La víspera de Nochevieja, Carmen le da a Fernando una sorpresa que le parte el alma. Veinte años de matrimonio, que él creía felices, una hija preciosa, Lucía, ya casada y con un nieto que les alegra la existencia. ¿Qué más podría pedir? Solo quedaba vivir y disfrutar.
Pero todo tenía su cara oculta. Fernando llevaba años sacrificándose por su familia, trabajando como camionero de larga distancia. Meses enteros en la carretera, apenas viendo a su mujer e hija, para que a ellas nunca les faltase nada.
Y resulta que, desde hacía años, su querida mujer mantenía un romance a sus espaldas mientras le contaba fingidas historias al teléfono: Te hecho de menos, te espero La almohada se me cala de llorar… Como un chiste malo: Y regresó el marido antes de lo previsto del viaje
Fernando no monta un escándalo. Recoge en silencio sus cosas, coge la documentación, sube en el coche y se va, sin mirar atrás. Una vez fuera de Madrid, detiene el coche, le tiemblan las manos y no entiende cómo ha podido pasarle esto.
Todo lo que ha hecho, todo ha sido por la familia: mandó a Carmen y a Lucía de vacaciones, les compró un coche nuevo, reformó el piso, le montó a su hija una boda de lujo Desde cada viaje traía regalos, llamaba varias veces al día. Y ella, mientras tanto, flirteaba a escondidas. ¡Y luego que confías en alguien!
Claro, no es que los hombres sean perfectos. Muchos camioneros tienen sus líos en cada puerto, pero Fernando siempre se contuvo; amaba a su mujer, cuidaba ese amor. Y le salió en vano.
Arranca de nuevo. No sabe adónde ir. Tiene un torbellino de pensamientos, el enfado y la tristeza lo encubren todo. Solo se le ocurre ir al pueblo de su infancia, en la provincia de Soria, aunque quedan bien trescientos kilómetros por delante. Pero mejor lejos de casa. Mejor dicho, de lo que fue su casa.
El teléfono no para. Veinte llamadas perdidas, de su mujer y su hija. Fernando lo apaga, incapaz de escuchar a nadie. Esa traición le cae como un jarro de agua helada.
La vida pasa en su cabeza: la salida del registro civil, la recogida de Lucía del hospital, el primer día de colegio, los ramos de flores a su regreso Tantos recuerdos luminosos. ¿Cómo no se dio cuenta de que el cariño de Carmen se extinguía?
Su suegra, que en paz descanse, ya le advertía: La felicidad no está en el dinero. Perderás a tu marido. No es normal que esté tantos meses fuera. Así se rompen las familias. ¡Cuánta razón tenía!
Algunas vecinas del pueblo le dejaron caer lo suyo, pero él nunca sospechó nada. Nunca le dio motivos. Y ahora conduce por la carretera guiado por el instinto.
No sabe siquiera si su casa en el pueblo sigue en pie. Llevaba más de una década sin ir. Quizás ya no quede ni pueblo. Pero ahí va él, en pleno invierno, en Nochevieja. Vaya regalo de su mujer.
En una tienda de carretera compra alimentos, como si fuese a un lugar sin tiendas abiertas nunca. Al final, no se equivoca. Sale de la nacional y se adentra por caminos nevados. Antes las aldeas se sucedían una tras otra, ahora apenas alguna luz lejana.
Nieve, viento, la noche cierra la Sierra de Soria. Pero Fernando se orienta bien; adora su aldea. Su madre nunca quiso mudarse a la ciudad, vivió sus últimos años sola, aferrada a la casa. Él lo aceptaba: mudarla habría sido arrancar la raíz de su vida. Al final murió allí. Fernando la despidió, cerró la casa y nunca regresó.
Ya en las últimas, la ventisca empeora. Faltan diez kilómetros; apenas quedan luces. Por fin llega. El viejo cercado tumbado, las tablas que selló él mismo siguen ahí. Cruza la nieve y abre la cancela, busca la llave en su escondite de siempre; en los pueblos casi nadie cierra con llave salvo cuando se ausentan mucho tiempo. El enorme candado es ridículo en la puerta ligera.
Por fin entra, iluminándose con una linterna. Busca el interruptor y se hace la luz en la estancia principal. Todo igual que aquel día que se marchó. Solo frío, polvo y soledad sin su madre.
Va a por leña al porche. Siempre hay acopio. Prende la chimenea. Las llamas vuelven a bailar en los rincones, como si la casa las hubiera estado esperando. El calor poco a poco llena la estancia. Sale al pozo por agua; la bomba sigue funcionando, sorprendentemente. Llena el puchero y la tetera y las coloca en la lumbre.
Pronto el agua hierve. Con trapo y barreño, empieza a limpiar. Desde niño, su madre le enseñó a no rehuir el trabajo, fuera cual fuera.
Al cabo de una hora, huele a limpio y la casa ya está caldeada. Fernando saca la comida comprada: pan, chorizo, queso, atún en lata, huevos a la sartén Da cuerda al reloj, dan las once.
Bueno, se va el año y yo empiezo otra vida. No sé cómo será, pero mi madre decía: La mañana es más lista que la noche. Mañana pensaré. Ahora, a despedir el año.
Saca la botella, pero antes de servirla, llaman a la ventana; un golpe fuerte, inesperado que le sobresalta.
Así que hay vida en el pueblo aún piensa mientras se acerca a la puerta.
Entra una mujer joven, sacudiéndose la nieve del mantón. Sus ojos asustados y llorosos van directos a Fernando.
No sé cómo se llama usted; yo solo llevo aquí tres meses. Tengo un problema, mi hijo se ha puesto muy mal, ya no hay médico en el pueblo, quedan diez casas a lo sumo, pero temo que sea apendicitis. Como a mí me pasó. Vi la luz y vine corriendo, porque cada vez está peor.
Fernando se pone la chaqueta y el gorro mientras habla:
¿A qué esperamos? Vamos ya. Habrá que llevar la pala por si la carretera está bloqueada. De milagro he llegado hasta aquí.
Por suerte el viento ha cesado. Fernando toma al niño, ardiendo y lloroso, en brazos y parten hacia el coche. La nieve dificulta el camino y tienen que abrir paso varias veces hasta la carretera principal, pero al final llegan al centro de salud comarcal. Tardan más de hora y media. Localizan al cirujano; la madre tenía razón: es apendicitis. Llevan al niño a quirófano. El reloj marca las dos de la madrugada.
Bueno, ya ha empezado el año nuevo
Perdone por fastidiarle el día.
No diga eso, lo importante es que el niño esté bien.
Se quedan sentados en el pasillo. La madre, llamada Rosalía, llora al mirar sin pestañear la puerta del quirófano. Los minutos se hacen eternos, la tensión crece. Finalmente, el médico aparece:
Han llegado a tiempo. De haber tardado más Ahora pueden irse a casa.
Preferimos esperar aquí, el camino de vuelta ahora es largo.
Como queráis. ¡Feliz año! Pronto podrán verle en la habitación.
Pasaron la noche ahí. Luego permitieron a Rosalía entrar; el niño, Diego, va recuperándose.
Rosalía se queda con Diego y Fernando regresa al pueblo. Pone la chimenea, come y se duerme. Por la tarde va a visitar a los recién conocidos. Diego ya sonríe, aunque decepcionado por no haber visto a los Reyes Magos.
Siempre dejan un regalo en el árbol. Pero este año, seguro no pudieron venir Ya soy mayor y sé que entran por la puerta, no bajan por la chimenea, eso es de cuentos.
No estés triste. Pasé cerca de tu casa y vi huellas grandes en la nieve. Como nevó anoche, no pueden ser nuestras. Quizás sí vinieron los Reyes.
Pero la casa estaba cerrada Habrá mirado, pero se iría. Me he quedado sin mi camión de bomberos.
No te preocupes. Cuando yo era pequeño, los Reyes me dejaban los regalos fuera, en el porche o en el banco de la entrada, para que no los perdiese. Quizá el tuyo esté escondido en algún rincón. Cuando salgas, lo buscas.
Ojalá. Este año me he portado muy bien, ¿verdad, mamá?
Rosalía asiente en silencio.
Diego, el médico quiere que vaya a casa, no me deja quedarme contigo aquí. ¿Te quedarás bien? Aquí hay más niños, harás amigos.
Claro que sí, mamá. Tú vete y busca mi regalo, que si no se cubre de nieve y luego no hay quien lo encuentre.
Rosalía y Fernando marchan juntos.
Gracias por inventar la historia; no he podido comprarle regalo… Con el cambio, nos vinimos de la ciudad casi con lo puesto. Mi marido bebía y llegó a pegarme, hasta se atrevió con Diego. Una noche huimos. Este es el chalet de mi tía, que en paz descanse. No lo conoce mi ex, si no ya lo habría vendido para emborracharse. Aquí empezamos de cero.
Fernando hace una parada en una tienda.
Habrá que comprar ese camión, que si no pierde la fe en los Reyes.
Compra el camión y dulces. Rosalía rechaza el gasto.
No podemos aceptarlo, es mucho dinero. No debería gastar tanto en un niño ajeno.
Me hace ilusión alegrar a alguien por Nochevieja. Déjame este gusto.
Fernando pasa la semana en la aldea. No le sobra el tiempo; ayuda a Rosalía: corta leña, limpia caminos, atiende a Diego en el hospital. El niño se recupera rápido y pronto tiene el alta, aunque lamenta que las huellas ya no sean visibles.
Pero el regalo está escondido. Diego examina cada rincón y lo encuentra tras una puerta: su camión de bomberos.
¡No se olvidaron de mí! grita feliz ¡Existen de verdad! En la ciudad nadie podía comprarme esto, ¡es carísimo!
Fernando sonríe. Hacer regalos da alegría.
Rosalía invita a Fernando a cenar en agradecimiento.
Gracias, Rosalía. Me hacía falta calor de hogar.
¿Y tu familia?
La tuve ahora ya no. Mejor hablemos de otra cosa.
La noche pasa volando. Diego se duerme tras jugar. Fernando se despide, con nostalgia:
La verdad, no me apetece marchar, pero mi trabajo me llama, mañana tengo que salir de viaje.
¿Puedo esperar tu regreso? Diego preguntará por ti.
Dale recuerdos. No sé si volveré, todo se ha desordenado. Pero sois estupendos…
Fernando se va. Tarda semanas en regresar, pero no deja de pensar en Rosalía y Diego. Después de su ruta, visita a su hija y nieto en Madrid, no ve a Carmen; solo le comunica que va a pedir el divorcio.
Sin saber adónde ir, vuelve a la aldea tras unos días. Algo le tira de vuelta, Rosalía sigue presente en su mente.
Diego lo espera en la puerta:
Tardaste, mamá te ha echado de menos.
¿De verdad te dijo eso?
No, pero lo veo. Cuando pasa un coche, sale a la ventana. Entra, que os hace falta hablar. Yo me voy al prado, que soy mayor y lo entiendo todo.
Entra. Rosalía, junto a la cocina, saluda y se da la vuelta, removiendo una cazuela.
Creía que no volverías. Aquí no hay vida…
Tenía que pensar. Son veinte años pero no te olvidé. ¿Me aceptas?
Ella le mira, se acerca y apoya la cabeza en su pecho
Empiezan una nueva vida juntos. En verano Fernando arregla la vieja casa, pone agua corriente, restaura el baño. Se adaptan, compran gallinas, una cabra, plantan el huerto. Rosalía alquila el chalet de su tía en verano a turistas, el campo encanta a quien busca paz.
La vida se encarrila. Diego le toma tal apego a Fernando que acaba llamándole papá.
La vida es así: nunca sabes qué te deparará, ni qué sorpresas te esperan a la vuelta de la esquina. No en vano dicen los mayores que vivir la vida no es lo mismo que cruzar un campo.






