Una amiga invitó a sus propios invitados a celebrar su cumpleaños en nuestra casa de campo sin pedir…

Life Lessons

Hace seis años, mi esposa y yo compramos una casa de campo acogedora en los alrededores de Toledo. Nos embarcamos juntos en la reforma, arreglando cada rincón y cuidando el jardín con nuestras propias manos, procurando escaparnos allí cada fin de semana o, al menos, cada quince días.

Realmente, nunca cultivamos una huerta propiamente dicha. Solo pusimos una pequeña parcela con pepinos, tomates, hierbas aromáticas, cebollas, calabacines y pimientos. Es decir, solo lo imprescindible, pero poquito a poco sin agobiarnos.

La finca tenía ya matas de frambuesas y grosellas y también unos cuantos plantones de fresas floreciendo en primavera. Muchas veces cogía algo de fruta y la llevaba a la oficina, compartiéndola con mis compañeros. Por supuesto, a todos les hacía muchísima ilusión.

Este año, llegaron algunos cambios en el trabajo y una compañera llamada Nerea se incorporó a nuestro departamento. Me pareció muy amable y correcta. Justo coincidió que llevé al trabajo un bol con fresas recién cogidas y, por supuesto, le ofrecí. Le encantaron.

No tardó en alabar el sabor de las fresas y enseguida empezó a preguntarme de dónde venían y cómo era nuestra casa de campo. Me hizo ilusión contarle todo con detalle; a fin de cuentas, estaba orgulloso de lo que habíamos conseguido mi mujer y yo.

A los pocos días, Nerea vino y me pidió las llaves de la casa rural. Su hija, que estaba de baja por maternidad, quería ir allí unos días con los niños, para que respirasen aire puro y se alejaran del bullicio de Madrid. Insistió en que nosotros no la íbamos a usar esa semana y así su hija podría descansar un poco del estrés de la vida urbana.

Por supuesto, le dije que no. Nerea se ofendió un poco, pero no insistió.

Unas dos semanas más tarde, otra compañera del departamento de Nerea, Verónica, se acercó y me preguntó cómo podía llegar a nuestra casa de campo. Al preguntarle la razón, me contó que Nerea había invitado a varios compañeros de oficina a celebrar su cumpleaños en mi casa y que cada uno debía llegar por su cuenta.

Me quedé atónito.

Fui a hablar con Nerea y le pregunté directamente qué pretendía.

¿Qué pasa? me respondió, muy sonriente. Si solo vamos a celebrar mi cumpleaños allí un día, no vamos a quedarnos a dormir ni nada. No te importará, ¿verdad?

Pues sí, me importa. Me importa el trabajo que hemos puesto mi mujer y yo, y no quiero que nadie destroce el césped, las flores, los arbustos ni nuestra casa.

Además, ni siquiera tuvo el detalle de invitarme, ni mucho menos de pedirme permiso.

Volví a decirle que no. Se molestó otra vez, pero sinceramente ya me daba igual. Hace años que comparto la fruta de la finca con mis compañeros, pero nadie había tenido nunca la poca vergüenza y el atrevimiento de Nerea.

Al final, he aprendido que ser generoso está muy bien, pero siempre hay que poner límites, porque no todo el mundo sabe apreciarlo ni respeta el esfuerzo que uno pone en las cosas propias.

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