Los platos con la cena fría seguían quietos sobre la mesa, como si fuesen parte del mobiliario. Laura los miraba, pero no los veía; veía, en cambio, los números rojos del reloj, que parecían reptar por la esfera, burlándose de ella. 22:47.
Javier había prometido llegar a las nueve. Como siempre…
El móvil permanecía en silencio.
Laura ya no sentía rabia.
Todo lo vivo que quedaba dentro de sí se había consumido hasta la ceniza, dejando solo un cansancio gélido.
Pasada la media noche, la cerradura sonó con un crujido, como si algún duende forzara la puerta de la realidad.
Laura ni siquiera giró la cabeza. Estaba sentada en el sofá, arropada en una manta de cuadros, mirando fija a un punto inexistente.
Hola, cariño. Perdóname, se me ha complicado el trabajo en la voz cansada de Javier se notaba ese falso entusiasmo tintineando, el mismo que usaba siempre que mentía.
Se acercó para besarle la mejilla, pero Laura se apartó apenas, como llevada por el viento. Tan leve que él lo notó.
¿Te pasa algo? preguntó, mientras se quitaba la bufanda como si desenredara una serpiente.
¿Te acuerdas de qué día es hoy? la voz de Laura era casi un susurro, atravesada por el vacío.
Por un segundo, Javier se paralizó, pescando la memoria.
Miércoles… ¿Y qué?
Hoy es el cumpleaños de mi madre. Íbamos a ir a verla con la tarta. Me lo prometiste.
El semblante de Javier se transformó en un instante. La sonrisa se disolvió, dando paso a un gesto de culpa y urgencia, como si se hundiera en una piscina de cristal.
Madre mía, Laurita, se me ha pasado por completo. Perdóname, de verdad, el trabajo es que… un caos. Mañana la llamo, lo juro.
Fue a la cocina, refugiándose entre el murmullo metálico de cubiertos y el goteo del frigorífico. Siempre hacía igual: buscaba refugio tras las tazas y los vasos, como si allí los interrogantes se diluyeran.
Pero hoy, Laura no tenía compasión para regalarle. Se levantó, atravesó el pasillo y se paró en el umbral de la cocina.
Javier, ¿y con quién has trabajado duro hasta las once de la noche hoy?
Él se giró. La mano que sostenía el brick de leche tembló.
Con el equipo, el nuevo proyecto, ya sabes… Los plazos se nos echan encima. Tú sabes cómo va esto.
Sí, lo sé asintió Laura, como si bajara una persiana antigua. Y también sé que a las tres de la tarde llamaste y dijiste: Elena, lo entiendo, pero tengo que arreglarlo.
Elena. Su exmujer. Ese espectro que habitó con ellos tres años, trayendo un frío húmedo de reproches no dichos.
Javier palideció.
¿Has estado escuchando?
No hace falta espiar. En el baño hablabas tan fuerte que todo el bloque lo habría oído.
Él dejó la leche sobre la encimera y se dejó caer en una silla, derrotado.
No es lo que piensas.
¿Y qué se supone que debo pensar? En la voz de Laura, por fin, se coló una chispa, un relámpago de algo. ¿Que llevas medio año inquieto, desapareciendo por las noches, mirándome como si miraras a través de mí? ¿Otra vez quieres volver con ella? Dímelo de una vez, que aguanto.
Javier contemplaba sus propias manos, aquellas manos hábiles que podían armar cualquier motor, pero que nunca aprendieron a sostener la dicha.
No voy a volver con ella contestó él, en voz quedísima.
¿Entonces qué? ¿Estás acostándote con ella?
¡No! Sus ojos tenían tal desesperación y verdad que Laura dudó un segundo de su propio juicio. Laurita, te lo juro, eso no…
¿Entonces qué? ¿Qué arreglas tú allí? casi gritó. ¿Le pagas las deudas? ¿Le resuelves los líos? ¿Vives su vida en vez de la nuestra?
Silencio.
Y entonces, Laura dejó escapar todas esas palabras que hacía tiempo respiraban vapor en sus pulmones.
Vete, Javier. Vuelve con ella, si tanto la necesitas. O con quien sea. Arregla lo que te dé la gana. Sólo déjame en paz. No puedo más. No quiero más.
Intentó marcharse, pero Javier se levantó de golpe, bloqueándole el paso.
¡Pero si no tengo a nadie! Ni a Elena, ni a otra… ¡No sé qué me ocurre! Sólo quiero arreglar algo… ¡lo que sea!
Se apartó, tragando saliva, como si el aire fuera hormigón.
No hables en acertijos consiguió murmurar Laura.
¿Quieres saber qué arreglo? ¡A mí mismo! ¡Intento arreglarme a mí! Y no lo consigo, Laura. No lo consigo… Tú no eres ella. Eres más paciente, más buena. Creíste en mí cuando ni yo me soportaba. Contigo debió funcionar. Y yo debí ser mejor. Pero fallo: olvido cumpleaños, me pierdo en el trabajo aunque sé que me esperas, no hablo. Miro tus ojos, Laura, y veo cómo se va apagando tu luz. Como ocurrió con ella.
Laura escuchaba.
No quiero estar con otra murmuró Javier, como un niño. Me da miedo volver a arruinarlo todo. Provocar lágrimas, desesperación, odio… No sé cómo ser marido. No sé vivir al lado de nadie. Lo rompo todo. No vivo, camino en la cuerda floja todo el rato. Y tú… tú también vas agonizando conmigo.
La mirada de Javier era un pozo sin fondo, sin máscaras:
No eres tú, ni Elena, Laura. El problema soy yo…
Laura lo comprendió cristalino: él no la había traicionado con otra mujer, sino con su miedo. No era malo. Solo era un hombre perdido; no sabía vivir.
¿Y ahora, Javier? dijo sin reproches. ¿Ahora que lo sabes, qué?
No lo sé confesó, exhausto.
Pues aclárate tú solo le brotó a Laura. Ve al psicólogo, lee libros, estrellate contra una pared… haz lo que sea, pero no sigas dando vueltas buscando un botón mágico que borre tus errores. Ese botón no existe. Solo queda el trabajo. Contigo mismo. Hazlo. Solo.
Sin mí.
Laura cruzó el pasillo, recogió su abrigo y lo dejó atrás.
***
La puerta se cerró. Javier quedó solo, oyendo solo el repiqueteo de la lluvia contra las persianas. Fue hasta la ventana: vio el perfil de Laura fundirse con la noche mojada y sintió un peso aplastante, una densidad extraña.
Su vacío ya no era fantasma; era real, presente en aquel piso desierto, en la cena fría, en sus propias manos, incapaces de agarrar nada.
En vez de salir tras Laura, sacó una botella de brandy y se sentó, viendo cómo la noche devoraba el barrio de Chamberí.







