Viajé hasta otra ciudad, en otro país, para ver a mi ex prometida tres meses después de que rompiera conmigo. Sí, suena a locura, lo sé. Pero en aquel momento no pensaba con la cabeza pensaba con el corazón. Llevaba el anillo en la maleta, fotos nuestras en el móvil y una esperanza algo absurda: la idea de que al verme cara a cara podría arrepentirse.
Sabía exactamente dónde trabajaba. Era médica en un hospital. Llegué solo, con una maleta pequeña y el estómago hecho un nudo por los nervios. Me senté en el vestíbulo, fingiendo que esperaba consultar por un paciente. Cuando la vi pasar por el pasillo, sentí que me faltaba el aire. Seguía igual bata blanca, gesto cansado, sin perder ese ritmo acelerado.
Me acerqué y le dije que necesitábamos hablar. Me miró sorprendida y caminamos por el corredor. Intenté sonar firme. Le dije que había ido porque no quería que lo nuestro terminase de esa manera, que aún la amaba y que quería luchar por la relación.
No dudó ni un instante. Me dijo que ya había tomado su decisión, que estaba centrada en su trabajo y que yo debía seguir adelante con mi vida. No levantó la voz, pero fue fría demasiado fría.
Apreté las mandíbulas para no llorar delante de ella. Asentí, saqué el anillo del monedero y se lo devolví, despidiéndome rápido. Salí al exterior, me senté en un banco de hormigón frente a la entrada del hospital y simplemente no pude aguantar más. Tapé mi cara y lloré como no lo había hecho en meses. Lloré por el viaje, por la ilusión, por el rechazo, por ese amor no correspondido.
No me percaté de que, en el banco de enfrente, algo más apartado, se encontraba otro médico. Estaba de descanso. Me escuchó llorar unos minutos. Cuando al fin empecé a serenarme, se acercó suavemente y me dijo:
Perdona que te interrumpa, pero si necesitas algo, estoy aquí. ¿Estás bien?
Bajé la cabeza y solo pude decir:
No es que me han roto el corazón por segunda vez por la misma persona.
Me miró con auténtica preocupación. Preguntó si podía sentarse conmigo. Se sentó. Fue una conversación rara, inesperada, extraña, pero al mismo tiempo profundamente humana. Me ofreció agua, me preguntó si tenía a alguien en la ciudad, si estaba solo. Y le conté todo que había viajado solo para verla, que fue mi prometida, que teníamos planes de boda, que hace tres meses me dejó y que yo aún no podía aceptarlo.
No me juzgó. Solo escuchaba. Habló conmigo con calma. Me dijo que no merecía tener que suplicar por amor. Que era normal sentirse destrozado ese día pero que no debía quedarme allí para siempre. No tenía tono de conquista era la voz de alguien que de verdad quería ayudar a un desconocido sentado llorando fuera de un hospital.
Empezamos a conversar poco a poco luego nos intercambiamos mensajes. Le confesé que no quería quedarme mucho tiempo más en ese país, que quería irme pronto. Me preguntó cuándo era mi vuelo de regreso. Le dije la verdad no había comprado billete, porque vine con la esperanza de reconciliarme. Entonces me propuso:
Quédate unos días más. Sal conmigo y con mis amigos. Al menos no te encierres solo en el hotel a llorar.
Acepté. Salimos a comer, paseamos por la ciudad, me presentó a sus amigos del hospital. Yo seguía con el corazón roto. Entre nosotros no pasó nada. Ni besos, ni tonteos. Solo largas conversaciones y tímidas sonrisas que por unos instantes disipaban el dolor.
Una semana después volví a mi país. Pensé que todo acabaría ahí. Pero seguimos hablando. Todos los días. Seis meses. Mensajes largos, llamadas nocturnas, audios historias sencillas del día a día. Y, sin darme cuenta nos fuimos acercando cada vez más.
Un día, sin avisar, apareció en mi ciudad. Me escribió:
Estoy aquí. Tengo que verte.
Me esperaba en el aeropuerto. Fui y al verle con la maleta, no comprendía nada. Me abrazó y me dijo directamente:
Estoy enamorado de ti. No quiero seguir hablando solo por la pantalla. He venido para mirarte a los ojos y saber si tú sientes lo mismo.
Lloré. Pero no de tristeza. De miedo, de emoción, de sorpresa de todo a la vez. Le dije que sí que también me había enamorado sin darme cuenta. Y, desde aquel día, empezó oficialmente nuestra relación.
Hoy se cumplen tres años desde que estamos juntos. Estamos prometidos. Nos casamos en agosto. Ya entregamos las invitaciones. A veces pienso que si no hubiera viajado a otro país para buscar a quien me rechazó jamás hubiera conocido al hombre que hoy es mi marido.
Y aunque todo empezó con un llanto desconsolado en un banco frente a un hospital terminó siendo la historia de amor más inesperada de mi vida.







