Verónica caminaba deprisa hacia casa, cargando unas bolsas llenas de la compra. Tenía la mente llena de tareas pendientes: debía preparar la cena, dar de cenar a los chicos y repasar los deberes con el pequeño.
Desde la esquina ya divisó la ambulancia aparcada delante de su portal. Se le encogió el corazón y apresuró aún más el pasosu marido, Luis, estaba delicado, y temió que hubiera pasado algo grave que requiriese asistencia urgente.
¿Van al piso quince? preguntó con la voz temblorosa al conductor de la ambulancia.
No, vamos al catorce respondió el conductor. Es una señora mayor, le ha dado un mareo…
Verónica pudo respirar, no era a su familia a quien venían a atender. Debía de ser para la vecina, doña Carmen Alonso, que ya tenía casi ochenta años y vivía sola.
Pobre, y además tiene a su gata Misi, pensó Verónica mientras subía con sus bolsas, Si se la llevan al hospital, alguien tendrá que cuidar de la gata. La comida está en la cocina, la bandeja de arena ya está… habrá que cambiarla cada día.
El rellano del piso de doña Carmen bullía de actividad. La puerta estaba de par en par, un sanitario salía con la camilla, y Luis, el marido de Verónica, ayudaba a sujetar a la anciana.
Enseguida sube el conductor, entre todos la llevamos mejor explicaba el sanitario.
Carmen Alonso, al ver a Verónica, se animó:
Verónica, que me llevan a urgencias… Te dejo las llaves de la casa para que cuides de Misi, ¿de acuerdo? El pienso está en la cocina, y la bandeja de la arena ya está, cambia sólo una vez al día, no te dé reparo. Espero estar de vuelta antes de Reyes.
La anciana puso las llaves en las manos de Verónica.
Por supuesto que cuidaré de Misi, usted ocúpese de recuperarse cuanto antes aseguró Verónica, cubriendo con cariño las manos de la vecina.
Quédese tumbada, no se mueva regañó el sanitario. Venga, todos, vamos.
Un momento pidió Carmen Alonso. Verónica, te tengo que pedir una cosa más. En la mesita del recibidor hay un papel con un número de teléfono. Si me pasa algo, llama a ese número. Es el de mi hija, Lucía. Hace años que no nos hablamos por una disputa tonta
Verónica le prometió que todo iría bien. Cuando por fin se marcharon con la vecina, recogió el papel con el número de teléfono, comprobó que Misi estuviera tranquila, y cerró la puerta.
Te puedes creer que tantos años viviendo en este bloque y no sabía que doña Carmen tenía una hija le comentó a Luis cuando él regresó.
Yo tampoco, nunca la he visto por aquí contestó él. ¿Hoy cenamos?
Verónica suspiró y se zambulló en las tareas del hogar. Cuando acabó el día y los chicos dormían, recordó el número de la hija de Carmen y, con el papel en la mano, se quedó pensativa.
Miró el reloj. Ya era muy tarde para llamar y no la dejarían entrar ya en el hospital, aunque localizara a esa Lucía. Al día siguiente, al pasar a ver a Misi, la gata se abalanzó sobre su regazo y ronroneó agradecida. Verónica dudó: ¿llamaba o no llamaba a Lucía?
Finalmente, marcó el número y, cuando respondieron, dijo:
Hola, ¿Lucía? No nos conocemos. Soy la vecina de su madre. Ayer tuvo que venir la ambulancia y la ingresaron. Quizá podría ir a verla
Mire, a mí esa señora no me importa nada respondió Lucía, fría. Hace años que no es mi madre.
¡Pero bueno! se indignó Verónica. ¡Sea lo que sea lo que ha pasado entre vosotras! Puede que doña Carmen no vuelva jamás a casa… ¿De verdad se va a quedar sin despedirse?
Eso no le incumbe, señora cortó Lucía.
No tiene usted corazón. Créame, si yo pudiera ver a mi madre aunque sólo fuera un minuto, daría media vida. Cuando falte, entenderá muchas cosas. A la mía la cuidé seis años, y aunque hubo momentos duros, ahora, tras casi diez años sin ella, daría lo que fuera por tenerla de vuelta aunque sólo fuera postrada en cama.
Verónica colgó, disgustada.
Bueno, Misi le dijo a la gata. Si tu dueña no mejora, vendrás a casa con nosotros. Espero que te lleves bien con nuestro Rufo. Llamé al hospital y Carmen Alonso sigue igual que el primer día
Se acercaba la Nochevieja. Verónica y Luis volvían cargados con compras y una ramita de abeto para el salón.
¡Aguanten la puerta, por favor! gritó Verónica al ver que dos mujeres entraban en el portal. Llamó a Luis ¡Vamos, rápido!
Su marido se apresuró con el árbol y, de repente, Verónica se fijó en las dos mujeres y se quedó boquiabierta.
¡Dios mío, es usted! exclamó. ¿La han dado el alta, doña Carmen?
¡Sí, me he recuperado y he suplicado que me dejen pasar las fiestas en casa! Y, mira, te presento a Lucía, mi hija dijo Carmen, sonriente y feliz.
Nos conocemos de oídas rió Lucía.
Subieron todos juntos. Lucía acompañaba a su madre, pendiente de cada paso, y en un momento murmuró a Verónica:
Gracias. Fue su llamada la que me hizo reflexionar. ¿Puedo pasar luego por su casa?
Por supuesto respondió Verónica sorprendida.
Al poco, Lucía apareció en casa de Verónica y Luis con un roscón. Merendaron y Lucía abrió su corazón:
Hace diez años que me peleé con mi madre por una tontería. Ni siquiera recuerdo el motivo. Ella siempre ha sido profesora, y a veces sigue con sus lecciones… Aquella vez, quizá me cansé y salté. No nos hablamos durante un año; las dos muy orgullosas. Después, sólo nos felicitábamos en fechas señaladas, y aun así, por teléfono. Recuerdo que le dije que prefería que desapareciera a que siguiese corrigiéndome…
El otro día, cuando usted me llamó y me habló de su madre, sentí miedo. Me di cuenta de que, si mi madre se iba, mi infancia también lo haría, y que no tendría a quien llamar madre. Me vi sola en el mundo.
Estuve dos días dándole vueltas a sus palabras, hasta que vencí el orgullo y fui al hospital. No se imagina lo bien que le sentó mi visita. No volveré a dejarla sola.
Lucía se despidió, agradecida, y corrió junto a su madre.
¿Qué le dirías a la chica? preguntó Luis, intrigado, cuando Lucía se fue.
Sólo la verdad suspiró Verónica. Y la verdad, aunque duela, nos ayuda a abrir los ojos. Anda, cariño, llama hoy a tu madre. O mejor aún, ¿celebramos las uvas con ella? Al fin y al cabo, ya sólo nos queda una madre para los dos…
Al final, la vida enseña que nada merece más la pena que reconciliarse con quienes queremos, antes de que sea tarde.







