio caía rendido, Lola sacaba en silencio de su maletín los papeles que él había estado maldiciendo a gritos toda la semana y se ponía a corregir errores de bulto, a reescribir frases de otro planeta, a buscar en bases de datos cualquier novedad legal que su genio había pasado por alto. Por la mañana, a modo de casualidad, soltaba:
Sergio, le eché un ojo a los papeles. Quizá sea útil estudiar el Código Civil. Te dejé la marquita.
Él siempre movía una mano en el aire.
Siempre con tus consejos de mujer. Bueno, lo miraré
Al final del día volvía a casa como el campeón que nunca, nunca, ni una vez, dijo: Gracias, Lola. Sin ti la habría liado parda. De verdad creía que su brillantez era solo suya. Lola, mientras, pues nada, en casa, cocinando gazpacho.
Esa noche en el chalet, ni discusión, ni portazo, ni asaltó la barbacoa a zapatillazo limpio. Solo terminó de cortar la ensalada, la aliñó con aceite, la puso sobre la mesa. ¿Así que la música la programas tú?, pensó, mirando cómo él mascaba la carne sin disfrutarla. Pues escuchemos silencio.
El lunes por la mañana, Sergio correteaba como un pollo sin cabeza buscando su corbata de la suerte.
Lola, ¿dónde está la azul? Tengo reunión con el arquitecto.
En el armario, segunda balda respondió ella desde el baño, con una calma tan sospechosa como un atasco sin cláxones.
En cuanto la puerta se cerró tras él, Lola no se fue a repasar el café y mirar el programa de la mañana. Abrió su vieja agenda. El número de don Borja, antiguo jefe de ambos, seguía igual tras veinte años.
¿Buenaaas? Don Borja, soy Lola. Sí, Martínez. La señora de Sergio. No, él no sabe nada. Mire, ¿siguen buscando gente para el archivo? ¿O a alguien que sepa desmontar líos imposibles?
Silencio en el auricular. Don Borja no había olvidado a Lola. Sus trabajos de fin de carrera, su perspicacia, la manera de cortar el rollo inútil. Fue el único que, doce años atrás, le dijo: Te has equivocado haciéndote ama de casa, Lola.
Vente, gruñó. Tengo un marrón que nadie quiere. ¿Te atreves? Si sale bien, contrato fijo.
Por la noche, Sergio volvió con más mala sombra que un lunes de resaca. El arquitecto, duro de pelar. El asunto, imposible. Lanzó la chaqueta sobre la silla, gritó:
¿¡Lola, hay algo para cenar!? Me comería una vaquilla, y plancha la camisa blanca para mañana.
Silencio. Entró en la cocina. Todos los pucheros brillaban por su ausencia. Nada en la vitro. Encima de la mesa, una nota: La cena está en la nevera, croquetas congeladas. Estoy cansada.
¿Perdón? miró la nota como si estuviera en chino.
En ese momento, la cerradura giró. Lola entraba, carpetas bajo el brazo. Traje de chaqueta, el mismo de la graduación del hijo, y tacones.
¿Dónde estabas? ¿Y qué disfraz es ese?
Estaba trabajando, Sergio contestó, dejándose los zapatos y pasando de largo. En tu empresa, por cierto. Me ha cogido don Borja para el archivo.
Sergio se echó a reír con ese nervio de esto es una broma, ¿no?.
¿Trabajar tú, Lola? Anda ya. Doce años sin levantar nada más pesado que la batidora, y te vas a ahogar con el polvo del archivo. Te veo dos días.
Ya veremos.
Se sirvió un vaso de agua.
¿Y yo me apaño ahora con croquetas? Oye, que traigo la pasta a casa. Que pago la fiesta.
Ahora también trabajo yo. Por ahora no es mucho, pero para croquetas da. Y la camisa, te la planchas tú. La plancha está donde la dejé hace diez años.
Primer aviso. Sergio decidió que era la menopausia, una crisis: Que corra una semanita, ya se le pasa. Todo le parecerá más fácil cuando vea lo que cuesta ganar un euro, volverá a ser una seda.
Pero pasó una semana, luego otra. La crisis no se curaba. La casa ya no era aquella nave automática que Sergio daba por invisible. Los calcetines habían dejado de aparearse solos y se amontonaban en la colada. El polvo que jamás notó ahora desafiaba las estanterías. Planchaba camisas solo, descubriendo que era cosa de locos: pliegue de más aquí, arruga rebelde allá.
Y lo peor: Lola dejó de ser su paño de lágrimas. Antes él llegaba, despotricaba una hora que si el juez un zote, que si el cliente más tacaño que Judas y ella escuchaba, asentía, té de menta y consejos que él luego usaba como si fueran propios. Ahora intentaba abrir conversación:
¿Sabes? Ese García otra vez me ha devuelto la demanda. Le digo yo: mire, hombre, que esto…
Sergio, baja la voz dijo Lola, sin levantar la mirada del portátil, rodeada de códigos civiles. Mañana tengo auditoría de una quiebra. Esto es la jungla.
¿A quién le importa tu quiebra? estallaba él ¡Tengo un caso que arde!
Mi trabajo me da dignidad, Sergio.
Se enfadaba. Sentía el suelo moverse bajo sus pies. Sin aquellas charlas nocturnas, empezó a cometer errores, pequeños pero molestos: olvidó el plazo de una solicitud, confundió apellidos en un contrato. El jefe miraba raro. Don Borja, durante los lunes del infierno, primero fruncía el ceño a Sergio y luego desviaba la mirada a Lola asintiendo satisfecho.
Resultó que ella solucionó el desastre del archivo en tres días. Encontró documentos perdidos. La subieron al despacho general, junto al becario. Sergio veía su espalda cada día recta, orgullosa. Hasta andaba diferente; ya no arrastraba los pies como quien va a por pan, marcaba taconazo con seguridad.
La tormenta llegó al mes: aterrizó una clienta de oro. Ana María Villanueva, dueña de una cadena de clínicas privadas. Señora de hierro y paciencia cero. Demandaba a un padrino que pretendía quitarle media empresa con documentos sospechosos. El caso recayó en Sergio: era su oportunidad.
Esta la tumbo, presumía en casa, cortando chorizo sobre la encimera, porque tabla tampoco había. Pediremos peritaje, traeremos testigos, todo fácil.
Lola callaba, leyendo.
¿Me escuchas? Le empujó el brazo. Digo yo que con este caso cojo la prima y te compro un abrigo. ¿Te animas a la vida buena?
Lola bajó lentamente el libro y lo miró con ese gesto que solo entienden los gatos.
No quiero abrigo, Sergio. Quiero que dejes de ir de pavo real. Ana María odia la presión. Es de la vieja escuela. No le vayas de bulldozer: con ella hay que hablar.
Siempre psicóloga de barrio…
Y llegó el día. En la sala de reuniones, la tensión se podía untar en pan. Ana María, en la cabecera, pequeñita pero con ojos de taladro. Sergio paseaba y largaba tecnicismos, gráficos en mano.
Les embargaremos las cuentas. Les obligaremos a arrastrarse.
Usted no me escucha. No quiero destrozar a nadie. Es mi ahijado. Lo hace mal, pero no quiero cárcel. Solo que se vaya y me deje mi negocio. Sin líos, sin prensa. ¿Qué me propone usted?
Sergio se atragantó.
Pero, doña Ana María, solo hay una vía. Si le ven el plumero en el juzgado…
Usted deja el caso dijo ella con frialdad, poniéndose en pie. Don Borja, me decepciona. Creí que en este bufete había cerebros, no apisonadoras.
Don Borja palideció. Perderla era agujero en el presupuesto de medio año. Sergio, rojo tomate. Entonces la puerta se abrió. Apareció Lola con una bandeja de té; la secretaria estaba de baja y los novatos hacían turnos de camarero. Vio la escena, la espalda de Ana María alejándose, el horror en los ojos de su marido. Otro habría sonreído por dentro: Quisiste música, a bailar. Pero Lola era profesional, y esa profesional llevaba doce años hibernando.
Doña Ana María.
Su voz no fue alta, pero sí tajante. Ana María se paró sin girarse.
Disculpe, solo traía té con tomillo, como le gusta siguió Lola. Respecto al ahijado, en el 98 hubo un caso casi igual. Se cerró sin juicio: acuerdo privado con cláusula de silencio y transmisiones de participaciones en donación. Ambos lados salieron dignos.
Ana María giró despacio. Clavó los ojos en Lola.
¿Cómo sabe eso? Ese expediente era confidencial.
Leyendo archivos.
Deposita la bandeja. Ni una mano le tiembla.
Y, si me permite, aún hay un matiz legal. Los pagarés no son válidos; no por la firma, sino por defecto formal. Falta un requisito técnico. No hace falta el escándalo. Su ahijado se libra, usted mantiene clínica y tranquilidad.
La sala quedó en silencio. Sergio miraba a Lola como si le hubieran brotado unas alas. ¿Sabía él algo del defecto formal? Por supuesto que no.
Ana María regresó a la mesa y sonrió por primera vez; la cara se le volvió dulce como manzana asada.
Té de tomillo, ¿eh? Sírvame, querida, y explíqueme ese defecto. Usted mirando de reojo a Sergio, siéntese y tome nota.
Las siguientes dos horas mandó Lola, desmontando aquel embrollo con lenguaje llano y sin prepotencia. Escuchaba, proponía salidas.
Cuando Ana María firmó el contrato de servicios y se marchó, don Borja le estrechó la mano con solemnidad:
Doña Lola Martínez, mañana la espero en mi despacho. Hablaremos de su promoción. Deje ya el archivo, mujer.
El trayecto a casa fue en un silencio solo roto por la radio. Música pop. Normalmente Sergio pasaba a noticias, pero ni se atrevió. Su mundo de rey era ruinas. Y en ellas, una mujer distinta fuerte, lista, elegante. Lo peor: siempre había estado ahí. Él, simplemente, no la vio.
Entraron en casa. Oscuro, callado. El hijo, aún en clase. Sergio se descalzó y se hundió en la mesa. Lola fue al dormitorio a cambiarse. Él, manos en el regazo, se sentía pequeño. No por fallar en el curro, sino por aquellas palabras en el chalet: yo pago.
Lola volvió con ropa cómoda y la cara limpia de maquillaje. Cansada, pero los ojos chispeaban. Abrió la nevera, sacó huevos, encendió la sartén.
Lola…
Su voz temblaba. Ella, sin mirarlo, rompió un huevo.
Ya lo hago yo.
Sergio se levantó, como un pato mareado, para arrebatarle la espátula.
Siéntate, estás agotada.
Lola soltó el utensilio. Se sentó y lo observó mientras él luchaba con el huevo, el aceite y la física. Le sirvió una tortilla, malformada y algo quemada.
Perdóname dijo, clavando la vista en el plato.
Lola cogió el tenedor.
Se deja comer la tortilla, ¿eh?
Hoy buscaba palabras. Hoy he entendido todo. Que me has salvado. No solo hoy. También cuando arreglabas mis papeles de madrugada. Me volví arrogante.
Levanta los ojos, miedo a perderla. Tenía trabajo, respeto, independencia. Ya no dependía de él.
No me iré, Sergio le responde ella antes de que él lo pida. De momento no. Nos quedan temas por repartir, y no solo el piso. Veinte años son veinte años. Pero las reglas cambian.
¿Cómo? Saca la voz. ¿Qué tengo que hacer?
Respetarme.
Muerde el pan.
Solo eso. Respétame. No soy de seda, soy una persona. Y tu pareja. En casa y en el curro. La casa se lleva a medias, no ayudas a tu mujer, haces tu parte. ¿Entendido?
Entendido dijo él.
Por primera vez, de verdad.
¿Puedo comer ya? Sergio sonríe y agarra el tenedor.
La tortilla, insípida y algo carbonizada, le supo a gloria. No era una cena de servicio. Era una cena de iguales.




