DIARIO PERSONAL
Hoy vuelvo a pensar en los vecinos nuevos que se instalaron hace poco en el piso 222, del portal número 8 de la calle de Lope de Vega. Una pareja casada de unos cincuenta y pocos años, bajitos y delgados los dos. Él siempre lleva barba y una gabardina gris que le da cierto aire bohemio. Ella suele vestir faldas largas y un boina de colores que me recuerda a los domingos de Rastro. Son amables, sonrientes en el ascensor, y hasta sujetan la puerta si vas cargada de bolsas del mercado.
Y lo mejor, con lo mal que aíslan los pisos de hoy, ¡son silenciosos! O eso creímos las primeras dos semanas. Luego, tanto los Muñoz del 221 como nosotros, los Fernández del 223, empezamos a oírles cada vez más claro. Y, claro, eso dio para muchas conversaciones en la cena.
En casa de los Muñoz, que ya llevan media vida juntos y compartiendo apellido, la cosa fue así:
¿Has visto a los nuevos vecinos? preguntó Teresa.
Sí, ayer subimos juntos en el ascensor contestó su marido, Jaime.
¿Qué te han parecido?
Normales, muy amables. ¿Por qué?
Resulta que son bastante apasionados.
¿Eh? ¿Cómo así?
Cuando os vais todos y se queda el edificio en silencio, se oye todo. Llevan ya tres días con sus “juegos”. Ya sabes… adultos.
¡Venga ya!
Sí, y además se ve que les va la marcha. Mejor que en las películas… Pero, vaya, que a veces distrae y no se puede trabajar.
Ay, que no seas carca, mujer. ¡Que ya tienen una edad y aún están con ganas!
Él pensó para sus adentros no como nosotros, pero por supuesto no lo dijo.
En fin, el sábado Jaime se resignó en persona a escuchar la versión “jardinería clásica” a través de la pared. Entre sonrojo y sonrojo, se sintieron de pronto un poco cohibidos.
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Por nuestro lado, los Fernández, los más jovencitos del descansillo, las charlas eran más divertidas. Llevamos casi cinco años casados y estamos esperando nuestro primer hijo.
Mario, ¿has visto a los vecinos nuevos?
Sí, me crucé ayer con él bajando la basura. ¿Qué pasa?
Son de lo más curioso. Ella le cocina cada día platos de esos que huelen desde el descansillo, una maravilla. Y él le trae regalos, cada día. ¡No pasa un solo día sin un capricho!
¿Cómo lo sabes?
Salgo a pasear y cada vez que paso por su puerta me muero del hambre. Y le he visto regresando a casa con flores y paquetitos más de una vez. Y entra como si fuera a una cita.
Hmmm.
¿Y si en realidad ni están casados? ¿Serán amantes?
No sé… Viven juntos, eso es seguro.
Y en la cocina siempre los oigo enredando entre risas y cuchicheos. Muy de tortolitos, te lo juro.
Ya veo… Bueno, voy a ver el telediario.
El viernes sorprendí al vecino en el ascensor con flores y un Rioja bajo el brazo. Tenía pinta de esperar una noche muy especial.
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El tiempo pasó. Ya hace un mes que estos vecinos tan peculiares viven en el 222.
En el 221 parece que ya se han resignado a sus bandas sonoras. Ni pintado para quienes buscan chispa en pareja. Y cada día traen algo nuevo, entre suspiros y el crujir del somier. Viven como si cada día fuera el último, disfrutando el uno del otro a tope.
Una noche, Violeta Muñoz, toda colorada, le dijo a su marido:
Me he pasado hoy por El Corte Inglés y acabé en la sección de lencería. Mira lo que he comprado y abrió el albornoz.
A Jaime se le iluminaron los ojos y se mordió el labio sin querer.
Yo también he hecho compras dijo. Hace unos días, fui a una tienda para adultos. Mira lo que he pillado, a ver si te gusta.
Bueno, si no se prueba, no se sabe respondió Violeta, más roja que antes.
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Empieza el espectáculo susurró el vecino del 222 apoyando la oreja en la pared colindante.
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Ese mismo mediodía me entró el gusanillo. Hacía tiempo que no le compraba ningún detalle a Lucía. Antes la sorprendía cada semana con algo, aunque fuese solo su chocolate favorito. Así que fui a una joyería.
Y de repente, reconocí su abrigo.
¡Lucía! ¿Qué haces aquí? Está lejos de casa…
Nada, solo paseaba… ¿Y tú?
Pues mira, te he comprado unos pendientes no supe resistirme.
Lucía sonrió feliz:
¡Gracias, mi vida! y me besó Yo pensaba preparar pasta carbonara con gambas para cenar. ¿Te acuerdas cuando la hacía antes? Aquí tienen las mejores gambas.
Claro que me acuerdo. ¡Solo de pensarlo se me hace la boca agua!
No tardes, que lo tendré listo para las siete. No quiero que se enfríe.
Vale, cariño. Por cierto, igual paso por la floristería de regreso.
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¿Qué tal por ahí? preguntó el marido del 222.
Cocinando algo especial respondió ella con una sonrisa. Y ahí también ha empezado ya el asunto.
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Un mes después, los Muñoz estaban irreconocibles. ¡Parecían rejuvenecidos diez años! No podían separarse, buscando cualquier excusa para estar solos. A veces incluso se escapaban de los niños para pasar una noche en algún hotel del centro.
Empezaron a hablar más, reían, y todo parecía fluirles mejor.
En nuestra casa, con el bebé a punto de llegar, habíamos vuelto a las citas. Ya sea ir al cine, a cenar fuera o a exposiciones. Lucía rebuscó su viejo recetario y yo cada semana la sorprendía. O al menos, siempre tenía su chocolate preferido en la mochila. Hasta he olvidado cómo era ver las noticias en la tele…
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¿Qué tal por allí? preguntó la mujer del 222.
Bien. El colchón vuelve a sonar, pero con cuidado, se nota que están los niños en casa. La verdad, desde que llegamos aquí, la vida en este patio se ha animado, ¡y eso me encanta!
Y los de enfrente igual. Siempre de risas en la cocina y un olorcillo que ni en el Mercado de San Miguel.
¡Perfecto! Hemos cumplido el objetivo en menos de tres meses. Damos un par de semanas más y listo.
De acuerdo. ¿A quién toca ahora?
Pues los Pérez, en el 4, piso 65. Los del 66 ni se dirigen la palabra. Y en el 64, toca poner orden en la alcoba.
Entiendo. Bueno, de momento no recojo tus cintas viejas, haz un poco más de ruido y deja lo del restaurante en marcha. Todavía quedan aceites aromáticos Por cierto, las rosas esas que cambiabas cada semana ya están mustias. Tendré que comprar otro ramo.
Lo haré. Pero antes, ¿podrías darme un masaje en la espalda antes de dormir?







