Una llamada inesperada: —¿Pablo Iván?—la voz en el auricular sonaba fría y oficial—. Sí, soy yo, Pab…

Life Lessons

¿Don Pablo? la voz al otro lado del teléfono era fría y formal.
Sí, soy Don Pablo. ¿Con quién hablo?
Le habla la directora del Centro de Acogida Infantil. Dentro de una semana su hija cumplirá tres años y tendremos que trasladarla a otro centro. ¿Está usted seguro de que no va a recogerla?
¿Perdone? ¿Qué niña? ¿Qué hija? Si yo tengo un hijo, el pequeño Mateo balbuceé totalmente desconcertado.
¿No es usted el padre de Soledad Pablo García?
No, no, para nada. Me llamo Pablo Fernández.
Disculpe usted contestó la voz al otro lado, cansada, parece que ha habido algún error.
Después, el tono de la línea me golpeó los oídos como campanadas desagradables.
¡Menuda chapuza! protestaba yo en voz baja. ¡Una hija, una niña! ¡Menudo desorden tienen ahí con los papeles!
El caso es que esa llamada se me quedó clavada, como una astilla. Por alguna razón, no dejaba de pensar en esos niños sin casa, sin una madre que les arrope, sin un padre que les cuide, sin los abuelos pendientes de todo. Mateo tiene toda una tropa de familia: tías, tíos…
Enseguida Ana se dio cuenta de que yo estaba raro, respondía cualquier cosa y, vamos, con ella que me conoce desde el colegio y llevamos casi 10 años viviendo juntos, es imposible ocultarle algo.
Esperó hasta la cena. Mientras servía la tortilla me lo soltó de golpe:
¿Qué te pasa hoy?
¿Eh? me hice el loco.
Venga, Pablo, suéltalo. ¿Cómo se llama?
¿El qué? dije desconcertado (¿cómo se ha enterado? ¿También le han llamado a ella?).
Soledad contesté. Sole.
Ah, Sole… O sea, que aquí estoy yo, que soy tu Ana, pero resulta que tienes una Sole por ahí… subió el tono.
Que no, mujer, que se llama Soledad Pablo García.
¡Dime también el número de su DNI! gritó Ana.
¿Pero qué DNI va a tener la pobre? ¿Para qué?
¡¿Será refugiada o qué?! chilló un pelín menos.
¿Quién es refugiada? yo ya no entendía nada.
¿Esa Sole tuya no será una refugiada? ¿No tendrá intención de empadronarse contigo? ¡Habla, sinvergüenza!
¿Pero hablar de qué? yo ya ni cené del susto.
Y en ese momento Ana empezó a llorar, pero no de forma dramática, sino con unas lágrimas calladas, furiosas, que le caían sobre el delantal.
Mañana mismo me voy a casa de mi madre. Que lo sepas, Mateo se queda conmigo dijo entre sollozos.
¡Pero Ana, por favor! ¿Qué te pasa? ¿Por qué te vas?
¿Qué esperabas? ¡Que yo me quede aquí haciendo de criada a ti y tu querida Sole? chilló.
De repente, empecé a darme cuenta del sinsentido de la situación. La senté en el sofá y le conté todo sobre la dichosa llamada.
Ahora lloraba de pena por la niña. Las mujeres tienen un caudal de lágrimas inagotable, por cualquier cosa y a raudales… Y yo, que no aguanto ver llorar a Ana y le tengo verdadero pánico…
Después de ese lío no me quedó hambre, piqué algo por hacer tiempo.
…Me desperté porque Ana estaba trasteando en mi móvil. Oye, en casi diez años juntos jamás había hecho eso. No se lo creyó, pensé, está buscando pruebas. Qué mal cuerpo me dejó esa desconfianza… De repente me susurró: Pablo Pablo y me dio un empujoncito.
Hice como que me despertaba en ese momento.
Pablo, ¿es este el número fijo que te llamó?
Sí contesté sin pensar, ese mismo.
Duerme, duerme. Y se marchó cerrando la puerta tras ella. Se llevó el móvil, claro.
Dormir, dice… Oigo que enciende el ordenador. Esperé un poco, pero al final me levanté y me asomé al salón.
Ana manejaba el ratón rápidamente, tan absorta, que ni se enteró de que estaba detrás. Tenía buscado Centro de Acogida Infantil + Madrid.
El ordenador trabajó y enseguida salió todo: página oficial, dirección, teléfono, foto de la fachada. Ana cotejó con mi móvil.
¡Pablo, coincide!
¿El qué?
El teléfono, coincide. ¡Es el del Centro!
Ya te lo decía yo. ¿Me estás controlando?
No controlo, aclaro datos.
¿Para qué?
Pablo, ese centro nos pilla cerca de casa… murmuró pensativa. ¿Vamos? ¿De dónde tienen ellos tu móvil si no tienes nada que ver con el tema?
Ahí me hizo pensar. ¿De verdad? ¿De dónde lo han sacado? ¿Y si de verdad vamos a ver qué pasa? ¡No quiero más sustos de estos con hijos ajenos!
Esa noche no pegué ojo. Cuando finalmente me estaba durmiendo, Ana me dio otro codazo.
Pablo…
¿Qué?
De verdad, ¿nunca has tenido ningún lío? Yo qué sé, ¿alguna vez, hace años, con tu primer amor, te reencontraste y? ¿No será que tuvo una hija y nunca te dijo nada?
Pero Ana, ¡qué amor ni qué niña ni qué nada! Desde que estábamos en el colegio juntos solo he estado contigo. Hace cuatro años, cuando Mateo cumplía tres y estaba siempre malo, ¿te acuerdas que tú acababas de reincorporarte al curro? ¿Y quién se quedaba en casa con él? ¡Yo! Teletrabajo, jarabes, visitas al pediatra, sin dormir… ¿De verdad piensas que daba para líos?
Entonces, ¿por qué tienen tu número? no soltaba el hueso.
La dichosa pregunta tampoco me dejaba en paz. Empecé a repasar mentalmente antiguas amigas, conocidas pero imposible, ninguna tenía motivo para armar algo así. Y al final, como la vida da tantas vueltas, decidí ir a ese centro al día siguiente.
Fuimos tempranito y ya había un señor esperando delante del despacho de la directora. Bajito, canoso, con pinta de no haber dormido. Tenía unos papeles en la mano que le temblaban un poco, por nervios quizá o por la resaca
Vamos detrás de mí dijo el hombre sorprendentemente grave cuando entró la directora y le llamó.
Quince minutos después salió él más despeinado y sin papeles, y nos tocó pasar a nosotros.
Buenos días nos saludó una señora morena, simpática, de mediana edad, que masticaba la patilla de las gafas junto a la ventana. ¿En qué puedo ayudarles?
Intenté bromear.
La señora se sentó tras la mesa.
Mire, no tengo tiempo para enigmas, díganme qué quieren exactamente y corto, por favor.
Le recordé la llamada (su voz era muy reconocible).
Ah, era eso sonrió cansada. Me equivoqué de número, les he molestado sin querer.
¿Cómo que equivocada? ¿Y de dónde tienen mi número?
Pablo Fernández, me equivoqué de cifra. El teléfono de verdad empieza por 627, marqué 637. Que sea usted también Pablo Fernández… pura casualidad. Cosas de la vida.
Por cierto, el señor que pasó antes de ustedes era el Pablo García, el verdadero padre de la niña.
Otra vez, perdón. Debo atender otras gestiones, con permiso.
La placa decía Teresa Saavedra Martín.
Ana, que también se fijó, le preguntó:
¿Señora Teresa, ese Pablo García va a recoger a la niña?
La directora nos miró y volvió a sentarse.
No. La madre murió, y él tiene siete hijos de distintas mujeres. Solo ha venido dos veces en tres años, y porque le llamamos nosotros. Soledad no le interesa. ¿Algo más? Que tengan buen día.
Salimos como si nos hubieran dado un jarro de agua fría.
En el patio jugaban varios niños algo mayores, callados, en los columpios y la casita de juegos. Un par hacían carreras con cochecitos.
Entonces me di cuenta: faltaba ruido. Siempre que saco a Mateo al parque hay gritos, carcajadas, carreras. En ese patio era todo susurros. Eran como niños mayores encogidos. No habían tenido infancia, solo supervivencia: frío, hambre, falta de juguetes, desatención o incluso malos tratos.
Miré a Ana. Le brillaban los ojos por las lágrimas. Otra vez, siempre esas lágrimas…
Nos encaminamos despacio hacia la puerta, y entonces un grito rompió el silencio: ¡Mamá! Todos los niños miraron al instante. Una niña con un gorrito de lana y pompón venía corriendo con los brazos abiertos: ¡Mamá, mamá, estoy aquí!
Sole se agarró con fuerza a las piernas de Ana y de ahí vino un llanto tan triste y desesperado que se me aguaron los ojos a mí también.
¡Sole, cariño! apareció corriendo una educadora.
Intentó separarla, pero la niña se agarraba fuerte. Al final, con una chocolatina, lograron convencerla, y nosotros casi salimos huyendo de allí.
En el coche no hablamos. Ana temblaba, y yo no podía con el nudo en el estómago. Se me agitaban las manos como al otro Pablo de antes. Paré en la primera esquina para que se nos pasara el tembleque.
Ana señaló a una tienda cercana con los ojos.
Sin decir nada, nos bajamos y nos fuimos juntos, de la mano, a ese Mundo Infantil.
A por una muñeca y un vestido rosa.
Nuestra niña Soledad va a ser la más bonita del mundo.

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