Viviré mejor que vosotros

Life Lessons

¿Pero cómo podéis vivir así, en semejante cutrez? Marina arrugó la nariz con dramatismo. ¡Si lleváis veinte años en este piso y ni una mano de pintura! ¡Y encima pretendéis darme lecciones de vida!

Carmen Fernández bajó los hombros, agotada, mientras Tomás Esteban sorbía un sorbo de su café mirando a ninguna parte, sin atreverse a sostenerle la mirada a su hija. Marina seguía plantada en medio de la cocina, con las mejillas encendidas de enfado, esperando alguna reacción. Pero sus padres guardaban silencio, y ese mutismo la sacaba aún más de quicio que cualquier reproche.

Javier es un buen hombre insistió Marina. ¡Pero claro, de la vida no sabéis nada!

Carmen levantó hacia su hija una mirada cansada.

Marinita, que a nosotros no nos disgusta Javier negó Carmen con la cabeza. Sólo queremos que termines tus estudios, que tengas un poco de estabilidad, hija.
¿Estabilidad? ¿Como la vuestra? ¡Veinte años en el mismo piso y ni una reforma!
Tienes diecinueve años, Marina su madre intentaba sonar dulce. Es demasiado pronto para casarse, intenta entenderlo.

Tomás dejó la taza sobre la mesa y por fin se dignó a mirar a su hija. No había reproche en su mirada, solo una tristeza profunda.

Luego, haz tu vida, por supuesto continuó Carmen. Pero ahora no es momento, no corras tanto.
¡Queréis fastidiar mi felicidad, eso es lo que pasa! Marina dio un pisotón, igual que cuando era pequeña. ¡Ya está todo dicho!

Giró sobre sus talones, y cogió su bolso del taburete en el pasillo. Carmen se levantó intentando interceptarla.

Espera, Marina dijo su madre, tendiéndole una mano.

Pero Marina se ponía la chaqueta a trompicones, irritada y herida.

¡Con Javier voy a ser feliz! gritó desde la entrada. ¡Para que lo sepáis!

Tomás se apoyó en el marco de la puerta, arrastrando los pies hasta el pasillo.

Hija, no lo entiendes empezó él, pero Marina le interrumpió.
¡Pues yo sí voy a vivir bien! ¡Voy a tener dinero y de todo! ¡No como vosotros!

Abrió la puerta con un portazo y salió al rellano. Lo último que oyó fue el suspiro resignado de su madre y un golpe seco, probablemente de su bolso cayendo.

Marina bajó las escaleras sin mirar atrás, convencida con cada paso de que tenía toda la razón del mundo.

Cuatro años después, allí estaba Marina otra vez, frente a la misma puerta deslucida de siempre, la pintura aún más desconchada que antes. En la mano derecha apretaba la manita templada de Pablo, su hijo de tres años, que miraba la puerta con ojos enormes y curiosos. Marina alzó la izquierda para llamar, pero se quedó a medio camino. Los dedos temblaron ladeando el aire sobre la madera agrietada. No podía. Pablo le tiró de la manga, mirándola con esa impaciencia solemne y adorable de los niños.

Mamá susurró, balanceándose.

Marina le sonrió con pena, echó un vistazo a la vieja maleta a su ladogrande, coja y más viajada que ella en los últimos añosy sintió un nudo en la garganta. Todo su gran futuro y sus promesas de juventud cabían ahora en aquel destartalado equipaje. Llevaba sin hablar con sus padres cuatro años: ni llamadas, ni cartas. Marina siempre había pensado que estaba por encima, que era mejor, más lista, más exitosa que sus padres de humilde piso y rutinas modestas. Y mírala ahora, frente a su puerta, con la cara llorosa y los sueños hechos añicos.

Al final, se armó de valor y llamó tres veces. Los nudillos sonaron flojitos, muy distinto al portazo altanero de su despedida. Al otro lado, unos pasos; la cerradura giró enseguida. Carmen abrió y se quedó boquiabierta. Había envejecido, tenía más arrugas, el pelo le asomaba blanco por las sienes.

Vio la cara compungida de su hija y los restos de rímel bajo los ojos. Su mirada bajó al niño, que abrazaba la pierna de Marina, y luego a la maleta vieja. En sus ojos destelló una chispa de comprensión, ni una palabra, ningún reproche por los desplantes del pasado. Carmen sólo se hizo a un lado y dejó que su hija y nieto pasaran.

Marina cruzó el umbral y recorrió el piso con la mirada. Todo seguía exactamente igual, solo más desvaído. El mismo papel pintado, el mismo armario plagado de imanes horteras, el aroma demodé de hogar que antes le parecía insoportable. Pablo, feliz, exploraba el pasillo, boquiabierto.

Pablito, vete a ese cuarto le indicó agachándose. Hay juguetes, mira a ver qué hay, ¿vale?

El niño se alejó y Marina se giró hacia su madre. Carmen esperaba de pie, callada, observando a su hija.

Marina quiso explicarse, justificar el desastre, pero no le salió nada. Solo la verdad desnuda, esa tan fea que tapó durante años con aires de superioridad. Dio un paso, luego otro, y se abrazó a Carmen con todas sus fuerzas. Se echó a llorar, los hombros sacudidos de sollozos, la cara apretada al hombro de su madre, que olía igual que antaño: aquel detergente barato del supermercado.

Mamá balbuceaba Marina, incapaz de parar el llanto. Perdóname, mamá.

Carmen la rodeó con los brazos y le acarició la espalda igual que cuando era niña. Marina lloraba por las tontas fantasías que tuvo, por ese matrimonio fugaz con un desconocido al que se lanzó sin red ni sentido. Por el ridículo orgullo que la alejó de quienes más la querían.

Tenías razón en todo, mamá, en todo gimoteó Marina.

Carmen no dijo nada. Solo la apretó más fuerte contra sí.

Venga, vamos a la cocina dijo al fin. Voy a ponerte un té.

Marina asintió y se sonó la nariz con el dorso de la mano. Se sentó en su viejo sitio junto a la ventana. Carmen puso la tetera al fuego y sacó las tazas de fiesta. Marina, mientras, la observaba, pensando en todo lo que se había perdido aquellos años.

¿Dónde está papá? preguntó de repente.
Está trabajando, hija. Pronto viene contestó Carmen, haciéndole llegar una taza.

A Marina se le atragantó un poco el aire.

Os dije cosas horribles entonces murmuró mirando el té. Lo de la pobreza, lo del piso

Carmen se sentó enfrente y le cogió la mano con cariño.

Lo importante es que has vuelto, hija. Lo demás no importa.

Me dejó, mamá Marina rompió a llorar otra vez. Con otra, directamente a la calle, ¡hala!

Carmen le acarició la cabeza, igual que un peluche estropeado.

Me lo creí todo, como una tonta ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo estudio, cómo salgo adelante, con Pablo?

Carmen la meció igual que cuando tuvo varicela.

Ya lo superaremos, Marinita le susurró. Entre las dos, saldremos. Poco a poco, pero saldremos

Pasaron los meses tras el regreso de Marina al piso de siempre, y las ilusiones de vida perfecta se dispersaron como humo barato. Marina estaba sentada ahora en un bar anodino, con sus dos amigas. Lucía daba vueltas nerviosas a una taza de café, frunciendo el ceño. A Lucía, su novio le dejó con una deuda de 300 euros en móviles y desapareció dirección Barcelona.

Los del banco me llaman todo el día gruñía Lucía. Y ese imbécil se lo pasa bomba en Tarragona.

Marina asintió, buscando la mirada cómplice de su otra amiga. Rocío criaba sola a su hija Natalia; el hombre nunca pasó por la iglesia ni por el juzgado.

Al menos el mío se fue sin dejarme deudas sonrió con amargura Rocío. Me soltó un no estoy preparado para ser padre y ¡hala, desaparecido!
El mío sí que estaba preparado, sí suspiró Marina. Pero para serlo con otra tía.

Lucía bufó por lo bajo.

Vaya tres mosqueteras estamos hechas ironizó Lucía. Creímos que pillábamos príncipes de novela y mira.
Y acabamos con mimos en patinete añadió Rocío.

Marina las escuchaba y pensaba lo parecidas que eran sus historias: tres treintañeras, sueños rotos y café de máquina en un bar de barrio.

Ale, ya está bien de dramas sentenció Lucía dándose una palmada en la mesa. ¡Nos pedimos un flan y a otra cosa!

Marina sonrió y llamó al camarero, agradeciendo un momento de respiro entre tanta tormenta mental.

Al atardecer, volvió a casa por el mismo barrio de siempre, entre bloques idénticos y tiendas de ultramarinos. Entró en el piso y se quedó escuchando. Del salón llegaba la risa infantil de Pablo y las voces de sus padres.

Avanzó hasta la puerta y se asomó. Tomás, su padre, estaba en el suelo construyendo una torre con cubos viejos; Pablo aplaudía cada nueva planta. Carmen tejía algo desde el sillón, con una sonrisa serena mientras miraba la escena.

Marina observaba, incapaz de apartar la vista. Recordó sus aires de grandeza y el desprecio adolescente hacia todo aquello. Y ahora descubría lo que antes había sido incapaz de ver: sus padres llevaban treinta años juntos, superando las pesetas, los euros, las crisis, la cola del paro, los gripes, los disgustos. Tenían un piso, viejo y humilde, pero suyo. Tenían trabajo, techo y una familia a la que nunca faltaba el pan.

No viajaban a Mallorca cada verano, ni cambiaban de coche cada dos años. No tenían ropa de marca ni una Thermomix en la cocina. Pero formaban una familia de verdad, que no se tambaleaba con cada soplo de viento.

Y Marina, al fin, lo entendía todo. Se había quedado sola, con un niño de tres años y el corazón descosido. El orgullo intentaba todavía hacerse oír, convencido de que todo era pasajero, que ella saldría adelante. Pero ya sabía la dolorosa verdad: la fracasada no era su madre con la casa sin pintar. Ni su padre con su chaqueta de cuadros y su jornal modesto.

La que metió la pata hasta el fondo fue ella, que fue a por la gran vida y volvió a casa sin nada más que una maleta coja y una lección aprendida de esas que ni el mismísimo Don Quijote podría haberle explicado mejor.

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