Mira, te voy a contar una cosa que me ha dejado pensativa. Tengo una amiga, Clara, que hace poco acabó ingresada en un hospital de Madrid por una enfermedad que ya empieza a sonar por todas partes. La suya fue de las feas, le pilló fuerte a los dos pulmones y todo. El rollo es que, durante el ingreso, la echaron del trabajo. Como imaginas, cuando por fin volvió a casa, nadie le metió prisa para buscar curro, que tal y como están las cosas en España ahora mismo, la gente se agarra a su empleo como un pulpo a una roca. Encontrar trabajo en una empresa buena ahora es una odisea, y menos aún como cajera del Carrefour, porque la enfermedad le había dejado echa polvo. Así que, mientras tanto, se puso a buscar algo más en su línea, pero desde el sofá de casa, tranquilamente.
Total, que ya que estaba en casa y tenía tiempo, decidió ponerse con una limpieza a fondo, que nunca viene mal. Empezó ordenando el escritorio del ordenador y, de repente, se encontró con una libreta. De verdad, no recuerda haberla visto nunca antes por casa, ni idea de dónde salió. Pensó que igual era el típico cuaderno donde apuntas números de teléfono antiguos o alguna dirección de exnovios. Pero la abre y ¡zas!, se le desparraman un montón de recibos. Pero eso no fue lo que más le chocó, lo fuerte fue ver que, en cada página, su marido, Javier, había ido anotando a mano todas las compras que él había hecho para ella: crema hidratante, vitamina D, las inyecciones del hospital y hasta unas sesiones de fisio.
Te juro que a Clara le temblaban las manos del susto. En ese momento entendió que Javier había ido apuntando con todo detalle cada compra que hacía por ella, y lo iba sumando con todas las demás. Unas cuantas páginas más adelante, vio que él lo había ido calculando todo, y ahí fue donde mi amiga se enteró que, según la cuenta del marido, le debía ya casi 100.000 euros. Todo, hasta las compras del súper y las medicinas, estaba ahí apuntado.
De verdad que flipé con la templanza de Clara. No salió corriendo a llamar a nadie ni a hacer dramas. Ni le gritó ni le montó el pollo, ni siquiera pensó en ponerle sal de frutas en las lentejas. Se esperó tranquilita a que Javier volviera de trabajar, le preparó la cena, le escuchó contar sus historias del curro, y ya, cuando estaban en la sobremesa, le preguntó, pero con toda la educación del mundo, sin soltar una mala palabra.
Y claro, Javier, más ancho que largo, le dice: “¿Y qué problema hay? Si antes de vivir juntos llevábamos cuentas separadas, ¿no? Ahora simplemente he seguido invirtiendo por mi cuenta. Así que cuando vuelvas al trabajo y empieces a ingresar, pues ya irás poniendo tú más para compensar, hasta saldar la deuda, ¿vale? Y así, cuando ahorremos, igual hasta puedo pillarme un portátil nuevo, que el mío ya no tira ni para jugar al parchís online”.
De verdad, yo escuchaba a Clara y no sabía si reírme o llevarme las manos a la cabeza. Cosas de la vida, chica, cosas de aquí, de casa.




