Una equivocación feliz… Crecí en una familia incompleta, sin padre; mi madre y mi abuela me criaron y sentí la necesidad de un padre desde la época del parvulario. ¡Sobre todo en los primeros cursos de primaria! Moría de envidia por los compañeros que paseaban con sus padres altos y varoniles, jugaban y montaban en bicicleta o en coche con ellos. Me daba muchísima rabia ver cómo los padres besaban a sus hijas o hijos, los cogían en brazos y reían juntos. Pensaba: “¡Qué felicidad debe de ser eso!” A mi propio padre sólo lo veía en una foto, sonriendo como todos los demás, pero no a mí… Mi madre decía que era polarista, viviendo en el lejano norte, tanto que no podía venir, pero enviaba regalos de cumple religiosamente. En tercero descubrí con gran amargura que no existía ningún padre polarista… Nunca lo hubo. Oí a mi madre admitirle a mi abuela que ya no podía seguir fingiendo, ni comprar regalos en nombre de un padre que la había traicionado y nunca llamó ni felicitó a su hijo. “Artemio adora esas fiestas… Son los únicos días que siente algo de apoyo, aunque sea de un padre lejano y mágico”. Así que antes del cumpleaños les pedí que no me hicieran regalos “del padre que no existe”. “Sólo hacedme mi tarta favorita, ‘Leche de Pájaro’, y basta”. Vivíamos modestamente con las dos nóminas. Al ser universitario empecé a trabajar de mozo de almacén en la estación y en tiendas. Un vecino me ofreció suplirle como Papá Noel visitando casas en Navidad. De los jardines de infancia pasé de inmediato; eso requería actuaciones. Pero acepté los trabajos en domicilios particulares. Me dio un cuaderno con poesías e indicaciones. No era tan complicado memorizarlo, aunque temía meter la pata. Pero, para mi sorpresa, la primera vez salió bien. Cuando, exhausto pero satisfecho, sumé lo ganado, casi dancé de alegría. Ningún trabajo de medio año me había dado tanto. Así empecé a ejercer de Papá Noel cada invierno. Mientras estudiaba, mi vida personal no avanzaba mucho: la carrera, trabajos esporádicos… Salía con chicas, pero nunca pensaba en boda. “Ya me casaré cuando acabe la universidad, tenga trabajo y buen sueldo… Entonces formaré familia”, soñaba yo. Al graduarme y trabajar de ingeniero, aunque en puesto modesto, quise comprarme un coche de segunda mano. El dinero familiar no llegaba, así que decidí volver a trabajar de Papá Noel. Mi madre buscó mi disfraz, lo renovó con más brillos, y la barba blanca y poblada escondía bien mi cara. Me puse cejas postizas y, al verme, me gustó el resultado. Mi madre suspiró: — Artemio, ya va siendo hora de que tú mismo tengas tus hijos en vez de hacer de Papá Noel para los demás. — ¡Todo llegará! — le contesté, besándola en la mejilla antes de salir a trabajar. Una semana antes de Nochevieja puse un anuncio en el “Diario de la Ciudad”, y recibí quince encargos. Tras visitar seis domicilios, revisé la siguiente dirección: “calle del Jardín, 6, piso 19”. Bajé del autobús y caminé por esa calle periférica, mal iluminada, hasta el portal 6. Subí al segundo piso y llamé. Abrió un niño de cinco o seis años. — En mi cabaña junto al bosque yo vivo… — empecé mi verso. Pero me interrumpió: — ¡Nosotros no hemos llamado a Papá Noel! — A los niños buenos voy aunque no me llamen — respondí con agilidad. — ¿Está mamá o papá? — No, mamá ha ido al bloque de al lado a ponerle una inyección a la abuela Toñi. — ¿Cómo te llamas? — Artemio. “Vaya, tocayo”, pensé, sorprendido. Pero no podía decírselo, yo era Papá Noel. — ¿Y el árbol? — En mi cuarto. Me llevó de la mano a una habitación modesta. En vez de árbol, una rama de abeto decorada en un bote de cristal y dos marcos iguales sobre la mesa: un hombre y una mujer. Me fijé mejor y… Me quedé helado. ¡Era yo! No puede ser… Claramente, la foto de mi época universitaria junto a la de una chica: Elena Gornova, con quien coincidí en una brigada estudiantil de construcción aquel verano. Su foto actual mostraba una mujer hermosa, dulce pero triste, muy parecida a la alegre Elena joven. — ¿Quién es? — logré preguntar, casi sin voz. — Mi madre. — ¿La tuya?.. — Sí. — ¿Se llama… Elena? — se me escapó. — ¡Qué bien! ¡Usted sí que es Papá Noel de verdad! Yo pensé que no existían. — ¿Y este? — señalé mi propia imagen, intuición latiendo. — ¡Mi padre! Es un auténtico polarista, vive y trabaja en un bloque de hielo gigante y se fue cuando era muy pequeño. Nunca le vi ni recuerdo. Pero me manda siempre regalo por mi cumpleaños y Navidad. Este año Papá Noel pondrá su regalo bajo mi almohada. Me quedé en shock, recordando aquel “padre polarista” de mi infancia. ¿Será que todas las madres llaman “polarista” a los padres ausentes y los mandan a Norte lejano? Al parecer, yo era uno de esos padres. Sentí una punzada en el alma. Recordé mi corto y apasionado romance con Elena… Nos intercambiamos teléfonos, pero al volver a casa nunca la llamé y pronto me robaron el móvil. Muchas veces la recordé, pero el estudio y los amigos la borraron poco a poco. Pero ella vivía cerca y, lejos de olvidarme, criaba sola a nuestro hijo, poniendo mi foto junto a la suya. Iba a confesarle a Artemio que yo era su padre cuando entró Elena: — Hijo, perdona la tardanza. A la abuela Toñi tuvo que llevársela la ambulancia al hospital. Al verme exclamó: — ¡Vaya, no hemos pedido a Papá Noel! Me caían lágrimas de felicidad. Me quité gorro, barba y cejas. — ¡Artemio! — se asombró Elena. Se sentó sobre el puf y lloró tan fuerte que hasta el pequeño Artemio se asustó. Pero ante su hijo se recomponía rápido. Le conté que volé desde el norte y me convertí en Papá Noel para sorprender a él y a su mamá. El niño no cabía en sí de felicidad: reía, cantaba, recitaba versos. Se quedaba cerca de nosotros, agarrándonos la mano, como temiendo que me fuera otra vez. Del regalo ni se acordaba. Sabía que Papá Noel pondría el de su padre bajo la almohada. Artemio se quedó dormido, y Elena y yo charlamos hasta el amanecer, como si nunca hubieran existido los años separados. Por la mañana bajé a comprar otro regalo y entonces descubrí que me había equivocado de portal: entré por el número 6A, en vez del 6. No vi la letra por la noche y fui al piso equivocado. Aunque no… ¡al más acertado para mí! “Qué feliz y afortunada equivocación”, pensaba sonriendo. Ahora somos tres. ¡Somos muy felices! Y mi madre y mi abuela no pueden alegrarse más del nieto y bisnieto: ¡Artemio Artemiov!

Life Lessons

Mira, te voy a contar una historia que todavía me pone la piel de gallina cada vez que la recuerdo. Yo crecí en una familia un poquito rota: mi padre nunca estuvo presente. Así que la que sacó adelante todo en casa fue mi madre, con la ayuda enorme de mi abuela. Desde que era bien pequeñito, allá en la guardería, yo ya sentía ese hueco del padre que nunca tuve. Pero en primaria, la cosa se volvía más dura

Me moría de envidia viendo a mis amigos salir por el Retiro agarrados de la mano de sus padres, todos altos, fuertes jugaban al fútbol, les llevaban en bici, en coche Lo peor era al ver a esos padres abrazando a sus hijos, cogiéndolos en brazos o riendo juntos. Yo pensaba, ¡Eso sí que es felicidad!.

A mi padre, bueno, solo lo conocía de una foto vieja en la que él sonreía, pero no para mí. Mi madre me contaba que era marinero y que vivía por el norte, en Galicia, tan lejos que no podía venir. Siempre decía que trabajaba mucho y, eso sí, nunca faltaban los regalos en mis cumpleaños.

Pero en tercero de primaria, de rebote, me enteré de la verdad. Escuché a mi madre decirle a la abuela que ya no tenía ganas de mentirme, ni de seguir regalando cosas en nombre de ese padre que en realidad nos había dejado tirados. Y que, aunque tenía dinero, jamás me llamaba ni por mi santo ni por Nochebuena. Ella decía que para mí esos días eran especiales porque, por lo menos, sentía el cariño de un padre a través de sus regalos.

Antes de mi siguiente cumpleaños, les solté que ya no quería más regalos de ese padre fantasma. Solo hacedme mi tarta favorita y listo, les dije. Yo era fan total de la tarta de Santiago que hacía mi abuela.

Te puedes imaginar, vivíamos muy justos con lo que ganaban mi madre y mi abuela. Así que, cuando entré en la universidad, me busqué un curro de reponedor en El Corte Inglés y porteando maletas en Atocha. Un día, mi vecino Javi me ofreció que le sustituyera como Papá Noel en las visitas a casas y guarderías antes de Nochevieja. Yo pasé de los coles, eso me parecía demasiado complicado con tanto teatro y muñecos. Pero sí acepté los pedidos de familias, para ir vestido de Papá Noel en Nochevieja, solo en los pisos.

Javi me dejó un cuaderno con poesías y acertijos y la lista de direcciones. Lo pillé rápido esto no era como aprobar cálculo en la uni, ¿eh? Aunque el miedo al ridículo me pesaba. Pero fíjate que la primera vez salió fenomenal; los niños fliparon y yo, cansado pero orgulloso, al llegar a casa conté los billetes Casi me pongo a bailar, porque en una semana gané más que en seis meses moviendo cajas. Así me enganché a ser Papá Noel año tras año, y los veranos los pasaba en cuadrillas de construcción estudiantil.

Mientras estudiaba, mi vida amorosa era un desastre Sin tiempo, ya sabes, solo alguna relación breve. Pensaba: Cuando acabe la carrera, consiga buen trabajo y piso, ya pensaré en el tema de la familia.

Cuando por fin terminé la carrera y trabajaba de ingeniero en una empresa de Madrid, busqué comprarme un coche de segunda mano. En casa ya había algo de dinero, pero no suficiente. Así que otra vez me puse el traje de Papá Noel para sacar un dinerillo extra.

Mi madre sacó de lo más hondo del armario el viejo disfraz, lo limpió, le cosió lentejuelas y me acomodó la barba blanca de algodón. Me pinté unas cejas tupidas y, mirando al espejo, pensé que ni mis amigos me reconocerían.

Mi madre, con esa sabiduría de abuelas: Ya tendrías que estar animando a tus propios hijos, no a los de otros. Yo me reí: Todo a su tiempo, mamá. Deséame suerte. Le di un beso y me fui dispuesto a currar.

Una semana antes de Nochevieja, puse un anuncio en el ABC y me llamaron quince familias. Pasé por varios pisos y, tachando direcciones en la lista, leí la siguiente: Calle Hortaleza, 18, 3ºC. Me bajo del metro y, aunque la calle estaba medio oscura cerca de la Plaza de Chueca, encontré rápido el portal.

Me abrió la puerta un niño de cinco o seis años. Solté mi saludo habitual: Desde los bosques helados vengo a verte Pero el niño me cortó: No hemos llamado a ningún Papá Noel. Eso da igual, yo vengo a ver a los niños buenos, le respondí, improvisando un poco. ¿Está tu madre o tu padre en casa?. No, mi madre está con la abuela Carmen poniéndole una inyección, volverá pronto.

¿Y tú cómo te llamas?. Alonso, me dijo. Y aquí flipé. Anda, igual que yo, pensé, pero mejor no dije nada, que no se note.

¿Dónde está la decoración del árbol?. En mi cuarto. Me lleva de la mano y veo que el piso era de lo más modesto. En una mesa pequeña había una ramita de pino metida en un bote con pelotitas y una guirnalda. Al lado, dos fotos en marcos iguales: un hombre y una mujer.

Me acerqué Y ahí casi se me cae la barba al suelo. ¡La foto del hombre era yo, de joven, con mi chupa de la uni! Y la de la mujer era Lucía González, una chica con la que tuve un romance en una cuadrilla de verano. En la foto se la veía cambiada, triste, pero igual de guapa que cuando éramos estudiantes.

Le pregunté, tartamudeando: ¿Quién es ella?. Mi madre.
¿Lucía?. ¡Sí! Muy bien, ¿cómo lo sabes? ¿De verdad eres Papá Noel?. Y va y señala mi foto: Ese es mi padre, él es marinero y vive en una isla muy lejana. Mi madre dice que se fue hace mucho y que nunca lo he visto, pero siempre me manda regalos en mi cumple y en Nochevieja. Este año seguro que me deja algo bajo la almohada, Papá Noel siempre los esconde allí.

Te juro que me quedé paralizado, recordando lo de mi padre marinero. ¿Será que todas las madres llaman marineros a los padres que desaparecen? De golpe sentí un dolor brutal. Recordé aquel verano con Lucía Al despedirnos, nos dimos los números pero, al volver a Madrid, nunca la llamé, y encima a los pocos días me birlaron el móvil. Muchas veces la tuve en la cabeza, pero los estudios y la vida hicieron que me olvidara

Y resulta que ella seguía aquí, en la ciudad, cuidando sola a nuestro hijo y poniendo mi foto junto a la suya. Cuando iba a contarle a Alonso que yo era su padre, se abrió la puerta y entró Lucía, nerviosa y cansada: Perdona, hijo, tardé porque a la abuela Carmen la han llevado de urgencias al hospital.

Me vio, y casi se cae del susto: ¡Pero si nosotros no hemos llamado a ningún Papá Noel!. Se le trabó la voz y le saltaron las lágrimas. Me quité gorro, barba y cejas falsas. ¿Alonso?, se quedó sin habla y se sentó como si le hubieran cortado las piernas. Se soltó a llorar, tan fuerte que el peque casi se asusta.

Lucía se recompuso enseguida al ver a su hijo, y yo le conté que venía de Galicia de marinero reconvertido en Papá Noel para darles la sorpresa. Alonso estaba tan feliz, nos recitó poesías, cantó, y no nos soltaba la mano ni por un segundo, temiendo que me fuera otra vez.

El regalo ni lo mencionó, sabía que Papá Noel se ocupa de dejarlo bajo la almohada. Cuando Alonso se quedó dormido, Lucía y yo hablamos hasta que amaneció, como si no hubieran pasado los años. Por la mañana, fui al Corte Inglés a comprar otro regalo y entonces me enteré de que me equivoqué de edificio: entré al 18C cuando era el 18, sin la C. Por la noche, con los nervios, no vi la letrita ¡Pero qué bendita equivocación!

Ahora estoy con Lucía y Alonso, y somos una verdadera familia. Mi madre y mi abuela están que no caben de alegría, tienen nieto y bisnieto: Alonso Alonso. ¿Ves? A veces la suerte nos da la vuelta a la vida de la forma más increíbleDesde ese año, cada finales de diciembre, Alonso coloca sobre la ramita de pino, junto a las fotos antiguas, una nueva donde salimos los tres, con gorros rojos y sonrisas enormes. Ya no hace falta esconder regalos bajo la almohada: celebramos juntos, el uno para el otro, con abrazos, canciones y la tarta de Santiago que prepara la abuela, rodeados de risas y el calor que siempre soñé de pequeño.

Dicen que a veces los errores te llevan justo al lugar donde deberías estar. Yo me equivoqué de puerta, sí, pero encontré por fin la respuesta al hueco de mi infancia: nunca fue un regalo lo que hacía falta, sino la oportunidad de estar presente. Y ahora, cuando me preguntan cómo fue mi mejor Navidad, sonrío y pienso en ese pasillo oscuro, el niño que me abrió la puerta y la voz temblorosa de Lucía, y sé que por fin llegué a casa.

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