El regalo del corazón
Catalina siempre había sido la mujer más reconocida del pueblo de Villanueva del Campo. A pesar de haber trabajado toda su vida bajo el sol, cargando pesadas faenas, cuidando del ganado, el huerto y una numerosa familia, nunca perdió la elegancia, aun en la vejez. Después de tantos años en el campo, seguía conservando su porte.
En su adolescencia, Catalina había sobresalido en varios pueblos cercanos por su atractivo: rostro redondeado, cabello oscuro y ondulado recogido en una gruesa trenza, ojos verdeazulados ligeramente escépticos y labios naturalmente carnosos.
Muchos jóvenes quisieron conquistarla, incluso los galanes de aldeas vecinas. Sus padres, acomodados agricultores, no tenían prisa por casarla; la enviaron a estudiar a la ciudad para formarse como profesora. Cada verano, cuando regresaba a la casa paterna, fingía que buscaba un prometido local.
Una mañana, mientras paseaba por la calle, apareció un chico que, como por casualidad, tomó la misma ruta. Apenas había ajustado los pantalones sin roturas y había limpiado el hollín de su nariz. Sonrió descaradamente, guiñó un ojo y trató de acercarse.
Catalina, ven al club esta noche, habrá baile; yo te llevo a casa. Estarás contenta le dijo.
Catalina negó con la cabeza, evitó al pretendiente y, al llegar a casa, comentó la escena a su madre.
Hoy el hijo mayor de los Selivanov se nos ha pegado de nuevo, qué tonto. Ayer vino otro chico del barrio en la furgoneta de su padre, se paseó desde la tienda hasta mi casa, se jactó de ser amigo del alcalde y de que pronto trabajará con él.
¿No habrá ninguno que te agrade, hija? Cuando termines los estudios tendrás que decidir replicó su madre.
Todos son unos presuntuosos, mamita. Se creen héroes y no les parece que yo pueda caer por su bravura.
Sergio, un muchacho algo mayor que Catalina, la observaba en silencio desde la verja de su casa. Al principio no se atrevía a pensar en el amor, pero un día, cuando la primavera llenó el aire de cantos de pájaros y flores, vio a Catalina pasar como un ángel luminoso.
El joven quedó impactado y decidió ganar su afecto a cualquier precio. Fue a su madre a pedir consejo, temiendo ser ridiculizado o rechazado. María, la madre de Sergio, lo miró pensativa y negó con la cabeza.
Mira en el espejo, hijo, y en tu bolsillo. Eres buena persona, pero no pareces un príncipe de cuentos. Ni siquiera si fueras un galán, ella no se fijaría en un pobre como tú. Ya ves los pretendientes que la rodean
Yo sé mis virtudes. Y tú, si fueras una joven hermosa, ¿qué chico escogerías?
Yo ni siquiera te pregunté; me lo impusieron por la familia. Si tuviera que elegir, quisiera a alguien que me haga un regalo sincero, que no cueste tres vacas en el mercado, sino que sea dulce para el corazón y que no se encuentre en la tiendita por ningún precio.
¿Qué será eso, mamá?
¡Que lo sepa el diablo, Sergio! exclamó la madre, mientras una vaca mugía en el establo.
Sergio recordó una conversación secreta que su madre había tenido con la abuela sobre un “bote de jabón” especial.
Hija, ven aquí, te muestro. Una vecina de la ciudad me trajo dos trozos de un jabón grande que ahora solo ellos usan. Mira qué bonito huele
¡Qué maravilla! exclamó la madre, mientras el hijo le arrancaba un pedazo del jabón, diciendo que era para el baño.
María hurgó el jabón, lo olió y quedó fascinada por su aroma suave y delicado. Lo envuelve en un periódico viejo y lo guarda en una repisa como si fuera un tesoro. Pensó en probarlo en el próximo día de baño, usando solo lo necesario para que no lo roben los ratones.
Qué lástima que no se pueda comprar algo así en la tienda
Sergio, observando a su madre, comprendió que aquel jabón era el regalo perfecto para Catalina: algo que el mercado no ofrecía, que rejuvenecería y embellecería, según las palabras de su madre. No había mejor obsequio para ella.
Aunque le costara una pena a su madre, Sergio se propuso conseguir ese raro trozo de jabón y, sobre todo, tocar el corazón de Catalina.
Muchos en el pueblo se preguntaban por qué una mujer tan hermosa había elegido a Sergio, un muchacho de aspecto poco agraciado, bajo de estatura, enjuto, de cara pálida con pecas que recordaban a una vaca que había estornudado. Además, era pobre; su padre había muerto joven y su madre criaba a tres hijos sola.
Con el tiempo, la gente dejó de hablar, e incluso envidiaron la alegría de la pareja. La historia se transmitió de generación en generación, hasta la vejez de los mayores.
Yo, como testigo, recuerdo que Sergio llegó a Catalina con una sonrisa solemne, como si llevara una bandera en la Plaza Mayor.
Mira, Catalina, aquí tienes el regalo del corazón le dijo, entregándole el pedazo de jabón con la inscripción “Doméstico”.
Catalina se quedó sin palabras, reía por dentro sin querer ofender al joven, pero comprendió que, entre todos los pretendientes que la rodeaban, ninguno había pensado en un obsequio sincero.
Observó en Sergio una naturaleza amable y divertida, y decidió que su vida junto a él no sería aburrida.
No se equivocó. A lo largo de los años, el matrimonio prosperó; Sergio cuidaba a su esposa, la ayudaba con los niños y nunca rehuía los trabajos domésticos. Vivieron en armonía, y los vecinos a veces se preguntaban cómo lograba Catalina mantener su belleza, aunque el secreto resultó ser el sencillo jabón.
¡Se lava con ese jabón doméstico y listo el truco! decían entre risas.
Así quedó la historia del regalo del corazón, un pequeño trozo de jabón que cambió sus vidas.







