Ver con mis propios ojos Tras una terrible tragedia, la pérdida de su marido y su hija de seis años en un accidente, Xenia tardó mucho en recuperarse. Pasó casi medio año ingresada en una clínica, no quería ver a nadie; su madre, siempre a su lado, le hablaba con paciencia. Un día le dijo: – Xeni, el negocio de tu marido puede venirse abajo cualquier día, Egor apenas puede con todo. Ha llamado y me ha pedido que te lo diga. Menos mal que Egor es un hombre cabal, pero… Aquellas palabras sacudieron un poco a Xenia. – Sí, mamá, tengo que ocuparme; seguro que a Denis le gustaría que siguiese con lo suyo. Menos mal que algo entiendo, él ya me llevaba al despacho… Xenia volvió al trabajo y salvó el tambaleante negocio familiar. Pero mientras el trabajo prosperaba, la ausencia de su hija la consumía. – Hija, quiero aconsejarte que adoptes a una niña del orfanato, pero una que esté incluso peor que tú. Le darás una vida mejor, y esto, con el tiempo, será tu salvación. Tras mucho meditar, Xenia comprendió que su madre tenía razón. Pronto, ya estaba en el orfanato, aunque sabía que nadie podría reemplazar a su hija de sangre. Arisha nació casi ciega. Sus padres, ambos universitarios de familias cultas, se asustaron al ver el diagnóstico y la abandonaron nada más nacer. La cobardía y la vileza no entienden de clases… Así acabó en la casa cuna y allí la llamaron Arina. Creció reconociendo sólo sombras. Aprendió a leer, adoraba los cuentos y soñaba que algún día vendría su hada madrina. Cuando Arina tenía casi siete años, llegó su hada: bella, elegante, rica y profundamente infeliz. No podía verla bien, pero Arina intuyó que era buena. Cuando Xenia fue al orfanato, la directora se sorprendió de que quisiera a una niña con discapacidad, pero Xenia no quiso dar explicaciones y se limitó a decir que tenía recursos y voluntad para ayudar a una niña discapacitada. La educadora llevó a Arina de la mano. Xenia, al verla, supo de inmediato que aquella niña era la suya. Parecía un ángel, con rizos dorados y grandes ojos azules, puros y profundos aunque ciegos. – ¿Quién es? –preguntó Xenia sin apartar la mirada. – Nuestra Arina, una niña dulce y adorable –dijo la cuidadora. – Arina es mía, sin duda –decidió Xenia. Xenia y Arina se adoraban y se necesitaban mutuamente. Con la llegada de Arina, la vida de Xenia cambió y cobró otro sentido. Consultó con médicos y le dieron esperanzas: si operaban a la niña, quizá recuperaría algo de vista, aunque tendría que llevar gafas. Xenia se aferró a esa esperanza y antes de que Arina empezara el colegio, le hicieron la operación, pero la mejoría fue escasa. Había otra oportunidad, pero debían esperar a que creciera. Pasó el tiempo. Xenia no apartaba la atención de su hija. Los negocios prosperaban, Xenia era una mujer rica y atractiva, pero no se fijaba en los hombres. Su vida era Arina. Arina creció y se convirtió en una belleza casi irreal. Se licenció en la universidad y, lejos de estar consentida, era agradecida y ya trabajaba en la empresa materna. Xenia vigilaba muy de cerca su entorno: temía que algún oportunista quisiera aprovecharse de su inocencia y de su considerable dote. En cuanto intuía algo raro, dejaba claro que por ahí no. Y entonces, Arina se enamoró. Xenia conoció a Antón; no vio nada preocupante y aceptó la relación. Al poco tiempo, Antón pidió la mano de Arina. Preparaban la boda y, seis meses después de casarse, tendría lugar la última operación para intentar devolverle la vista a Arina. Antón era cariñoso, atento y afectuoso. En ocasiones, Xenia sentía que había algo forzado en él, pero apartaba esos pensamientos. Un día, la pareja fue a un restaurante a las afueras de Madrid, donde celebrarían la boda y cerrarían la decoración del salón. El local estaba tranquilo a mediodía. Al sentarse, Antón dejó el móvil sobre la mesa, pero sonó la alarma del coche y salió a ver qué pasaba. Arina quedó sola. El teléfono de Antón empezó a sonar insistentemente. Aunque dudó, terminó respondiendo. Al hacerlo, oyó la potente voz de la madre de Antón, Inés Serrano, su futura suegra: – Hijo, ya sé cómo librarnos rápido de la ciega de Arina. Mi amiga de la agencia tiene dos viajes guardados; después de la boda, llévala contigo a la sierra, dile que quieres ver las montañas. Cuando vayáis solos, haz que tu mujercita tropiece y se caiga. Luego vuelve tú solo y ve a la policía: que tu esposa ha desaparecido, que discutisteis… Llora, hazte el destrozado y pide que la busquen. Cuando la encuentren, pensarán que se cayó. Allí nadie investigará a fondo… Sé que sabrás hacer el papel de viudo apenado. Así incluso su madre te creerá. Si le hacen la operación, todo se complica y será más difícil deshacernos de ella. No dejes escapar ese dinero, hijo. Bueno, te cuelgo. Inés Serrano colgó. Arina tiró el móvil, como si le quemara las manos. – Así que quieren matarme, la madre de Antón… y puede que él también –pensaba, aterrada. Minutos antes era una novia feliz y ahora… no podía creer que aquellos en quienes había confiado tramaran semejante traición. Sabía que Antón no había escuchado la conversación; estaba temblando, intentando controlarse. En ese momento, Antón regresó: – No sé por qué se activó la alarma; quizás fue un gato, pero no hay marcas… –El teléfono volvió a sonar, él lo cogió–. Sí, sí, Román. Vale, ahora voy… –Colgando, añadió–: Vaya, tengo que ir a la oficina urgentemente. – Ve, yo esperaré a mamá, hablaremos juntas –dijo Arina en voz baja. – De acuerdo, me voy entonces… Ella se quedó sola, llorando. La administradora, conocida suya, se acercó. – Arina, ¿estás bien? ¿Y Antón, no iban a…? – Sí, Katia, ahora vendrá mamá; un pequeño contratiempo, yo la espero aquí. Han llamado a Antón del trabajo urgentemente. – Te traigo un té, estás alterada –ofreció, y Arina asintió. Xenia sabía que Arina y Antón habían ido al restaurante y se sorprendió al recibir la llamada de su hija. – ¿Qué habrá pasado? Mi Arina no está bien –pensó al arrancar el coche. En veinte minutos llegó y se sentó junto a su hija. – Arina, estaba preocupadísima. – Mamá, quieren matarme. – ¿Quién? –preguntó Xenia, sorprendida. – Antón e Inés Serrano. Lo he oído; ella le llamó mientras él salió por la alarma del coche. Le dijo que comprara un viaje a la sierra y allí me matara. También que se diera prisa, para que no pudierais operarme. – Hija, ¿estás segura? ¿Estás bien? – Mamá, de verdad, lo escuché; Inés Serrano ni se dio cuenta de que hablaba yo y no Antón. Colgué rápido. Ella no sospecha nada. Antón ha salido corriendo al trabajo. Xenia estaba en shock. ¿Cómo pudieron equivocarse tanto con Antón? ¿Qué hacer? Mientras debatían, Antón llamó al móvil de Arina: – ¿Entonces, Arina, ha llegado tu madre? ¿Habéis decidido la decoración? Xenia cogió el teléfono de su hija: – Antón, hola, querido. Menos mal que nos hemos enterado a tiempo de tus planes con tu madre. Escúchame atentamente… lo de las vacaciones y la sierra… – ¿Qué planes? ¿Qué vacaciones? –Antón, o de verdad no entendía, o fingía estupendamente. – Las vacaciones en la sierra donde Arina iba a… “accidentalmente” morir. Antón comprendió que su madre había metido la pata y que Arina contestó la llamada por error. Su madre le había escrito también, apresurándolo. – Morir… ¿por qué? ¿A qué viene eso? –dijo, ya muy nervioso. – Para quedarte como viudo rico y asegurado. Pero te llevarás un chasco: nada de eso vas a lograr. Sabes de sobra que si ese mensaje llega a la policía pueden recuperar lo borrado. ¿Lo entiendes? Antón dudó antes de responder: – Lo entiendo, pero fue mi madre, no yo… – Ya veo, además cobarde. Adiós, Antón. Al día siguiente, Antón desapareció de Madrid echando la culpa a su madre, diciendo que le había tendido una trampa, se llevó su dinero y huyó. Temía que Xenia y Arina fuesen a la policía. Inés Serrano también se marchó, refugiándose en otra ciudad. Un impacto al verlo con sus propios ojos En la clínica oftalmológica le hicieron la operación a Arina. Xenia estuvo siempre con ella hasta que le quitaron el vendaje. Era el joven doctor, don Dimitri Iglesias, quien la atendía con esmero; la operación la realizó un cirujano reputado y Arina quedó bajo vigilancia médica. El doctor Iglesias se ruborizaba y era evidente que Arina le gustaba mucho. Xenia observaba con celo, pero el doctor era atento y, sí, romántico. Cuando por fin le retiraron el vendaje, don Dimitri apareció con un gran ramo de rosas. Arina quedó boquiabierta al verlo todo por primera vez, podía distinguir el hermoso ramo y al joven alto y rubio de ojos grises. – ¡Qué feliz soy, lo veo todo! –lloró de alegría, y Dimitri la reconfortó. Por fin veía con sus propios ojos, aunque debía llevar siempre gafas. Pero eso ya no importaba. Pasó el tiempo, la boda de Dimitri y Arina fue preciosa. Al año tuvieron una niña preciosa con los ojos grises de su padre. Arina era feliz, tenía un marido cariñoso y de fiar, que nunca dejaría que nada malo le sucediese. Gracias por leer, por suscribirte y por tu apoyo. ¡Mucha suerte en la vida!

Life Lessons

Ver con sus propios ojos

Tras una tragedia devastadora, la pérdida de su marido y su hija de seis años en un accidente, Lucía no consigue reponerse. Pasa casi medio año ingresada en una clínica, rehusando recibir visitas, siempre acompañada por su madre, Carmen, que la ayuda a sobrevivir a base de paciencia y conversación. Un día, su madre le dice:

Lucía, el negocio de tu marido está a punto de hundirse, apenas sobrevive y Alfonso apenas llega a todo. Me ha llamado y me ha pedido que te lo transmita. Menos mal que Alfonso es un hombre serio, pero

Las palabras de Carmen despiertan a Lucía de su letargo.

Sí, mamá. Tengo que ocuparme de algo Estoy segura de que a mi Tomás le habría hecho ilusión que yo continuara con lo que él comenzó. Menos mal que me enseñó el oficio y me llevó con él a la oficina responde Lucía.

Lucía retoma el trabajo y rescata el tambaleante negocio familiar. Sin embargo, aunque en los negocios todo va volviendo a su sitio, Lucía echa de menos cada día a su hija perdida.

Hija, quiero darte un consejo: podrías acoger a una niña de un orfanato, a alguna que esté incluso peor que tú ahora. Le cambiarías la vida, y quizá así encuentres tu propia salvación le dice Carmen.

Lucía medita largamente las palabras de su madre. Comprende que tiene razón. Así que pronto se presenta en un orfanato, consciente de que ninguna niña podrá remplazar realmente a su hija.

Clara nació casi ciega. Sus padres la abandonaron al conocer el diagnóstico, pese a venir ambos de familias acomodadas y con estudios superiores. El miedo y la cobardía no distinguen de clases.

Acogida en la casa cuna, la bautizan como Clara. Crece apenas vislumbrando sombras. En el orfanato aprende a leer en braille, adora los cuentos y sueña con que algún día vendrá una hada buena para ella.

Cuando Clara está a punto de cumplir siete años, aparece la «hada»: guapa, elegante, rica y profundamente desdichada. Aunque Clara no puede verla, enseguida intuye su bondad. La directora se muestra sorprendida de que Lucía quiera adoptar a una niña con esa discapacidad. Lucía, sin querer dar muchas explicaciones, simplemente dice que tiene medios y mucho deseo de ayudar a una niña como Clara.

La cuidadora lleva de la mano a Clara. Al verla, Lucía comprende de inmediato: aquella niña es suya. Es un ángel de rizos dorados y enormes ojos azules que, aunque ciegos, son transparentes y profundos.

¿Quién es? pregunta Lucía sin apartar la vista de la niña.

Nuestra Clara, una maravilla de criatura: dulce y cariñosa responde la cuidadora.

Clara es para mí, estoy segura afirma Lucía en ese instante.

Lucía y Clara se vuelven indispensables la una para la otra. La vida de Lucía da un vuelco con la llegada de la niña; todo tiene ahora un nuevo sentido. Consulta a los médicos, que la tranquilizan: con una operación, quizás Clara recupere la vista, aunque tendrá que llevar gafas.

Lucía se aferra a esa esperanza. Antes de que Clara empiece el colegio, la operan. Ella apenas mejora, pero hay aún esperanza si esperan a que crezca. Pasan los años. Lucía, totalmente volcada en su hija, no presta atención a ningún hombre. Todo el amor y la vida giran alrededor de Clara.

Clara se convierte en una joven bellísima, casi de otro mundo. Se gradúa en la universidad y trabaja ya en la empresa de su madre. No es caprichosa, sabe ser agradecida y Lucía protege con celo a su hija: teme que algún oportunista se acerque por interés. Y dote no le falta; si alguien lo intenta, Lucía deja bien claro que con su hija no se hacen negocios.

Y entonces llega el amor para Clara. Lucía conoce a Alejandro y, después de tratarle, no le encuentra motivo de desconfianza. Poco después, Alejandro le pide matrimonio. Los preparativos están en marcha y, medio año después de la boda, Clara debe someterse a la última operación que podría devolverle la vista.

Alejandro resulta cariñoso y atento, aunque a veces Lucía percibe algo artificioso en él, pero lo descarta. Clara y él van a un restaurante de las afueras para decidir la decoración del salón de bodas. En el comedor apenas hay gente a esa hora.

Se sientan y Alejandro deja el móvil sobre la mesa. De repente, salta la alarma de su coche y sale para comprobar. Clara se queda sola. El teléfono de Alejandro suena, insistentemente. Al principio no quiere contestar, pero el timbre no cesa. Contesta y, sin tiempo de decir nada, escucha la voz fuerte de su futura suegra, Inés.

Hijo, ya sé cómo podemos librarnos pronto de la cieguita de Clara. Mi amiga de la agencia de viajes tiene dos billetes reservados. Tras la boda, os vais a la sierra, le dices que te apetece ver montañas. Vais solos, y procuras que sin querer tu mujercita tropiece y se caiga mal. Después, te vas. Dices en la policía que tu mujer ha desaparecido, lloras, pides que la busquen. Cuando la encuentren, creerán que fue un accidente. Nadie se molestará en investigar mucho Sé que puedes fingir ser un viudo destrozado. Hasta la madre de ella te creerá. Porque si le hacen la operación y todo se arregla, será más difícil deshacerte de ella. Ese dinero no lo pierdas, hijo. Bueno, te cuelgo.

Inés cuelga. Clara suelta el móvil como si le quemase en las manos.

Así que su madre quiere matarme. Y Alejandro seguro que está de acuerdo piensa Clara, aterrada.

Hace apenas un momento era la novia más feliz, ultimando los detalles de la boda. Ahora, el mundo se derrumba: las personas en quienes confiaban, ella y su madre, han planeado algo terrible. Clara entiende que Alejandro no ha oído la conversación. Tiembla, obligándose a controlar los nervios. Justo entonces, Alejandro vuelve al comedor.

No entiendo por qué ha sonado la alarma; igual era un gato, pero en el coche no hay señales comenta divertido. En ese momento, suena el teléfono de nuevo. Sí, claro, ahora voy, Paco Cuelga y dirigiéndose a Clara, dice: Tengo que ir a la oficina, es urgente.

Ve, no pasa nada Me quedaré esperando a mamá y así comentamos todo juntas contesta Clara con voz apenas audible.

Bueno, me voy rápido a ver qué les pasa

Clara se queda sola y rompe a llorar. Mira a lo lejos cómo se aleja Alejandro y decide llamar a Lucía.

Mamá, ven al restaurante, por favor, es urgente intenta sonar tranquila, pero el llanto se le escapa.

Hija, ¿qué pasa? Te noto fatal… Llego enseguida, espérame.

Sentada a solas, llorando, la administradora del local, Paula, que la conoce, se acerca preocupada:

¿Clara, qué ocurre? ¿Y Alejandro? ¿Queríais?

Nada, Paula. Ahora viene mi madre. Un pequeño malentendido Alejandro ha tenido que salir corriendo al trabajo.

Te traigo un té, pareces descompuesta ofrece la administradora y Clara asiente.

Lucía, que sabía que su hija iba al restaurante con Alejandro, se sorprende mucho al recibir la llamada.

¿Qué habrá pasado? Clara no es ella misma piensa mientras conduce.

Llega veinte minutos después y se sienta con su hija.

Clara, me he preocupado mucho en el camino.

Mamá el llanto la ahoga. Quieren matarme.

¿Quién? pregunta incrédula Lucía.

Alejandro y su madre, Inés. Lo he oído yo misma. Alejandro dejó el móvil en la mesa y al sonar, contesté. Era ella explicando cómo hacer que yo muriera en la sierra, como si fuera un accidente

Hija, ¿estás segura? ¿Has entendido bien?

Mamá, lo he escuchado con mis propios oídos. Inés ni se imaginaba que era yo quien atendía la llamada. Colgué enseguida. Ella no sabe que lo sé. A Alejandro lo llamaron de la oficina, se fue corriendo.

Lucía se siente desconcertada. ¿Cómo han podido equivocarse tanto con ese chico? ¿Qué hacer? Mientras lo piensan, Alejandro llama al móvil de Clara.

¿Ya llegó tu madre? ¿Habéis decidido cómo decorar el salón?

Lucía toma el teléfono de su hija.

Alejandro, hola. Menos mal que lo hemos descubierto a tiempo. Así que escucha bien Ya sabemos tus planes y los de tu madre. Los billetes, la sierra

¿De qué hablas? ¿Qué billetes? pregunta Alejandro, fingiendo, o quizás realmente perdido.

De los billetes a la sierra donde Clara iba a morir, supuestamente por accidente.

Alejandro pronto entiende que su madre fue demasiado explícita, y adivina que fue Clara quien contestó la llamada. Su madre, para rematar, le ha mandado un mensaje de texto insistiendo en sus instrucciones.

¿Morir? ¿Por qué íbamos a ir a la sierra? responde Alejandro, nervioso y forzado.

Para que quedaras como un viudo millonario, pero te equivocas: no conseguirás nada de nosotras. Tú verás lo que haces, pero como este teléfono acaba en la policía allí pueden recuperar cualquier grabación. Lo sabes perfectamente.

Alejandro tarda en responder.

Lo sé pero fue cosa de mi madre, no mía

Eres un cobarde, escondiéndote detrás de tu madre. Adiós, Alejandro.

Al día siguiente, Alejandro desaparece de Madrid. Culpa a su madre de haberle metido en aquel lío, le quita el dinero y huye, temiendo que Lucía y Clara vayan a la policía. Inés, por su parte, se refugia en casa de una amiga en otra ciudad.

ver con sus propios ojos

En la clínica oftalmológica, a Clara le hacen la operación definitiva. Lucía la acompaña; todavía lleva el vendaje. Pasean juntas por el jardín. El doctor Javier Díaz, un médico joven y atento y quien ha realizado la operación, con una amabilidad especial hacia Clara, la cuida y la anima en la recuperación.

A Javier se le nota incómodo a veces en presencia de Clara; Lucía observa esa timidez y se da cuenta de que se ha enamorado. Cuando por fin le retiran el vendaje, Javier aparece con un gran ramo de rosas. Clara se conmueve al ver, por primera vez, con claridad: unas flores preciosas y, ante ella, un hombre alto, rubio y de ojos grises.

¡Qué feliz soy! ¡Lo veo todo! llora Clara de emoción, y Javier se apresura a consolarla.

Ya puede ver, aunque necesitará llevar gafas siempre. Pero eso no importa ya.

Pasa el tiempo y la boda de Clara y Javier es preciosa. Un año después, llega a la familia una niña de grandes ojos grises, como los del padre. Clara es muy feliz: tiene un marido cariñoso y fiable que la cuida y jamás la traicionará.

Gracias por leer, suscribirse y por vuestro apoyo. ¡Mucha suerte en la vida!

Rate article
Add a comment

eleven − six =