VIDA EN ARMONÍA: —Lada, te prohíbo relacionarte con tu hermana y su familia. Ellos tienen su vida y nosotros la nuestra. ¿Acaso has vuelto a llamar a Natalia? ¿Te has estado quejando de mí? Te lo advertí. No respondas si pasa algo —Bogdan me apretó dolorosamente el hombro. Como de costumbre en estos casos, me iba en silencio a la cocina, ahogada en lágrimas amargas. Nunca me he quejado ante mi hermana de mi vida. Simplemente charlábamos, cuidábamos a nuestros padres mayores, compartíamos preocupaciones. Pero aquello a Bogdan le sacaba de quicio. Odiaba a mi hermana Natalia: en su casa reinaban la calma y la prosperidad, todo lo contrario a lo que ocurría entre nosotros. Cuando me casé con Bogdan, no había mujer más feliz en todo el mundo. Me conquistó con pasión arrolladora. En absoluto me importaba que Bogdan, mi novio, fuese una cabeza más bajo que yo, ni presté atención a su madre, que llegó a la boda tambaleándose. Poco después descubrí que mi suegra era una alcohólica empedernida. Ciega de amor, no veía nada malo. Pero tras un año de matrimonio, empecé a dudar de mi supuesta felicidad. Bogdan bebía mucho, volvía a casa completamente borracho, y luego vinieron las infidelidades una tras otra. Yo trabajaba de enfermera en un hospital, un sueldo precario y Bogdan prefería pasar el día con sus compañeros de copas. Nunca quiso mantenerme. Si al principio soñaba con tener hijos, ahora lo máximo por lo que me preocupaba era el gato de raza que teníamos. De tener hijos con un alcohólico ya ni quería oír hablar. Aunque, a pesar de todo, seguía queriendo a Bogdan. —¡Lada, eres tonta! Montones de hombres pululan a tu alrededor, te miran embobados, y tú, como si llevases gríngolas, solo tienes ojos para tu enanito. ¿Qué le ves? Siempre con moratones de sus golpes. ¿Crees que no nos damos cuenta de cómo te tapas los ojos con maquillaje? Déjalo ya, que un día te va a matar —mi amiga y compañera de trabajo trataba de hacerme entrar en razón así. Cierto, Bogdan se dejaba dominar frecuentemente por su ira sin motivo, y me pegaba. Una vez me dejó tan malherida que ni pude ir al turno de día. Además, me dejó encerrada en casa, llevándose la llave. Desde entonces, le cogí un miedo atroz. Mi alma se encogía y el corazón me galopaba cada vez que oía la llave en la cerradura. Sentía que Bogdan me castigaba por no poder darle un hijo, por ser mala esposa, por lo que fuera. Así, me dejaba maltratar, insultar y humillar sin resistencia. Pero… ¿por qué seguía queriéndolo? Recuerdo cómo su madre, con pinta de bruja, me repetía: —Ladita, haz caso a tu marido, ámale de corazón y olvida a tu familia y a tus amigas, que solo te traerán problemas. Y yo lo hacía, me olvidaba de la amistad, de la familia y me sometía completamente. Vivía bajo el yugo de Bogdan. A mí me gustaban los momentos en los que él me pedía perdón con lágrimas, de rodillas, besándome los pies. La reconciliación era dulce y mágica. Bogdan cubría el lecho con pétalos de rosas perfumadas, y yo me sentía como si volara, tocando el cielo y encontrando mi paraíso. Claro, sabía que las rosas las había robado del jardín de un amigo borrachín cuya mujer cultivaba esas flores con esmero, mientras él las regalaba a otros alcohólicos por casi nada y así las esposas terminaban perdonando a sus maridos. Probablemente habría seguido viviendo como una sombra junto a Bogdan durante toda mi vida, recomponiendo mi paraíso imaginario cada vez que él lo hacía añicos. Pero el destino me echó una mano… —Deja a Bogdan, yo tengo un hijo suyo. Tú eres estéril, una flor sin fruto —así, sin miramientos, una desconocida me propuso que renunciase a mi marido, por el bien de su hijo ilegítimo. —¡No te creo! Vete, por las buenas —le espeté, echándola de casa. Bogdan negó como pudo las pruebas. —¡Júrame que no es tu hijo! —sabía que Bogdan no podría renegar de su propio hijo. Bogdan guardó un silencio muy significativo. Yo comprendí todo… —Lada, nunca te he visto sonriente. ¿Problemas? —el director médico de nuestro hospital, Germán, en quien creía que ni reparaba en mí, se mostró de repente interesado por mi situación. —Todo en orden —me ruboricé ante mi jefe. —Eso es lo importante, que todo esté en orden. Así la vida es maravillosa —dijo enigmático Germán López. Una vez fue casado y tenía una hija. Se divorció, decían, por infidelidad de su mujer, y desde entonces vivía solo. Tenía cuarenta y dos años, no era especialmente atractivo —bajito, con gafas y algo de calvicie— pero cuando se me acercaba, en mí crecía el deseo. Ese hombre desprendía un aroma embriagador de algún aftershave con feromonas. Resultaba difícil resistirse al encanto de Germán López. Intentaba huir rápido de su presencia, evitando la tentación. Tras sus palabras, no hallaba mi sitio. “Todo en orden”. Qué palabras tan sencillas, y cómo me llegaron al alma. En mi vida reinaba el caos. Pero el tiempo pasa rápido y no se puede pulsar pausa para reorganizarnos. Así que, en fin, me fui de casa con mis padres. Mi madre se sorprendió: —¿Qué ha pasado, Lada? ¿Te ha echado tu marido? —No, te lo contaré más tarde, mamá —me avergonzaba reconocer mi vida de casada. Después me llamó la madre de Bogdan, chillando y maldiciéndome, pero yo ya tenía los hombros rectos y volvía a respirar a pleno pulmón, renovada. Gracias, Germán López… Bogdan montó en cólera, me vigilaba, acechaba… sin sospechar que había perdido todo el poder sobre mí. —Bogdan, no pierdas tu tiempo conmigo, ocúpate de tu hijo. Me sobras. He pasado página. Adiós —le dije con una serenidad pasmosa. Por fin volví junto a mi hermana Natalia y mis padres. Volví a ser yo misma, y no una marioneta en manos ajenas. Mi amiga notó enseguida el cambio en mí: —Lada, ¡estás irreconocible! Más alegre, más guapa, radiante como una novia. Y Germán López me hizo una propuesta: —Lada, cásate conmigo. Te juro que no te arrepentirás. Sólo te pido una cosa: llámame por mi nombre, el “don” guárdalo para el hospital. —Pero ¿me quieres, Germán? —me sorprendió su proposición. —Oh, perdona, olvido que las mujeres necesitáis palabras. Sí, creo que te quiero. Pero creo más en los hechos —me besó la mano. —Acepto, Germán. Estoy segura de que llegaré a quererte —no cabía en mí de alegría. …Han pasado diez años. Germán me demuestra cada día su amor sincero. No habla en balde ni se arrodilla como hacía mi exmarido, pero me cuida, me protege, me quiere. Sabe sorprenderme con gestos generosos de hombre noble. No hemos tenido hijos. Al parecer, sí soy “flor sin fruto”. Pero Germán no lo lamenta ni me lo reprocha jamás. Ni una sola palabra de crítica. —Lada, creo que estamos destinados a vivir los dos solos. Para mí eres más que suficiente —me consuela cada vez que me apena no ser madre. La hija de Germán nos dio una nieta, Sashenka, que se convirtió en nuestra niña adorada. En cuanto a Bogdan, terminó hundido en el alcohol y murió joven, ni siquiera cumplió los cincuenta. Su madre, cuando me cruza en el mercado, me lanza miradas fulminantes, pero sus dardos de odio no me alcanzan ya, se disipan en el aire. La compadezco y nada más. Y aquí, con Germán, todo está en orden. La vida es maravillosa…

Life Lessons

VIDA EN ORDEN

Clara, te prohíbo que hables con tu hermana y su familia. Ellos tienen su vida y nosotros la nuestra. ¿Has vuelto a llamar a Lucía? ¿Te has quejado de mí? Te lo advertí. No digas que no te avisé dijo Fernando mientras me agarraba el hombro con fuerza.

Como tantas otras veces, salí en silencio hacia la cocina. Las lágrimas amargas me nublaban la vista. Jamás me había quejado ante mi hermana de mi día a día. Solo hablábamos, compartíamos la preocupación por nuestros padres mayores, temas que nos unían. La hostilidad de Fernando hacia Lucía era manifiesta. Su hogar rebosaba tranquilidad y bienestar. Nada que ver con el nuestro.

Cuando me casé con Fernando, creía ser la mujer más afortunada de España entera. Me sedujo con una pasión arrolladora. Ni me importó la diferencia de estatura: él era casi una cabeza más bajo que yo. Tampoco presté demasiada atención a su madre, que apareció dando tumbos en la boda y más tarde supe que era bebedora desde hace años.

Enamorada, no quería ver lo malo. Pero tras un año de matrimonio, la ilusión se desvanecía. Fernando bebía demasiado, llegaba a casa arrastrándose, oliendo a vino barato. Pronto llegaron las infidelidades. Yo, trabajando de enfermera en el Hospital Universitario de Madrid, ganaba el sueldo justo. Fernando prefería pasar sus días pegado a la barra con los amigos.

Él no tenía intención de hacerse cargo de nada. Al principio soñaba con tener hijos, pero acabé conformándome con el cuidado de mi gato persa. Que ni me planteara ya ser madre de aquel hombre. Y sí, a pesar de todo, aún sentía cariño por Fernando.

¡Pero qué tonta, Clara! Si te sobran tíos a tu alrededor, te cortejan y ni los miras. ¡Sigues pendiente de ese enano! ¿Qué le ves? Siempre con moratones de sus palizas. ¿Crees que nadie nota esos cardenales bajo el maquillaje? Déjalo antes de que te mate de un arrebato me decía a menudo Carmen, mi compañera de trabajo y amiga.

Sí, Fernando tenía ataques de furia y no se privaba de levantarme la mano. Una vez me pegó tanto que tuve que faltar al turno de día. Además, me encerró en casa y se llevó la llave. Desde aquel episodio, empecé a tenerle verdadero pavor. El corazón me latía con fuerza al oír la llave girando en la cerradura, temiendo su venganza por no darle un hijo, por ser mala esposa, por lo que fuera. Así, me rendía ante sus insultos, humillaciones y golpes sin rechistar. Era como si no pudiera dejar de quererle.

Recordaba las palabras de su madre, con esa mirada de bruja:

Clara, haz caso a tu marido, quiérele con el alma y olvídate de tu familia y amigas, no te traerán nada bueno.

Y así fui aislándome, viviendo sometida al control de Fernando. Dependía totalmente de él. Irónicamente, lo que más me gustaba era cuando me rogaba perdón llorando, de rodillas, besándome los pies. El reencuentro era dulce, casi mágico. Fernando llenaba la cama de pétalos de rosas robadas del jardín de un amigo borracho; lo sabía, pero me dejaba llevar por la ilusión. Las esposas de aquellos borrachos cultivaban las flores con celo, y ellos las regalaban en secreto a cambio de una copa. Nosotras, las receptoras, los perdonábamos por un ramo robado.

Probablemente habría seguido así toda la vida, rehaciendo una y otra vez los pedazos de mi falso paraíso de no ser por el azar.

Deja a Fernando, que mi hijo es suyo. Tú no puedes darle hijos. Eres estéril me soltó de golpe una desconocida, sugiriendo sin tapujos que cediera mi matrimonio para que su hijo ilegítimo tuviera padre.

¡No te creo! Márchate ahora mismo le grité, negando lo evidente.

Fernando negaba todo como podía, pero cuando le supliqué que jurara que no era su hijo, vi en su silencio la confesión.

Clara, nunca te he visto feliz. ¿Te pasa algo? me preguntó un día el director del hospital, don Eugenio Sánchez, un hombre serio que siempre me había parecido lejano.

Todo bien contesté, sonrojada ante él.

Eso es lo mejor, cuando uno está en orden consigo mismo, la vida resulta maravillosa dijo con esa calma suya.

Aquel hombre, divorciado desde hacía años porque la esposa le fue infiel, vivía solo a sus cuarenta y dos años. No era guapo ni alto, llevaba gafas y empezaba a clarearse la cabeza, pero tenía un encanto difícil de explicar. Al pasar cerca de él, el olor a loción y su presencia masculina me estremecía. No podía evitar huir deprisa. Sin embargo, después de aquella frase suya me di cuenta: es bueno estar en orden. ¿Y yo? ¡Un completo desorden! Los años pasaban y ya no podía darle pausa a mi vida.

Al final, me marché de casa de Fernando y regresé a casa de mis padres, en Valladolid. Mi madre no podía creérselo.

Clara, hija, ¿qué ha pasado? ¿Te ha echado tu marido?

No, mamá, ya te lo contaré me avergonzaba confesarlo.

Después su madre me llamó, gritó e insultó todo lo que pudo. Pero ya me sentía libre, respiraba aire nuevo. Gracias a don Eugenio.

Fernando no se resignó, me buscaba y trataba de asustarme, pero aquella sombra que proyectaba ya no tenía poder sobre mí.

Fernando, no pierdas tu tiempo. Dedícate mejor a tu hijo, que te necesita. Yo he pasado página. Adiós.

Volví junto a mi hermana Lucía y mis padres. Empecé a ser yo misma, ya no era una marioneta.

Carmen enseguida notó el cambio:

Clara, estás radiante. Pareces una novia enamorada.

Poco después, don Eugenio me sorprendió con una propuesta:

Clara, ¿quieres casarte conmigo? Te lo prometo: no te arrepentirás. Solo una condición: llámame Eugenio, deja el don para el hospital.

¿Pero me quieres, Eugenio? pregunté, asombrada.

Perdona, se me olvida que las mujeres necesitáis palabras. Sí, te quiero. Pero más creo en los hechos me contestó besándome la mano.

Sí, Eugenio. Estoy segura de que llegaré a quererte no cabía en mí de alegría.

…Pasaron diez años.

Eugenio me demostró cada día su amor honesto. No andaba besándome los pies ni diciendo palabras vacías, como mi ex marido. Eugenio me cuidaba, me protegía, me amaba, siempre atento y generoso. No tuvimos hijos juntos, quizás sí fui realmente estéril. Pero él jamás se quejó ni me hirió con palabras.

Clara, parece que nuestro destino es vivir solo los dos. Yo ya tengo suficiente contigo me consolaba cuando me veía triste por no ser madre.

La hija de Eugenio nos regaló una nieta, Alejandra. Ella se convirtió en nuestra niña querida y mimada.

En cuanto a Fernando, acabó ahogado en el alcohol y falleció antes de cumplir los cincuenta años. Cuando su madre me cruzaba en el Mercado de San Miguel, me miraba con odio. Pero aquella mirada venenosa ya no me alcanzaba. Ahora solo sentía lástima por ella.

Y así, con Eugenio, la vida es tranquila y hermosa.

Hoy puedo decir que sólo cuando uno pone su vida en orden, encuentra la verdadera felicidad. Nadie lo hará por ti.

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