Una hija para dos
Entre Isabel y Martín el amor brotó como por arte de magia, así, a la primera mirada. Llevaban un mes saliendo y, en una cita cualquiera, Martín soltó de repente:
Isabel, ¿te quieres casar conmigo? y ella se quedó a cuadros.
¿Cómo que casarme? protestó. ¡Si apenas llevamos un mes juntos!
¿Y qué? A mí me basta este mes para saber que eres mi destino. No necesito a nadie más, ni existen otras mujeres para mí
Ay, Martín, pues la verdad… acepto se rió tímidamente y se acurrucó contra su pecho, sin más.
Hija, ¿no te has precipitado? le interrogaba su madre, preocupada por la rapidez de la decisión. ¿No estarás embarazada, verdad?
Mamá, ¡por favor! No, claro que no. Simplemente Martín me ha dicho que no puede vivir sin mí, y yo tampoco sin él… Es lo que hay, mamá, amor, nada más.
En cuanto a los que se sorprendieron ante tal boda exprés, pronto se dieron cuenta de que aquellos dos estaban hechos el uno para el otro. Se les veía felices, Martín mimaba a Isabel con cariño y ella le correspondía con ternura.
El amor era auténtico y sin trampa, pero tenían una sombra que les pesaba: los dos deseaban hijos, y el embarazo nunca llegaba.
Martín, deberíamos hacernos alguna prueba, a lo mejor hay una razón por la que no consigo quedarme embarazada.
De acuerdo respondió él, siempre dispuesto.
Hubo esperanzas, consultas, viajes, rezos; pero nada. Isabel no pudo concebir.
Isabel, he estado pensando… Podríamos ir al centro de acogida y adoptar un niño, criarle como propio propuso Martín, titubeando.
¡Sí, sí! exclamó ella sin dejarle terminar. Llevaba esa idea dentro mucho tiempo, pero temía que él se opusiera. Yo también lo he pensado…
Pues vamos dijo Martín. Hay uno cerca, lo veo cada vez que vuelvo de Madrid; justo allí decidí hablar contigo.
Cuando llegaron al centro de acogida, entre docenas de niños que miraban con ojos de cansancio y esperanza, una niña rubia de ojos azul cielo corrió hacia Isabel y se le abrazó a las piernas.
¡Mamá! dijo alegremente, y la mujer no pudo soltarla.
Así llegó a su casa Lucía, una niña sonriente cuyo risa era como un arroyo de primavera. Isabel por fin sintió la felicidad de ser madre, esos sentimientos que tenía guardados se desbordaron al fin. Idolatraba a Lucía. Martín no cabía en sí de amor con la niña.
Todo iba bien. Vivían en un pueblo donde todos se conocían, así que los vecinos sabían perfectamente que Lucía era adoptada. Mientras era pequeña, no hubo problemas. Pero el tiempo pasó, y Lucía creció; ya iba al instituto y alguien le contó que no era hija biológica sino adoptada.
Lucía tenía entonces catorce años y llegó a casa hecha una furia.
¡Mamá, por qué no me dijisteis que no soy vuestra hija! Sé perfectamente que me adoptasteis en el centro de acogida
Hija, cálmate, queríamos contártelo cuando estuvieras más mayor, por no herirte tanto. Pero ahora ya qué le vamos a hacer, han hablado antes Siempre temimos este momento.
Lucía lloraba, gritaba, luego se encerró en sí misma; la adolescencia llegó con toda su lozanía. Era grosera con ellos, daba portazos y contestaba mal.
Justo entonces ocurrió lo imprevisible. Martín falleció. Isabel no pudo recuperarse del impacto: le avisaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico volviendo de una reunión en Salamanca, justo en Navidad, la nieve se encargó de tornar todo trágico.
Martín solía salir de viaje, a veces una semana, y si tardaba de más, enviaba una postal de esas cuando no había móviles. Cuando Martín murió, Isabel tenía cuarenta y seis años. Lucía, lejos de ayudar, empezó a escaparse de casa y a portarse aún peor.
Isabel hacía todo por recuperar a su hija, suplicaba, lloraba, pero nunca le gritaba. Así pasaron los años. Lucía maduró deprisa. Un día, ya acabando el bachillerato, le dijo:
Me voy a Madrid lo soltó como quien anuncia que va a por pan.
Isabel levantó la vista cansada, aferrando el paño de cocina.
¿A estudiar, hija?
No. Me voy a buscar a mi madre biológica
Isabel se quedó sin aire.
¿Por qué, Lucía? ¿No soy yo tu madre?
Lucía se giró hacia la ventana, en silencio.
Necesito saber quién es, mamá. Necesito entender por qué me abandonó, por qué me dejó. Es mi derecho, al fin y al cabo.
Lo tienes, hija aceptó Isabel, sabiendo que ningún argumento le iba a hacer cambiar de opinión.
Lucía tenía ya casi diecinueve, recogió sus pocas cosas en una bolsa, le dio un beso a Isabel y le prometió volver de vez en cuando. Salió de casa con destino a la parada del bus, mientras Isabel la veía marchar, sola y con el corazón encogido.
El tiempo pasó despacio. Los días parecían semanas. Ahora Isabel estaba jubilada y pasaba largas tardes de invierno repasando esas postales de Martín, guardadas en una caja de bombones atada con lazo. No había muchas, la última tenía ramas de abeto, amarilla por el tiempo, y en el reverso se leía: “Isabelita, me retraso tres días, te echo de menos y te beso, tu Martín”.
Isabel pasó los dedos temblorosos por la postal, la apretó contra el pecho como si abrazara a su difunto marido. Habían pasado más de veinticinco años desde su muerte.
Sentada junto a la ventana, los recuerdos le pesaban. Ya no salía como antes, sólo iba a la tienda y vuelta. La casa estaba silenciosa, con las cortinas echadas, el buzón vacío. Sola.
Todo se alegraba cuando venía Lucía con los niños, pero eso era de higos a brevas. En la cómoda estaba la foto de Martín con Lucía en brazos, los dos sonrientes.
Ay, Martín, cuánto te fuiste, y me dejaste sola le murmuraba a la foto. Aquí sigo, sola.
La única compañía era Trasto, el gato, que de vez en cuando rompía la calma con saltos y maullidos. Isabel le daba de comer, bebía su té, y se proponía ir a comprar ese día. Miró la foto antes de salir.
Mientras estaba tomando el té, alguien llamó a la puerta del patio. Recordó la vez que Lucía le anunció que se iba a Madrid a buscar a su madre. Revivió aquella mañana gris y silenciosa en la cocina, y de nuevo llamaron a la puerta.
Se puso los zapatos, echó una mantita sobre los hombros y salió. Ante la puerta había una mujer, mucho más joven que ella, con los ojos tristes.
Buenos días… ¿es usted Isabel? la voz de la desconocida temblaba.
Sí, ¿y usted?
La mujer dudó, cambiando de pie.
Soy la madre de Lucía… bueno, la otra madre… la biológica. Me llamo Verónica. En fin, supongo que ya se imagina.
A Isabel se le heló todo por dentro. Lucía se había ido no hacía mucho, y ahora la madre biológica, ¿cómo la había encontrado?
Espere, ¿le ha pasado algo a Lucía para que esté aquí? se inquietó. ¿La encontró usted?
Verónica habló rápido, atolondrada:
Lucía está en el hospital… En Madrid, algo del estómago… Paseábamos en el Retiro, le dio un dolor, se sentó pálida y llamé a una ambulancia.
Ambas se miraron sin decir nada.
Lucía me encontró hace tiempo, pero tenía miedo de decírselo gimió Verónica.
Pero mire, no nos quedemos en la puerta, pase pase, venga dentro.
Isabel le sirvió té caliente y Verónica, en la mesa, confesó:
Yo era muy joven cuando tuve a Lucía, mis padres de los de antaño, estrictos hasta el extremo, me obligaron a renunciar a mi hija. El novio desapareció cuando supo que estaba embarazada, mis padres amenazaron con echarme a la calle con el bebé encima. Firmé la renuncia en el hospital… Llevo años sufriendo. Ay, perdón, ahora no es momento… Lucía me pidió que viniera a buscarla, que fueran a verla al hospital.
Isabel se levantó de repente.
¿Por qué no me llamó ella misma?
Le robaron el móvil, más bien la bolsa; la ambulancia vino, la recogió y mientras yo regresaba, ya no había bolsa, ni móvil ni documentos
Madre mía, pobrecita susurró Isabel.
Ella me dio su dirección, me insistió: “Busca a mi mamá”.
Las dos mujeres se callaron, mirándose con preocupación y cansancio.
Vámonos dijo Isabel, cerrando la puerta. ¡Vamos corriendo!
El viejo bus parecía arrastrar los pies, iban Isabel y Verónica al principio en silencio, pero luego se animaron.
Yo también estoy sola suspiró Verónica. Mi marido murió hace tres años, enfermo. No he podido tener más hijos. Sé que es castigo por abandonar a mi hija. Eso es mi penitencia.
Al final, Lucía es lo único que tenemos las dos dijo Isabel.
Pues sí… Una hija para dos respondió Verónica, mitad triste, mitad resignada.
En el hospital les preguntaron:
¿A quién buscan?
A Lucía González dijeron a la vez, Isabel y Verónica.
¿Y quiénes son ustedes?
Su madre contestaron al unísono, luego se miraron y soltaron una carcajada.
¿Dos madres? Bueno, pasen, qué le vamos a hacer
Lucía, pálida y bajo un suero, les sonrió al verlas.
Mamá… y mamá… susurró.
Isabel fue la primera en besarle la frente.
Tranquila, hija, estoy contigo dijo, y Verónica se sentó al lado.
Ahora todo irá bien, no estás sola le arropó Verónica.
Se quedaron mucho tiempo hablando con su hija. De muchas cosas.
Desde entonces Lucía tiene dos madres, luego vino marido y dos hijos. Isabel y Verónica comparten una sola hija. De cuando en cuando se reúnen todos.
Gracias por leernos, por los suspiros y vuestra compañía. ¡Suerte y salud, que nunca falten!




