Vuelve y cuida de mí

Life Lessons

¡Isabel, abre ahora mismo! ¡Sabemos que estás dentro! ¡Sofía ha visto la luz en la ventana!

Isabel termina de atar una rama de lisianthus a un pequeño tutor de madera. Tiene las manos manchadas de verde por los tallos, el delantal repleto de tierra. Levanta la cabeza y mira la cristalera de su taller. Al otro lado hay dos siluetas. Reconoce a una enseguida, incluso con el vaho en el cristal. Espalda ancha, cabello teñido del color de un tempranillo maduro. Carmen Fernández, su exsuegra.

Isabel no se da prisa. Deja la lisianthus en el cubo con agua, se quita los guantes y los cuelga en el clavo junto a la mesa de trabajo. Finalmente, va a abrir.

Buenas tardes saluda apartando el pasador.

Carmen Fernández entra la primera, sin esperar invitación. Sofía, hermana de Álvaro, le sigue detrás con los ojos húmedos y la bufanda enrollada a medias, arrastrando una punta por el suelo.

¿Buenas? Isabel, ¿estás en tus cabales? Carmen echa un vistazo al taller, buscando algo de lo que podrá quejarse. Encuentra rápido: Como si nada, aquí oliendo flores mientras hay una persona que se muere.

¿Quién se muere? pregunta Isabel con voz serena.

¡Álvaro! salta Sofía, tapándose la boca enseguida. Álvaro está en el hospital. Un accidente. La columna.

Isabel las observa en silencio. Algo se encoge dentro de ella, pero distinto a como se encogía hace un año ante cualquier cosa que tuviera que ver con “Álvaro”. Esta vez es una contracción tranquila y recelosa: la de alguien que aprendió a no arrimarse mucho al fuego.

Sentaos dice, señalando los taburetes junto a la mesa.

No estamos para sentarnos replica Carmen, pero aun así acaba sentada, pesadamente. Isabel se acuerda: venas varicosas, tensión alta.

Sofía se queda de pie, jugueteando con la bufanda.

Contadme exactamente pide Isabel.

Y ellas narran por turnos, interrumpiéndose, contradiciéndose en detalles. Tres días atrás, Álvaro conducía por la M-30; llovía a mares. El coche resbaló, se estrelló contra el quitamiedos. El coche, dicen, no tiene arreglo. Él, de milagro, está vivo. Rotura de columna vertebral, comprimida. Lo han operado. Los médicos, precavidos: podría volver a andar… o no. Necesita cuidados. Necesita gente cercana.

¿Y Lucía? pregunta Isabel.

Pronuncia ese nombre sin rabia. Incluso se sorprende. Hace un año le pinchaba como un cristal bajo la piel: Lucía, veintiocho años, comercial de ventas, la mujer por la que Álvaro dejó a Isabel tras dieciocho de matrimonio.

Carmen frunce los labios.

Lucía se ha marchado.

¿Adónde?

A Valladolid, con su madre responde Sofía, esta vez con rabia más que con pena. Nada más enterarse de lo de la lesión, dos horas y ya tenía las maletas hechas. Ni contesta las llamadas.

Isabel se queda callada. Solo el gotear del grifo mal cerrado y el olor a tierra y lirios llenan el aire.

¿Y qué esperáis de mí? pregunta al fin.

Carmen se endereza.

Isabel, habéis pasado dieciocho años juntos. No es cualquier cosa. Lo conoces mejor que nadie. Sabes cuidar de él. Te hace caso. Ahora necesita a alguien…

Carmen, interrumpe Isabel, estáis hablando del hombre que se fue de casa por otra. El que no encontró sitio para mí después de dieciocho años compartiendo vida.

Ay, hija, qué manera de sacar las cosas protesta Sofía. Eso ya es pasado. Ahora la vida está en juego.

¿La vida?

El médico ha dicho que, sin atención constante, puede acabar con llagas, con infecciones. Es de columna, Isabel, ¿lo entiendes? ¡No es un catarro!

Isabel se acerca al fregadero y cierra el grifo. Mira sus manos: cincuenta y dos años. Manos que han hecho ramos que luego la gente fotografía y enmarca. Manos que han amasado pan, puesto inyecciones cuando el hijo tenía fiebre, han curado cortes a Álvaro, cambiado enchufes, traído bolsas pesadas del mercado. Manos para todo. Y hasta entonces nunca lo había pensado: ¿de verdad quiere hacerlo? O solo lo hace porque toca, porque no hay otra.

Se limpia las manos en la toalla y se gira.

Lo pensaré dice.

¡No hay tiempo para pensar! Carmen se levanta pesadamente y cambia el tono, firme, casi amenazante. Mientras piensas, él está solo. Sin esposa, sin nadie. Sofía trabaja todo el día. Yo apenas camino. No puedes quedarte entre flores y fingir que esto no va contigo.

¿Y de quién es, entonces? murmura Isabel.

Nadie responde.

La noche ya cubre la calle tras la puerta de cristal. Octubre. Isabel mira al exterior: la farola anaranjada, el asfalto mojado, el banco desierto donde en verano se sientan los clientes a esperar un ramo.

Historias de vida, piensa. Esto es la vida, no una película o un libro. Dos personas te exigen volver a ser quien ya no eres.

Está bien murmura. Mañana iré y veré cómo está. Pero no prometo nada.

Carmen suspira aliviada. Sofía se abalanza a abrazar a Isabel, que le deja hacerlo con los brazos bajados, esperando pacientemente que se aparte.

Cuando se van, Isabel se queda largo rato sentada donde Carmen estuvo. Mira sus flores. Lisianthus en el cubo, rosas, crisantemos en las cajas de madera, ramitas de physalis con farolillos naranjas. Todo lo ha hecho con sus manos. Alquiló el local tres meses después de que Álvaro se fuera. Lo pintó sola, gris y blanco, como le gustaba. Las puertas de los armarios las puso el vecino Sebastián a cambio de una buena botella de vino de Ribera. Puso el nombre Tallo, al principio le sonó ridículo, ahora ya no. Buscó proveedores, abrió Instagram, aprendió a fotografiar flores.

Un año. Un año construyendo para sí. Vivir para una misma no es egoísmo, ni extravagancia. Es solo lo normal.

Y aun así.

Apaga las luces. Deja la lamparita cerca de la entrada, como cada día. Y se va a casa.

El hospital es inmenso, de construcción de los setenta, con pasillos de linóleo y ese olor que Isabel reconocería entre mil: lejía, sopa de sobre y algo indefinible, solo de hospital. Encuentra la planta indicada, pregunta en el control. La enfermera la mira de reojo.

¿Es usted familia?

Exmujer.

Un alzar sutil de ceja, pero nada más.

Álvaro está solo en una habitación de cuatro. Tapado hasta el pecho, manos sobre la sábana. Más delgado. Cara grisácea, ojeras profundas. En la mesilla, un vaso con restos de manzanilla y el móvil boca abajo.

La ve entrar, y hay un cambio en su rostro: ni alegría, ni pena. Tranqui­lidad.

Isabel.

Hola responde, dejando una bolsa de manzanas y agua junto a la cama. No porque quiera mimarle, sino porque en casa nadie va al hospital con las manos vacías.

Isabel se sienta en la silla junto a la ventana.

¿Te duele mucho?

Lo soporto. Me dan pastillas calla. Has venido.

He venido.

Mamá me ha contado que estuvieron aquí.

Sí.

Vuelve la mirada al techo, después a ella.

Creí que no vendrías.

Yo también lo pensé.

Silencio. Afuera llueve. Noviembre apura la noche.

Lucía se fue comenta Álvaro.

Lo sé.

Vaya final. Como en una película, ¿verdad? Cuando truena es tarde para santiguarse.

Isabel guarda silencio. No va a compadecerle, pero tampoco hundirle. Le mira: el hombre con quien compartió dieciocho años, un hijo, veraneos en el pueblo, peleas por dinero, reconciliaciones, creyendo que así era la vida.

Isabel su voz cambia, como otras veces, suave, ese tono con el que intentaba salirse con la suya. Ella lo reconoce y se pone en guardia. He pensado mucho aquí. Uno tiene tiempo para eso cuando no puede ni levantarse. Y he comprendido que fui idiota. Que lo único verdadero que tenía eras tú. Tú, la familia, la casa. Lucía… bueno, ya lo sabes. No te pido perdón, sé que llego tarde. Pero eres lo más cercano que tengo. La más de casa.

Isabel escucha y a la vez se oye desde fuera: tú eres la más, la más cercana, la única. Las palabras que buscan que acepte. No por ellos ni por el pasado; por comodidad. Que alguien cuide, que cambie suero, hable con el médico, lleve comida, haga lo que siempre supo hacer Isabel.

Así son a veces las relaciones tras el divorcio: ni trágicas ni bonitas. Solo prácticas.

Álvaro dice, me alegro de que vivas, de verdad. Y de que la operación haya salido bien. Pero no pienso volver, ni para cuidar, ni para nada. Estamos divorciados.

Lo sé…

Deja que termine.

Por primera vez no la interrumpe.

Buscaré una cuidadora profesional. Pagaré yo el primer mes. Es lo que puedo hacer. Y otra cosa saca una carpeta del bolso, buscando entre la cartera y la agenda. Aquí tienes los papeles del reparto. No quise liarme con esto antes, pero ahora quiero que los firmes.

Álvaro mira la carpeta.

¿En serio?

Sí. Porque mañana puedes decir que estabas confundido. O el abogado puede alegar que estabas bajo presión. Ahora estás lúcido, el médico puede confirmarlo.

La mira mucho rato. Ella sostiene la mirada.

Has cambiado.

Sí.

Antes no habrías podido.

Puede ser.

Él hojea los papeles. Ella le da un bolígrafo.

En ese momento entra el médico: hombre sobrio, unos cuarenta y tantos, bata gris, carpeta bajo el brazo. Cara cansada, de quien lleva años sin fingir energías que no tiene.

Buenas tardes saluda, echando un vistazo cortés a Isabel. Soy Andrés, el médico de Álvaro.

Isabel dice ella.

¿Usted…?

Su exmujer ya se ha acostumbrado a esa palabra.

Andrés asiente, como si fuera lo más común.

Álvaro, ¿qué tal la noche?

Bien, dormí.

Bien. Anota. Vamos a probar a subirte la cabecera. Depende de cómo vayas, podremos decir más, pero por ahora la evolución es positiva.

Doctor pregunta Isabel, ¿puede salir un minuto?

Ya fuera, Isabel explica:

Quiero contratar cuidadora. Profesional. ¿Qué requisitos debe tener? ¿Qué necesito comprar?

Andrés la estudia.

¿No va a cuidar usted?

No responde firme.

Entiendo. Mire, es mejor así. No se ofenda, pero cuidar por culpa o por obligación no es lo mejor. El paciente necesita paz, cuidados constantes. Una profesional lo sabe hacer. La familia, muchas veces, no.

¿A todos les dice eso? pregunta Isabel casi divertida.

Solo a quienes me lo preguntan.

Ella sonríe, casi.

Él dicta lo necesario, ella apunta. En la planta le pueden dar contactos de agencias. Isabel agradece.

Tiene buenas posibilidades de recuperación. No es mayor, y la operación fue bien. Quizá en seis meses vuelva a andar, pero no es seguro, ni será rápido.

Comprendo.

Lo más importante es que él lo comprenda también.

Vuelve a la habitación. Álvaro sostiene la carpeta sobre el abdomen, el bolígrafo al lado.

¿Firmas?

¿Y si te digo que lo quiero pensar?

Álvaro.

Sí, firmo. Al fin y al cabo, lo vas a conseguir igual. Ahora eres así.

Siempre lo he sido dice. Solo que antes lo ocultaba, no sé por qué.

Firma en los tres lugares. Isabel recoge los papeles.

Buscaré cuidadora antes del viernes. Llamaré a Sofía y lo explicaré. El pago lo hago directamente a la agencia. Luego ya os apañaréis.

Isabel dice él mientras ella cierra el bolso.

¿Qué?

Gracias por venir.

Ella le mira, largo y tendido. Sin rencor ni compasión. Solo mira, como a algo que formó parte de tu vida pero ya no lo es.

Que te mejores dice.

Y sale.

En el pasillo, se detiene ante una ventana. El patio del hospital, unos árboles pelados, un banco mojado bajo la lluvia. Un señor mayor en bata está sentado respirando el aire.

Isabel respira hondo.

Siente alivio. No del todo, pero algo esencial. Como si por fin dejara una bolsa pesada en el suelo. No la tira, la deja bien, y se endereza.

“Cómo se deja el pasado”, escribiría si llevara diario. No sé. Pero parece que pasa pasito a pasito. Uno de esos acaba de hacerlo.

Isabel encuentra cuidadora en dos días. Se llama Pilar, cincuenta y ocho años, experiencia en geriatría y rehabilitación, tranquila, eficiente, carpeta de recomendaciones. Se ven en un café junto al hospital. Pilar pregunta sin rodeos: carácter del paciente, tendencia a la depresión, tolerancia al dolor, familiares que irán de visita.

Los familiares suelen molestar más que ayudar dice Pilar. No es culpa suya. Es así.

Lo sé asiente Isabel.

Pactan condiciones, Isabel paga. Llama a Sofía y lo explica. Ella, al principio, protesta, “Álvaro necesita a los suyos”, pero Isabel la corta, suave y firme al mismo tiempo, algo nuevo para ella. Antes callaba o estallaba; ahora, ni lo uno ni lo otro: calma.

Ven todos los días si quieres, Pilar no molestará. Yo no iré. Tengo mi vida y no tengo por qué adaptarla a las circunstancias de los demás.

Vale responde Sofía, sencilla, sin más reproches ni lágrimas. Quizá también está cansada. Quizá entiende que Isabel tiene razón.

Carmen llama una semana después. Su voz es otra, más suave, envejecida.

Isabel, Pilar es estupenda, Álvaro se va acostumbrando. Gracias por encargarte.

De nada, Carmen.

No te olvides de vez en cuando, llámame.

Isabel no dice ni sí ni no. Solo se despide y guarda el móvil en el bolsillo del delantal. Está en el taller, como casi siempre. Si alguien le preguntara cómo dejar atrás el pasado, contestaría: seguir viviendo. Sin heroísmos. Trabaja, haz lo que amas. Los familiares tóxicos y los exmaridos no desaparecen, solo dejan de ocupar el centro de tu vida.

Ese año el invierno llega temprano. En noviembre ya cuaja la nieve, e Isabel se sorprende disfrutando del frío. Antes ni se lo planteaba: Álvaro odiaba el invierno, con su artrosis y su manía del té caliente a una hora concreta. Ahora puede mirar la nieve y pensar: “es preciosa”. Sin más.

En diciembre hay más encargos. Ramos para empresas, arreglos navideños. Isabel contrata una ayudante, una chica llamada Alejandra, veintitrés años, estudiante, alegre y rápida, algo despistada pero aplicada. Trabajan bien juntas. Isabel le enseña a ver la flor, no como producto, sino como material, como un pintor ve la pintura. Alejandra escucha y a veces sugiere ideas que sorprenden a Isabel.

¿Cómo se te ocurre eso? pregunta un día.

Miro a quien hace el encargo responde Alejandra. Y pienso: ¿qué flor sería esa persona? O la que va a recibirlo.

Isabel sonríe.

Buen método.

Me lo ha enseñado usted. Dijo que el ramo tiene que estar vivo.

Isabel no lo recordaba, pero seguramente lo dijo. Porque lo pensaba.

Llegan enero, febrero. La vida fluye. Isabel se apunta a un curso de floristería aunque Alejandra diga que ya no le hace falta. Isabel le explica que siempre queda por aprender, no por falta, sino por placer. Antes no, siempre por obligación o petición de otros.

Vivir para una misma parece egoísta en voz alta, pero en la realidad es esto: apuntarse a floristería, una tarde de lectura sin reproches, una salida a Ávila para ver edificios antiguos, algo que siempre había querido pero nadie compartía.

En febrero llama Sofía: Álvaro mejora a buen paso. Ya usa muletas. Pilar es sensata y metódica. Isabel se alegra: verdadera alegría, sin culpa.

Marzo trae el deshielo y los primeros encargos de primavera: tulipanes, jacintos, anémonas. Isabel adora ese paso de composiciones invernales a colores vivos y alegres.

Y en marzo él aparece.

Isabel ordena en una caja un ramo amarillo y blanco, narcisos y margaritas, sencillo y sincero. Alguien entra, y ella no levanta la vista, tiene las manos ocupadas con la cinta.

Buenas tardes dice.

Buenas responde él.

La voz. La reconoce antes que la cara: tranquila, levemente cansada.

Andrés está en la puerta, mirando el taller como quien entra por fin en un sitio imaginado muchas veces. Lleva abrigo oscuro, bufanda ligera. Sin carpetas de historias médicas.

Es usted dice Isabel.

Yo sonríe él.

Una pausa pequeña. Alejandra ha salido, vuelve enseguida, pero ahora están solos.

Álvaro recibió el alta hace diez días dice Andrés. Ahora termina la rehabilitación en casa con la misma cuidadora. El pronóstico es bueno.

Lo sé responde Isabel. Me ha escrito Sofía.

Perfecto. Duda un instante y por primera vez Andrés sonríe de verdad, nervioso y auténtico. Para ser sincero, he venido a propósito. Recordaba el nombre, “Tallo”. Busqué la dirección.

Isabel deja la cinta.

¿Quiere flores?

Sí. Y también…

Silencio. Huele a jacintos y a tierra.

¿Qué quiere exactamente? pregunta Isabel.

Él se acerca a las anémonas, violetas, rojas oscurísimas, blancas con centro negro.

Estas. ¿Tres… o cinco? ¿Cuál queda mejor?

Que sean impares responde Isabel. Tres o cinco. ¿Para quién?

No estoy seguro. ¿Me ayuda a decidir?

Isabel escoge tres, suma dos anémonas más, casi negras.

Cinco dice. Se sostienen bien juntas.

Se pone a envolverlas. Sus manos se mueven solas: papel kraft, cinta, humedad en la base.

Isabel…

¿Sí?

¿Puedo hablarle con franqueza? No sé hacerlo de otra manera.

Adelante.

Me gustaría volver a verla. Sin hospital de por medio, ni un trámite. Solo por hablar. Un café. O ir al teatro si le gusta. O pasear sencillamente. Sé que puede sonar extraño, pero pensé que ya somos adultos para hablar claro, no fingir que solo venimos por flores.

Isabel levanta la vista.

Él la mira, sin prisa ni presión. De esa forma franca cuando se dice algo importante y se deja a la otra persona decidir.

¿Cuándo lo pensó? pregunta ella.

Hace tres meses. En el pasillo, cuando pidió la lista de lo necesario para cuidar a Álvaro.

Recuerda aquel pasillo. Ventana de hospital, árboles pelados.

Entonces yo todavía estaba legalmente casada.

Lo sé. Por eso esperé.

Fuera, marzo inunda la calle. La nieve ya es hilo de fango junto a la acera. Gorriones riñen junto al banco bajo la farola, ya apagada porque hay luz de sobra.

No lo sé dice Isabel.

¿No sabe el qué?

No sé cómo es esto. Fueron dieciocho años, luego uno para aprender a estar sola. No sé cómo se hace ahora.

Para serle franco, yo tampoco lo sé responde él. Me divorcié hace seis años. Mi hija tiene diecisiete, vive con su madre, nos llevamos bien. Yo también me refugié primero en el trabajo. Luego aprendí a pensarlo mejor. Y ahora creo que quizá se puede pensar y vivir.

Alejandra sale con el rollo de papel, ve al cliente, sonríe:

¿Le ayudo, Isabel?

No, Alejandra, tranquila.

Se retira, papel iluminado en las manos.

Isabel entrega a Andrés el ramo de anémonas.

¿Cuánto es?

Espere dice ella.

Él espera.

Isabel mira las anémonas en sus manos, tan elegantes, tan suyas. Siempre le han gustado: parecen amapolas discretas. No gritan, no se esconden.

Una historia de flores, piensa Isabel. Ha construido su vida entre flores, escapó aquí del dolor, renació. Y ahora, por su propia voluntad, deja pasar a alguien a esa vida, sin exigir, sin invadir. Solo entra y espera.

Está bien responde Isabel.

Él arquea las cejas.

¿De acuerdo, en qué sentido?

Al teatro. Hace mucho que no voy.

Andrés sonríe, verdadera y abiertamente.

Me alegra.

Pero hoy no. Tengo tres encargos pendientes.

Por supuesto. ¿Quizá el viernes, sábado si le viene mejor?

Sábado.

Ella le dice el precio, él paga, guarda el cambio y no se marcha enseguida.

Isabel, ¿puedo preguntar algo?

Claro.

Solo por curiosidad. ¿Hace mucho que te dedicas a las flores?

El taller tiene poco más de un año. Hace una pausa. Pero en realidad, toda la vida. Antes era un hobby. Ahora es mi trabajo.

Es bonito cuando el hobby se convierte en trabajo.

Sí, muy bonito.

Él asiente, toma el ramo y va a la puerta. Se gira:

Hasta el sábado, Isabel.

Hasta el sábado, Andrés.

Él sonríe.

Andrés.

Hasta el sábado, Andrés.

La puerta se cierra. Isabel se queda tras el mostrador, mirando cómo se aleja por la calle, entre los gorriones. No se vuelve.

Alejandra aparece de inmediato:

Isabel, ¿quién era?

Un cliente responde Isabel.

¿Un cliente que se queda charlando un cuarto de hora?

Alejandra.

¿Sí?

Envuelve esas crisantemos para la señora Teresa, que viene a las cuatro.

Alejandra sale satisfecha. Isabel retoma la rutina. Sus manos envuelven, agua gotea, huele a jacintos.

Sábado, en cuatro días. Cuatro días normales: encargos, entregas, preguntas de Alejandra, una llamada del proveedor por los peonías. Cuatro días exactamente iguales, conquistados y suyos.

Isabel no piensa adrede en el sábado. Trabaja. Cuando el taller queda en silencio, flores en sus baldes esperando clientes, le viene la frase: “Hasta el sábado, Andrés”. Voz tranquila, anémonas en mano.

Los adultos pueden hablar claro, dijo él.

Quizá es verdad.

No sabe qué traerá el sábado. Si les gustará el tiempo juntos, si serán capaces de hablar de algo más allá de dolores y divorcios. Si querrá volver a verle. No sabe nada salvo una cosa: la decisión es suya. No de su exsuegra, no de Álvaro ni del deber ni del miedo a estar sola. Suyo.

Es una sensación nueva. No embriagadora ni vertiginosa. Firme, como asfalto seco bajo los pies.

El viernes por la noche, cuando el taller está cerrado y Alejandra ya se ha ido, Isabel coloca un manojo de anémonas sobrantes en un vaso sobre el alféizar: oscuro terciopelo, para ella y solo para ella.

Las mira.

“Bien juntas”, dijo aquel día.

Y era cierto.

Apaga y va a casa.

Sábado amanece gris, con olor a café de la cafetera que Isabel se compró hace seis meses y que Álvaro nunca habría aprobado, porque “es caro e innecesario”. “Innecesario” es una de esas palabras que se anclan al matrimonio como las malas hierbas al campo, hasta que olvidas que existen otras: “Me gusta”, “Quiero”, “Por mí sí”, “Lo haré”.

Toma café junto a la ventana. Techos mojados, paloma en la cornisa, coche esquivando un charco.

El móvil sobre la mesa: hay un mensaje, puesto una hora antes, como si quien lo escribió hubiera estado dudando antes de enviarlo: “Buenos días. El teatro empieza a las siete. ¿Te apetece cenar algo antes? O como tú prefieras. Andrés”.

Isabel sonríe al leer el “Buenos días” sin la “s”. Responde: “Buenos. Sí, cenamos, ¿a las seis?”. Envía el mensaje y deja el móvil.

Apura el café.

Fuera, marzo sigue avanzando. Gotean los aleros, sopla el viento, el gorrión echa a la paloma. La ciudad despierta, como siempre, indiferente a los pasos importantes o a las decisiones pequeñas.

Parpadea el móvil: “Perfecto”.

Isabel se levanta, deja la taza en la pila, se pone el delantal para abrir el taller como cada mañana. Coge las llaves.

En la puerta, mira el piso: pequeño, luminoso, con anémonas en el vaso, solo para ella. Su piso. Su cafetera. Su vaso de flores. Su sábado.

Sale.

La puerta se cierra suavemente, como se cierran bien las cosas hechas para durar.

Andrés ya espera en la puerta del café cuando Isabel llega a las siete menos diez. Apoya la espalda cerca de la entrada, móvil en mano, que guarda al instante al verla. Mismo abrigo, bufanda. Esta vez, sin flores.

Buenas tardes saluda él.

Buenas responde Isabel.

Se miran dos, tres segundos. Dos adultos en una calle mojada de Madrid, allí porque así lo han querido. No por obligación ni costumbre, por ganas.

Bueno dice Andrés, ¿entramos?

Entremos responde Isabel.

Y entran.

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