Un regalo tardío

Life Lessons

El autobús se estremeció y doña Carmen Alonso se aferró al pasamanos con ambas manos, sintiendo el plástico rugoso hundirse apenas bajo sus dedos. La bolsa con la compra golpeó contra sus rodillas y las manzanas rodaron sordamente dentro. Permanecía junto a la puerta, contando mentalmente las paradas hasta la suya.

En el oído zumbaban suavemente los auricularessu nieta le había pedido que no los apagara: Abuela, por si acaso te llamo. El móvil reposaba pesado como una piedra en el bolsillo exterior del bolso. Carmen volvió a comprobar que la cremallera estuviera bien cerrada.

Ya se imaginaba entrando en su piso: dejaría la bolsa sobre el taburete en el recibidor, se cambiaría de zapatillas, colgaría el abrigo y doblaría la bufanda con método. Luego repartiría la compra, pondría el puchero al fuego. Por la tarde vendría su hijo a recoger los tuppers; tenía turno, apenas le daba tiempo a cocinar nada.

El autobús frenó de golpe, las puertas se abrieron. Carmen bajó los escalones con precaución, aferrada a la barandilla, y salió hacia su portal. En el patio, niños corrían tras un balón, una niña en patinete estuvo a punto de rozarla antes de girar bruscamente. Desde el portal llegaba olor a pienso de gato y a humo de tabaco.

En el recibidor, Carmen dejó la bolsa y se quitó los zapatos, empujándolos cuidadosamente hacia la pared con la punta. Colgó el abrigo en el gancho, la bufanda sobre la repisa. En la cocina fue repartiendo: las zanahorias con las demás hortalizas, el pollo al frigorífico, el pan a la panera. Sacó la olla, llenó con agua hasta cubrir la palma de la mano.

El móvil vibró sobre la mesa. Carmen secó sus manos en el trapo y lo acercó.

Sí, Daniel dijo, acercando la voz, como si así oyera mejor a su hijo.

Hola, mamá. ¿Qué tal? la voz apresurada de Daniel se colaba sobre algún ruido de fondo.

Bien, pongo el puchero. ¿Vas a venir?

Sí, en un par de horas me paso. Oye, mamá, otra vez han pedido dinero en la guardería, para arreglos del aula. ¿Podrías? el hijo dudó. Igual que la vez pasada.

Sin dejar de escuchar, Carmen rebuscaba ya en el cajón de los papeles, donde la libreta gris con los gastos.

¿Cuánto necesitas? preguntó.

Si pudieras, ciento cincuenta euros. Claro, entre todos aportan, pero ya sabes una exhalación. Las cosas no andan fáciles.

Te entiendo respondió ella. Está bien, te los doy.

Gracias, mamá. Eres un sol. Luego paso y me lo llevo. Y tu puchero, el de siempre.

Terminada la llamada, el agua de la olla ya empezaba a hervir. Carmen echó el pollo, un pellizco de sal, la hoja de laurel. Se sentó con la libreta abierta. En la columna de pensión estaba la cantidad escrita con buena letra, debajo: luz, medicinas, nietos, imprevistos.

Añadió la palabra guardería y la cifra, deteniendo el bolígrafo un segundo. Las cantidades bajaban más de lo que le gustaría, pero tampoco era drama. Bueno, se sale adelante, pensó, cerrando la libreta.

En la nevera colgaba un imán con un pequeño calendario. Abajo, en letras impresas: Centro Cultural. Abonos temporada. Música clásica, jazz, teatro. Descuentos para jubilados. Se lo había dado su vecina Pilar con un trozo de tarta en su cumpleaños.

Carmen se sorprendía leyéndolo siempre que ponía el agua para el té. Esa tarde, otra vez se le quedó la vista en abonos. Recordó cómo, antes de casarse, iba a la Filarmónica con su amiga. Las entradas costaban poco, pero había que hacer cola bajo la lluvia, temblando, bromeando para pasar el frío. Aún llevaba el pelo largo, recogido en moño, su mejor vestido y sus únicos zapatos de tacón.

Ahora imaginaba la sala, llevaba años sin pisar ninguna. Sus nietos la arrastraban a funciones escolares, pero eso era distinto: allí ruido, serpentinas, ruido de palmas, caos. Esto era otra cosa. Ni siquiera sabía qué conciertos daban. Ni a quién le interesaría ir hoy.

Retiró el imán, le dio la vuelta. Detrás, una web y un número de teléfono. Lo de la web no le decía nada, pero el número Volvió a poner el imán en la puerta, pero la idea ya no se iba.

Tonterías se reprendió. Mejor guardo para la chaqueta de la niña, que está creciendo y todo está tan caro.

Se levantó, bajó el fuego, volvió al asiento, pero no abrió la libreta. Sacó el viejo sobre donde reservaba algo para apuros. Había algunos billetes ahorrados en los últimos meses. No era mucho, pero alcanzaba si la lavadora fallaba o debía hacerse análisis.

Pasó los billetes entre los dedos mientras calculaba. En la cabeza zumbaba el anuncio del imán.

Esa tarde, Daniel llegó. Se quitó la chaqueta, colgó las bolsas, sacó los tuppers.

¡Anda, cocido! se alegró. Mamá, como siempre. ¿Tú has comido?

Sí, sí, siéntate y sírvete. El dinero lo tengo preparado sacó el sobre, contó con cuidado los ciento cincuenta euros.

Deberías anotar lo que te queda le dijo Daniel al recibirlos. No vaya a ser que luego no te alcance.

Todo lo apunto replicó ella. Tengo todo en orden.

Eres la contable oficial bromeó él. Por cierto, ¿puedes venir el sábado otra vez? Carmen y yo tenemos que hacer la compra grande, no hay con quién dejar a los niños.

Claro, qué voy a tener que hacer yo asintió.

Daniel le contó anécdotas del trabajo, del jefe, de las nuevas normas. Cuando calzándose en el recibidor se giró:

Mamá, ¿tú te compras algo alguna vez? Solo gastas en los nietos y en nosotros.

Si yo tengo de todo contestó. ¿Para qué más?

Él se encogió de hombros:

Bueno, tú sabrás. Te veo entre semana.

Cuando la puerta se cerró, el piso recobró su calma. Carmen fregó los cacharros, limpió la mesa. Miró el imán de la nevera. Recordó la pregunta de su hijo: ¿Te compras tú algo algún día?

A la mañana siguiente, tras despertar, permaneció un largo rato mirando el techo. Los nietos en el colegio, Daniel en el trabajo. Nadie esperaba visita; tenía el día libre, pero lleno de pequeñas tareas: regar plantas, pasar el polvo, revisar periódicos atrasados.

Hizo unos estiramientos, como le recomendó el médico; preparó el té, echó la hoja suelta en la taza. Mientras hervía el agua, volvió a coger el imán de la nevera.

Centro Cultural. Abonos

Agarró el teléfono y marcó el número que figuraba en letra pequeña. El corazón le palpitaba más rápido. Sonó el tono tres veces. Contestó una voz femenina:

Centro Cultural, taquilla, dígame.

Buenos días saludó Carmen, sintiendo la boca seca. Quería preguntar lo de los abonos.

Por supuesto, ¿para qué ciclo está interesada?

Yo no lo sé. ¿Qué ofrecen?

La mujer enumeró: orquesta sinfónica, música de cámara, noches de romance, programas infantiles.

Para jubilados hay descuento añadió. Pero el abono sigue siendo un dinero. Son cuatro conciertos.

¿Y de uno en uno?

Puede, pero sale más caro. El abono compensa.

Carmen pensó en su libreta, en el sobre del cajón. Preguntó el precio. La cifra le pareció un peso. Podía, claro, pero eso dejaría poco para apuros.

Piénselo aconsejó la mujer. Los abonos se agotan pronto.

Gracias dijo, colgando.

El hervidor silbó. Sirvió el agua, se sentó, abrió la libreta. Escribió en una hoja: Abono. Apuntó la cifra y, tras pensarlo, Cuatro conciertos.

Haciendo cuentas, ¿cuánto al mes? Calculó. No era tanto. Podía recortar en dulces, atrasar la peluquería, arreglarse el pelo ella sola.

Pensó en los nietos. El pequeño quería una caja nueva de construcciones, la mayor deportivas de baile. Su hijo y nuera suspiraban por la hipoteca. Y ahí, su deseo, tan pequeño, tan impropio, como si pretendiera colarse en algo prohibido.

Cerró la libreta, sin decidirse. Se puso a fregar el suelo, a ordenar ropa. Pero la idea del auditorio no se apagó.

Tras la comida, sonó el timbre. Era Pilar, la vecina, con un tarro de pepinillos en salmuera.

Toma, que no tengo sitio para tantos. ¿Qué tal estás?

Aquí ando sonrió Carmen. Estaba pensando

Dudó un instante. Decirlo en voz alta daba apuro.

¿Pensando en qué? Pilar se acomodó y sacó el ganchillo de la bolsa.

En un concierto suspiró Carmen. Han sacado abonos en el centro cultural. Iba mucho de joven. Ahora dudo es caro.

Pilar arqueó una ceja.

¿Y qué me preguntas? Si te apetece, ve.

El dinero balbuceó Carmen.

El dinero Pilar gesticuló, restando importancia. Siempre has ayudado a todos. ¿No le diste hoy a tu hijo? ¿No compras regalos a los nietos? Y tú, con la misma bufanda y abrigo de siempre. ¿No puedes una vez gastar en música para ti?

No sería sólo una vez, corrigió Carmen. Antes también iba.

Eso era cuando el cine costaba veinte pesetas rió Pilar. Hoy es otro mundo. Pero es tu dinero, no lo pides al nadie.

Me dirán que es tontería musitó Carmen, que mejor para los nietos.

Pues no les digas nada se encogió de hombros Pilar. O dices que fuiste al ambulatorio. Pero vamos, tampoco tienes que esconderte. Eres una mujer hecha y derecha.

A Carmen le dolió la frase. Sintió dentro algo mezcla de disgusto y vergüenza.

Al ambulatorio ya voy demasiado dijo. Pero aún así da miedo. Y si luego no puedo subir, si hay escaleras, si me falla el corazón

Que no, que hay ascensor restó importancia Pilar, y sentada estarás. Mira yo, al teatro el mes pasado, y nada, sólo las piernas molidas.

Charlaron otro rato sobre noticias y el precio de los medicamentos. Una vez sola, Carmen volvió a coger el teléfono. Marcó Taquilla y, antes de arrepentirse:

Quiero reservar un abono para noches de romance.

Le explicaron que debía ir en persona con su DNI. Apuntó la dirección y horario en un papel y lo pegó a la nevera con el imán. El corazón le latía rápido.

Por la noche llamó su nuera.

Carmen, ¿seguro que puedes venir el sábado? preguntó. Queremos ir a por electrodomésticos, hay rebajas.

Sí, no te preocupes.

Gracias, de verdad. Ya te traeremos algo: ¿té, toallas nuevas?

No hace falta nada. Tengo de todo.

Al colgar, miró el papel de la nevera: la taquilla cerraba a las seis, tendría que salir antes.

Aquella noche soñó con el auditorio: butacas rojas, luces, gente elegante. Se veía sentada en el centro, con el programa en las manos, temerosa de molestar.

Al despertar, el pecho le pesaba. ¿A qué santo me meto en líos?, pensó. Tanto jaleo

Pero el papel seguía allí. Después de desayunar sacó su mejor abrigo, lo sacudió, comprobó los botones, eligió bufanda y zapatos cómodos. Al bolso guardó DNI, monedero, gafas, pastillas para la tensión y una botellita de agua.

Antes de salir, se sentó un minuto en el banco del recibidor, escuchándose por dentro. Ni mareo ni temblor. Vamos, a por ello, murmuró antes de cerrar la puerta.

La parada quedaba cerca, pero fue despacio, contando pasos. El bus llegó muy pronto. Dentro, lleno, un chico le cedió el asiento. Carmen agradeció y se sentó junto a la ventanilla, apretando la bolsa.

El Centro Cultural estaba a dos paradas del centro. Un edificio alto con columnas y carteles coloridos. Junto a la puerta, dos mujeres charlaban. El vestíbulo olía a madera vieja y dulces del bar.

La taquilla, tras un cristal, la atendió una mujer amable. Carmen entregó el DNI y mencionó el ciclo elegido.

Descuento de jubilada repitió la empleada. Tiene suerte, quedan buenas butacas en el centro.

Señalaba el plano, pero apenas entendió nada. Asintió, confiando.

Al oír el precio, la mano de Carmen tembló al sacar el dinero. Por un segundo pensó en echarse atrás, decir que volvería otro día. Mas la fila detrás apuraba, alguien carraspeó, y, sin mirar, depositó los billetes.

Aquí tiene su abono, dijo la cajera, entregando una cartulina con fechas. El primer concierto en dos semanas. Llegue con tiempo, busque tranquila su asiento.

El abono era precioso: foto del auditorio en portada, el programa impreso con mimo. Carmen lo guardó entre el DNI y la libreta de recetas en su bolso.

Al salir, las piernas le flaquearon. Se sentó en el banco, bebió un poco. Unos adolescentes fumaban al lado, hablaban sobre música que ella nunca había escuchado. Se descubrió escuchando como si oyeran otro idioma.

Pues eso, ya está pensó. Comprado. Ahora no me echo atrás.

Las dos semanas pasaron entre la rutina. Los nietos cayeron malos; cuidó, hizo compotas, tomó termómetros. Daniel traía la compra, recogía tuppers. Varias veces tuvo la tentación de contarle lo del abono, pero siempre cambiaba de tema.

El día del primer concierto amaneció nerviosa, como antes de un examen. Dejó la cena hecha, llamó a su hijo:

Esta tarde no estaré en casa. Si pasa algo, avísame antes.

¿Adónde vas? preguntó sorprendido.

Vaciló. No quería mentir, pero tampoco confesarlo.

Al Centro Cultural dijo. A un concierto.

En la línea, un silencio.

¿A un concierto? ¿Te hace falta? Que si encima te pones mala, con tanto jaleo

No es una discoteca explicó. Es música de romances.

¿Y quién te ha liado?

Nadie. Me lo he comprado yo.

La pausa fue mayor.

Mamá ¿de verdad? Que sabes cómo andamos. Eso podías guardarlo para

Lo sé lo cortó. Pero este dinero es mío.

La firmeza la sorprendió incluso a ella. Dudó ante una posible regañina.

Bueno suspiró Daniel. Son tuyos, cierto. Solo que luego no protestes si algo falta. Y no cojas frío ni te pierdas. A tu edad

A mi edad le interrumpió se puede ir a escuchar música. No voy a escalar el Everest.

Ahora él sonaba más blando:

Vale, vale. Pero llámame al llegar, por si acaso.

Lo haré prometió.

Tardó en recobrar la calma. La sensación era la de haber hecho algo osado, casi impropio. Pero no quería echarse atrás.

Al caer la tarde se vistió con su mejor vestido azul marino, zapatos de tacón bajo, medias sin carreras. Se peinó con esmero, domó con paciencia los remolinos del pelo.

Ya oscurecía al salir. Las vitrinas se reflejaban en la acera, la parada del bus llena de gente. Llevaba la bolsa bien apretada en la mano: abono, DNI, pañuelo, pastillas.

En el autobús, apretado, alguien le pisó el piese disculparon. Ella contaba mentalmente las paradas. Al llegar, descendió con cuidado.

En la puerta del Centro Cultural se juntaba gente de toda edad: parejas de jubilados, mujeres jóvenes, algún chico en vaqueros. Carmen sintió relajarse un pocono era la mayor allí.

En el guardarropa dejó el abrigo, cogió el número y permaneció un instante dudando. Luego, guiada por el letrero Sala, avanzó apoyándose en el pasamanos.

Dentro, solo unas luces mínimas sobre los asientos. Una acomodadora confirmó su sitio:

Fila sexta, asiento nueve. Por allí, señora.

Buscó la butaca, murmurando disculpas cuando alguien tenía que levantarse. Se sentó, depositó la bolsa en el regazo. El corazón latía, ahora de expectación.

A su alrededor, murmullos, el pasar de programas. Ella leyó el suyo, rastreando nombres de piezas: los romances no le sonaban, pero entre los compositores descubrió uno cuyas canciones había escuchado en la radio de joven.

La sala se fue oscureciendo. La presentadora habló un momento. Carmen escuchaba ya sin atender las palabrasimportaba estar allí, entre gente, y no en la cocina de su casa.

El primer acorde la recorrió como un escalofrío. La voz de la intérprete, profunda y algo ronca, hablaba de amor, de partidas, de caminos lejanos. No le resultaban ajenos. Se acordó de ella misma, en otra ciudad, otro tiempo, junto a alguien que llevaba años sin estar.

Le picaban los ojos, pero no lloró. Solo apretó la bolsa entre las manos y escuchó. Lentamente, fue notando que el cuerpo se destensaba, la respiración volvía. La música llenaba el aire, y su vida se pareció menos a una sucesión de sacrificios y más a algo propio.

En el descanso, piernas cansadas y espalda algo rígida, salió a estirar. Mucha gente conversaba, comentaba la función. Otros tomaban té en vasos de plástico, mordiendo pastelitos. Carmen, por un capricho, compró una chocolatina que normalmente habría reprochado como gasto.

Qué rica murmuró en voz alta, rompiendo una onza.

Junto a ella, una señora de su edad, en pantalón claro, sonrió:

Buen concierto, ¿verdad?

Mucho asintió Carmen. Hacía siglos que no iba.

A mí me pasa igual rió la otra. Siempre los nietos, la casa, pero me dije: si no lo hago ahora, ¿cuándo?

Intercambiaron unas frases sobre la música y la cantante. Un toque de campana, y regresaron a la sala.

La segunda parte voló. Carmen dejó de pensar en el dinero, en el valor de cada tema. Disfrutó sentada, escuchando. Aplaudió con todos hasta que le dolían las manos.

Afuera, el aire nocturno le resultó fresco y ligero. Caminó despacio a la parada, piernas algo pesadas, pero el pecho lleno de un calor sereno. No alegría, sino la certidumbre de haber hecho algo para sí misma, aunque fuera pequeño.

De vuelta en casa, llamó a su hijo:

Ya estoy. Todo bien.

¿Y qué tal? ¿No te has helado?

No. Ha sido bonito.

Silencio, y luego:

Si tú estás contenta Vigila no entusiasmarte, que tenemos que ahorrar para el arreglo de casa.

Ya lo sé respondió. Pero ya tengo el abono. Tres conciertos me quedan.

¿Tres? Bueno. Ahora que está hecho, disfrútalo. Y cuidado por ahí.

Esa noche, colgó el abrigo y puso la bolsa en orden. Se sirvió un té y puso el abono sobre la mesa. Repasó las fechas y las anotó, con bolígrafo azul, en el calendario del frigorífico, las rodeó con un circulito.

La semana siguiente, cuando Daniel pidió dinero para otra aportación colectiva, Carmen abrió la libreta y la usó de barrera:

Solo puedo la mitad. El resto lo reservo.

¿Para qué? preguntó él, más por hábito que por interés.

Carmen lo miró, notando en su cara cansancio y ojeras.

Para mí contestó tranquila. También necesito cosas.

Él iba a replicar, pero se encogió de hombros.

Bueno, mamá, como quieras.

Esa tarde, sola en casa, Carmen sacó el álbum viejo de fotos. En una, joven, con vestido claro, frente a la filarmónica de otra ciudad. Sostenía el programa entre las manos, la sonrisa tímida.

Observó esa imagen, intentando unirla a su reflejo envejecido. Cerró el álbum de nuevo.

En la nevera, al lado del imán, puso otro papel. Próximo concierto 15. Debajo, añadió: Salir con tiempo.

Nadie lo notaba, pero algo había cambiado. Seguía haciendo de comer, lavando ropa, yendo a consultas, cuidando nietos, ayudando a quien podía. Pero, en lo más hondo, ahora tenía sus propias tardes, planes menudos que no requerían permisos.

A veces, pasando por la cocina, rozaba el papel con la yema del dedo. Y sentía, aunque fuera en silencio, que estaba viva, que aún tenía derecho a querer.

Un día, hojeando el periódico, leyó un anuncio del club de inglés para mayores en la biblioteca del barrio. Gratuito, con inscripción previa.

Rasgó el anuncio y lo guardó junto al abono. Luego se sirvió té y pensó si quizá eso era ya demasiado atrevimiento.

Primero terminaré todos mis conciertos, decidió. Después, ya veremos.

Dejó el anuncio en la libreta, pero la idea de volver a aprender cosas nuevas le pareció menos remota. Esa noche, antes de acostarse, descorrió la cortina y miró la plaza: los faroles encendidos, un adolescente con cascos, un niño botando una pelota.

Carmen se apoyó al alféizar y sintió expandirse en el pecho una quietud suave y limpia. La vida seguía igual: trabajo, compras, parientes. Pero pensó, incluso entre las obligaciones, queda un rincón para unas tardes de música y, quizás, unas palabras nuevas.

Apagó la luz, entró al dormitorio, se cubrió con la manta. Mañana igual que siempre: tiendas, llamadas, cocina. Solo un pequeño círculo en el calendario anunciaba que algo, aunque nadie lo viera, era distinto.

A veces dejarse un hueco para uno mismo no es un capricho: es una forma de recordar que seguimos vivos y que merecemos algo de lo que nos hace felices, por pequeño que parezca.

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