Una nueva familia vale más que la antigua: Cuando un hijo elige a su prometida y una madre se enfrenta a la soledad en España

Life Lessons

11 de marzo

No sé ni cómo empezar a procesar todo lo que ha pasado en estas últimas semanas. Vuelvo a abrir este diario como un intento de ordenar mis pensamientos, aunque cada vez que repaso los recuerdos, el pecho se me encoge aún más.

Mamá, te presento a Inés, mi prometida, dijo Javier nada más cruzar el umbral y abrazar con ternura a la muchacha ruborizada. Hoy hemos entregado la solicitud en el Registro Civil.

Enhorabuena… musité, desconcertada, mientras me secaba las manos con el paño de cocina. Justo acababa de terminar de preparar la cena. Pasad, ¿para qué quedarse en la puerta?

La verdad es que la noticia me sorprendió, y no para bien. Javier siempre fue mi razón de ser, mi mayor alegría, siempre amable, buen chico… Y de pronto, así, sin más, me advierte de golpe de que se va a casar. Me sentí herida, sobre todo por enterarme la última. ¿Acaso pensaba que no entendería su deseo de formar una familia? Al contrario, habría estado encantada de ayudarle con la boda.

Mamá, perdona por no habértelo dicho antes dijo Javier, abrazándome torpemente. Ha pasado todo tan deprisa… Me he enamorado como un chiquillo, de esos amores de primera vista y para siempre.

Pues sigues siendo un chiquillo, ¿no te parece? No son años para sentar cabeza a los veinticinco. Intenté poner una sonrisa y tragarme la decepción. Mejor hablamos del futuro. ¿Dónde vais a vivir?

De momento con nosotros, si te parece bien. Suspiró, visiblemente aliviado al ver que no me enfadaba.Después buscaremos algo.

¿Por qué iba a estar en contra? me sorprendió que mi hijo pudiera pensarlo siquiera. El piso es grande, cabemos todos de sobra.

Inés, que se mantenía algo apartada aún, esbozó una sonrisa de satisfacción aunque enseguida recuperó el gesto serio. Ahora tendría que caerme bien, después ya mostraría su verdadera cara.

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La boda fue un espectáculo. Me volqué en Javier y agoté hasta el último euro de los ahorros de años. Incluso les regalé el viaje de luna de miel a la Costa del Sol, para que pudieran descansar a cuerpo de rey antes de la llegada de su hija, pues Inés ya me había confesado que estaba embarazada.

Nunca tuve nada especialmente en contra de Inés, aunque me parecía… no sé, sospechosa. Muy complaciente, siempre asintiendo y sonriéndome de esa manera tan falsa.

Mi hermana Amelia se reía cuando le contaba mis dudas:

Tienes suerte con la nuera, ya lo quisiera yo. Y tranquila, ahora va de modosita, pero cuando se vea señora del piso, ya sacará las uñas. Luego se puso seria. No le quites los ojos de encima. Que igual ante Javier se finge un ángel y luego es el demonio.

Las palabras de Amelia resultaron ser proféticas. Cuando el libro de familia llevó por fin el nombre de mi hijo y esa muchacha, Inés cambió radicalmente. Javier pasaba todo el día en la oficina, y ella aprovechaba para hacerme sentir molesta en mi propia casa.

Sin reparos decía que en nuestro hogar no había sitio para personas ajenas. Me quedé de piedra la primera vez que lo escuché. ¿¡Que yo era ajena!? Aquella noche fui al dormitorio de mi hijo para pedirle que pusiera a su esposa en su sitio.

Mamá, seguro que has malinterpretado a Inés se defendió Javier, convencido de que ella no podía haber dicho eso. Es buena persona, la mejor.

Fue la gota que colmó el vaso: Inés, escuchando la respuesta de su esposo, se relamió de gusto: todo iba según lo planeado.

Poco después, el colmo: Inés esperó a que Javier regresara del trabajo y lo recibió llorando. Le aseguró que temía quedarse sola en el piso conmigo porque yo le quería hacer daño.

Sabes que tengo alergia grave a la miel sollozaba ante él. Esta mañana no podía dormir y he ido a ayudar a tu madre con el desayuno. Y cuando miro, ¡la veo añadiendo miel a la masa de los buñuelos! ¡Qué miedo pasé!

Javier estalló. Se plantó ante mí escupiendo reproches: que ya no era un niño, que merecía respeto, que no iba a permitir que se hiciera daño a su familia…

Me quedé petrificada, incapaz de comprender de dónde salía ese veneno. Los intentos de dialogar sólo provocaban más gritos e ira. Me temblaban las manos de la angustia, y apenas fui capaz de sacar la pastilla para el corazón de mi bolso. Javier no lo notó, seguía vociferando.

No pude más. Cogí la chaqueta y fui a casa de Amelia. No entendía por qué, qué había hecho mal para que mi propio hijo se transformara así. El dolor era insoportable.

Al llegar al portal de Amelia, el malestar se intensificó tanto que acabé desvaneciéndome en mitad de la calle.

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Han pasado dos semanas desde mi funeral. Javier anda por la casa como una sombra, lleno de culpa. Inés finge consolarle, ofreciéndole un vaso de agua de vez en cuando.

Cariño, sé que lo estás pasando fatal, pero tienes que pensar en el futuro, en los que estamos vivos le acariciaba su ya evidente barriga. Verte así me pone mal a mí también.

Javier no respondía, y aquello sacaba de quicio a Inés. Todo había salido según sus planes, aunque ni ella pensó que acabaría así. En realidad sólo quería quedarse con el piso, nada más… Pero bueno, pensó, en el fondo, mejor.

De pronto, alguien entró en la casa: era Amelia, que abrió la puerta con su copia de las llaves.

¿Cómo te atreves a entrar aquí como si fueras la dueña? escupió Inés con ira.

Es que soy la dueña respondió Amelia con una media sonrisa. ¿No lo sabías? Este piso está a mi nombre.

El vaso se deslizó de los dedos de Inés. ¿Cómo era posible? ¿Tantos meses de maniobras al final no servían para nada?

Javier, ¿qué significa esto? le gritó, histérica.

Pues eso respondió sin emoción. Mamá llevaba tiempo ahorrando para comprarle el piso a la tía Amelia…

Y se lo gastó todo en vuestra boda añadió Amelia. Yo tenía pensado dejar el piso en herencia a vuestra hija, pero se acabó. Tenéis tres días para iros. Si no, llamo a la policía.

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P. D.

Javier sigue viviendo en casa de su tía, solo. Inés hizo las maletas esa misma noche y, gritando que el hijo no era suyo, se marchó para siempre.

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