VIDA EN ORDEN
Clara, te prohíbo que hables con tu hermana y su familia. Ellos tienen su vida y nosotros la nuestra. ¿Has vuelto a llamar a Lucía? ¿Te has quejado de mí? Te lo advertí. No digas que no te avisé dijo Fernando mientras me agarraba el hombro con fuerza.
Como tantas otras veces, salí en silencio hacia la cocina. Las lágrimas amargas me nublaban la vista. Jamás me había quejado ante mi hermana de mi día a día. Solo hablábamos, compartíamos la preocupación por nuestros padres mayores, temas que nos unían. La hostilidad de Fernando hacia Lucía era manifiesta. Su hogar rebosaba tranquilidad y bienestar. Nada que ver con el nuestro.
Cuando me casé con Fernando, creía ser la mujer más afortunada de España entera. Me sedujo con una pasión arrolladora. Ni me importó la diferencia de estatura: él era casi una cabeza más bajo que yo. Tampoco presté demasiada atención a su madre, que apareció dando tumbos en la boda y más tarde supe que era bebedora desde hace años.
Enamorada, no quería ver lo malo. Pero tras un año de matrimonio, la ilusión se desvanecía. Fernando bebía demasiado, llegaba a casa arrastrándose, oliendo a vino barato. Pronto llegaron las infidelidades. Yo, trabajando de enfermera en el Hospital Universitario de Madrid, ganaba el sueldo justo. Fernando prefería pasar sus días pegado a la barra con los amigos.
Él no tenía intención de hacerse cargo de nada. Al principio soñaba con tener hijos, pero acabé conformándome con el cuidado de mi gato persa. Que ni me planteara ya ser madre de aquel hombre. Y sí, a pesar de todo, aún sentía cariño por Fernando.
¡Pero qué tonta, Clara! Si te sobran tíos a tu alrededor, te cortejan y ni los miras. ¡Sigues pendiente de ese enano! ¿Qué le ves? Siempre con moratones de sus palizas. ¿Crees que nadie nota esos cardenales bajo el maquillaje? Déjalo antes de que te mate de un arrebato me decía a menudo Carmen, mi compañera de trabajo y amiga.
Sí, Fernando tenía ataques de furia y no se privaba de levantarme la mano. Una vez me pegó tanto que tuve que faltar al turno de día. Además, me encerró en casa y se llevó la llave. Desde aquel episodio, empecé a tenerle verdadero pavor. El corazón me latía con fuerza al oír la llave girando en la cerradura, temiendo su venganza por no darle un hijo, por ser mala esposa, por lo que fuera. Así, me rendía ante sus insultos, humillaciones y golpes sin rechistar. Era como si no pudiera dejar de quererle.
Recordaba las palabras de su madre, con esa mirada de bruja:
Clara, haz caso a tu marido, quiérele con el alma y olvídate de tu familia y amigas, no te traerán nada bueno.
Y así fui aislándome, viviendo sometida al control de Fernando. Dependía totalmente de él. Irónicamente, lo que más me gustaba era cuando me rogaba perdón llorando, de rodillas, besándome los pies. El reencuentro era dulce, casi mágico. Fernando llenaba la cama de pétalos de rosas robadas del jardín de un amigo borracho; lo sabía, pero me dejaba llevar por la ilusión. Las esposas de aquellos borrachos cultivaban las flores con celo, y ellos las regalaban en secreto a cambio de una copa. Nosotras, las receptoras, los perdonábamos por un ramo robado.
Probablemente habría seguido así toda la vida, rehaciendo una y otra vez los pedazos de mi falso paraíso de no ser por el azar.
Deja a Fernando, que mi hijo es suyo. Tú no puedes darle hijos. Eres estéril me soltó de golpe una desconocida, sugiriendo sin tapujos que cediera mi matrimonio para que su hijo ilegítimo tuviera padre.
¡No te creo! Márchate ahora mismo le grité, negando lo evidente.
Fernando negaba todo como podía, pero cuando le supliqué que jurara que no era su hijo, vi en su silencio la confesión.
Clara, nunca te he visto feliz. ¿Te pasa algo? me preguntó un día el director del hospital, don Eugenio Sánchez, un hombre serio que siempre me había parecido lejano.
Todo bien contesté, sonrojada ante él.
Eso es lo mejor, cuando uno está en orden consigo mismo, la vida resulta maravillosa dijo con esa calma suya.
Aquel hombre, divorciado desde hacía años porque la esposa le fue infiel, vivía solo a sus cuarenta y dos años. No era guapo ni alto, llevaba gafas y empezaba a clarearse la cabeza, pero tenía un encanto difícil de explicar. Al pasar cerca de él, el olor a loción y su presencia masculina me estremecía. No podía evitar huir deprisa. Sin embargo, después de aquella frase suya me di cuenta: es bueno estar en orden. ¿Y yo? ¡Un completo desorden! Los años pasaban y ya no podía darle pausa a mi vida.
Al final, me marché de casa de Fernando y regresé a casa de mis padres, en Valladolid. Mi madre no podía creérselo.
Clara, hija, ¿qué ha pasado? ¿Te ha echado tu marido?
No, mamá, ya te lo contaré me avergonzaba confesarlo.
Después su madre me llamó, gritó e insultó todo lo que pudo. Pero ya me sentía libre, respiraba aire nuevo. Gracias a don Eugenio.
Fernando no se resignó, me buscaba y trataba de asustarme, pero aquella sombra que proyectaba ya no tenía poder sobre mí.
Fernando, no pierdas tu tiempo. Dedícate mejor a tu hijo, que te necesita. Yo he pasado página. Adiós.
Volví junto a mi hermana Lucía y mis padres. Empecé a ser yo misma, ya no era una marioneta.
Carmen enseguida notó el cambio:
Clara, estás radiante. Pareces una novia enamorada.
Poco después, don Eugenio me sorprendió con una propuesta:
Clara, ¿quieres casarte conmigo? Te lo prometo: no te arrepentirás. Solo una condición: llámame Eugenio, deja el don para el hospital.
¿Pero me quieres, Eugenio? pregunté, asombrada.
Perdona, se me olvida que las mujeres necesitáis palabras. Sí, te quiero. Pero más creo en los hechos me contestó besándome la mano.
Sí, Eugenio. Estoy segura de que llegaré a quererte no cabía en mí de alegría.
…Pasaron diez años.
Eugenio me demostró cada día su amor honesto. No andaba besándome los pies ni diciendo palabras vacías, como mi ex marido. Eugenio me cuidaba, me protegía, me amaba, siempre atento y generoso. No tuvimos hijos juntos, quizás sí fui realmente estéril. Pero él jamás se quejó ni me hirió con palabras.
Clara, parece que nuestro destino es vivir solo los dos. Yo ya tengo suficiente contigo me consolaba cuando me veía triste por no ser madre.
La hija de Eugenio nos regaló una nieta, Alejandra. Ella se convirtió en nuestra niña querida y mimada.
En cuanto a Fernando, acabó ahogado en el alcohol y falleció antes de cumplir los cincuenta años. Cuando su madre me cruzaba en el Mercado de San Miguel, me miraba con odio. Pero aquella mirada venenosa ya no me alcanzaba. Ahora solo sentía lástima por ella.
Y así, con Eugenio, la vida es tranquila y hermosa.
Hoy puedo decir que sólo cuando uno pone su vida en orden, encuentra la verdadera felicidad. Nadie lo hará por ti.







