MI MARIDO VALE MÁS QUE TODOS LOS RENCORRES
¡Javier, esta es la gota que ha colmado el vaso! ¡Se acabó, nos divorciamos! ¡No hace falta que te pongas de rodillas otra vez, como siempre te gusta, esta vez no va a funcionar! sentencio, poniendo el punto final a nuestro matrimonio.
Por supuesto, Javier no me cree. Está convencido de que, como siempre, seguirá el mismo guion: él se arrodilla, se disculpa, me compra otro anillo y yo le perdono. Ya ha pasado muchas veces. Pero esta vez he decidido cortar definitivamente. Tengo los dedos cubiertos de anillos, hasta los meñiques, pero no tengo vida. Javier no suelta la copa ni un solo día.
Y pensar que todo empezó de manera tan romántica.
Mi primer marido, Tomás, desapareció sin dejar rastro. Fue en los años noventa, tiempos duros y peligrosos en España. Tomás no era precisamente fácil de tratar. Era de esos que buscan siempre líos; decimos aquí ojos de halcón, alas de gorrión. Si algo no le gustaba, armado follón. Estoy convencida de que lo mataron en algún ajuste de cuentas. Nunca más supe de él. Me quedé sola con dos hijas. Carmen tenía cinco años y Rocío, dos. Pasaron unos cinco años desde que se esfumó.
Creí volverme loca. A Tomás lo quise muchísimo, a pesar de su carácter explosivo. Éramos uña y carne, un solo ser. Decidí que mi vida había terminado, que me dedicaría a criar a mis niñas. Me olvidé de mí misma. Pero la vida
En esos tiempos, la cosa no fue nada fácil. Trabajaba en una fábrica, y cobraba con planchas. Había que venderlas para comprar comida. Eso hacía los fines de semana. Un invierno, casi azul de frío vendiendo planchas en el mercado, se me acercó un hombre. Me vio tan mal que le di lástima.
¿Pasando frío, muchacha? me preguntó tímidamente el desconocido.
¿Cómo lo ha notado? aun intenté bromear, aunque castañeaban mis dientes. Pero la presencia de ese hombre me hizo sentir el calor humano.
Vaya, perdón por la tontería. ¿Te apetece entrar en una cafetería para entrar en calor? Yo te ayudo a llevar las planchas.
Vale, vamos, si no moriré de frío aquí fuera murmuré tiritando.
No fuimos a ninguna cafetería. Me lo llevé cerca de mi casa, le pedí que esperara en la entrada y cuidara la bolsa de planchas mientras recogía a las niñas de la guardería. Corrí como pude, los pies se me habían quedado helados, pero por dentro sentí una calidez extraña. Al volver con las niñas, de lejos vi a Javier (así se me presentó). Fumaba y se movía de un pie a otro. Pensé: le ofrezco un té, y luego que sea lo que Dios quiera.
Javier me ayudó a subir la bolsa hasta el sexto piso. Como siempre, el ascensor estropeado. Mientras yo subía con las niñas hasta el tercero, Javier ya bajaba.
Espere, mi salvador, ¿ya se va? ¡No le dejo irse sin invitarle a un té caliente! le agarré la manga con mi mano helada.
Bueno, no sé ¿no voy a molestar? miraba a las niñas un poco dudoso.
¡Qué va! Coja de la mano a las pequeñas, que yo voy adelantando para poner el agua le dije sin temor.
No quería que este hombre se escapase. En las conversaciones de té, Javier me propuso trabajar con él de ayudante. Me puso un sueldo más alto de lo que ganaba vendiendo planchas en todo un año.
Asentí sin dudar, casi me daban ganas de besarle las manos por el ofrecimiento.
Javier estaba divorciándose de su primera esposa, de la que tenía un hijo. Y así empezó todo…
Al poco nos casamos. Javier adoptó a mis hijas. Todo parecía como una fiesta constante. Compramos un piso de cuatro habitaciones, lo llenamos de muebles y electrodomésticos de lujo, luego llegó el chalet en el campo, y no faltaban las vacaciones en la Costa del Sol cada verano. Una vida de ensueño
Pasaron siete años de felicidad. Pero, cuando Javier sintió que lo tenía todo, empezó a frecuentar las copas. Al principio no dije nada; entendía que trabajaba mucho, que necesitaba relajarse. Pero luego empezó a pasarse incluso en el trabajo, y me alarmé. Intenté convencerle, nada funcionaba.
He de decir que soy algo aventurera. Para distraerle del alcohol, decidí… tener un hijo con él. Ya había cumplido los treinta y nueve. Cuando mis amigas se enteraron de mi proyecto, ni les sorprendió.
Venga, Paloma, lo mismo nos animas a ser mamás a los cuarenta se reían.
Yo siempre les dije:
Si elimináis a un hijo que esperáis, probablemente acabaréis lamentándolo. En cambio, si dais a luz, aunque no sea planeado, nunca os arrepentiréis.
Tuvimos mellizas. Ahora criábamos cuatro hijas. Javier no dejó la bebida. Aguanté, pero me entraron ganas de cambiar de aires, de irnos al campo, criar animales. Más sano para las niñas, y pensaba que así Javier no tendría tiempo para el alcohol.
Vendimos la casa, el chalet, y compramos una vivienda en una villa cercana a Madrid. Montamos un café precioso. Javier se hizo cazador aficionado, se compró su escopeta y todo tipo de cachivaches de caza. Y en los bosques alrededor había de todo tipo de caza.
Todo iba bien hasta que Javier se emborrachó una vez más. No sé qué había bebido, pero se volvió un energúmeno. Lo rompió todo: vajilla, muebles, y luego llegó a nosotros. Cogió la escopeta y disparó al techo.
Salí corriendo con las niñas a casa de los vecinos. Fue una pesadilla.
Al día siguiente, todo en silencio. Volvimos al hogar sigilosas. La imagen no era apta para corazones frágiles. Qué pena que las niñas vieran ese horror; todo roto y destrozado, sin sillones donde sentarse, ni platos, ni camas Javier dormía tirado en el suelo.
Recogí lo poco salvable y me fui en fila con las niñas a casa de mi madre, que vivía también en el pueblo.
Ay, Paloma me decía mi madre, ¿qué voy a hacer yo con todas estas nietas? Vuelve con tu marido. Cosas peores se han visto. Al final todo pasará, y haréis las paces.
Mi madre, ya se sabe, de las que decían: mejor mala vida con buen mozo que buena vida sola.
A los pocos días apareció Javier, y ahí fue cuando terminé definitivamente la relación. Por cierto, Javier ni se acordaba de lo sucedido. No creyó nada de mis historias. Pero a mí ya me daba igual. Corté por lo sano, quemé los puentes.
No sabía cómo continuar. Pensé que era mejor pasar hambre que morir a manos de un marido con un ataque de locura.
El café tuve que venderlo por cuatro perras, porque salí de allí con las niñas a toda prisa. Nos fuimos a un pueblo vecino, a una casita diminuta.
Las mayores empezaron a trabajar y poco después, gracias a Dios, se casaron felices.
Las mellizas iban en quinto de primaria. Todas las niñas seguían viendo a Javier y le querían. Así que me enteraba de su vida por ellas. Por ellas, el exmarido me rogaba que volviera. Insistían: Mamá, baja la guardia, papá ya se ha dado cuenta del daño que hizo, te ha pedido perdón mil veces. Piensa en ti, que ya no tienes veinticinco…. Pero yo me mantuve firme. Quería una vida tranquila, sin sobresaltos ni emociones fuertes.
Pasaron dos años.
Empecé a echar de menos a Javier. Me taladraba la soledad. Tuve que empeñar todos los anillos que él me había regalado, y no pude recuperarlos. Una pena. Empecé a recordar la vida de antes. En el fondo, Javier siempre había querido a las niñas por igual, me cuidaba, sabía reconocer sus errores. Tuvimos una familia ejemplar. Cada uno tiene su propia felicidad, no se puede juzgar. ¿Qué más podía pedir?
Las mayores solo llamaban por teléfono. Es lógico, la juventud tiene prisa. Dentro de poco, también las mellizas volarán del nido, y me quedaré sola. Las hijas, como los gansos: cuando les salen plumas, se van volando.
En fin, convencí a las mellizas para que sacaran información a su padre sobre cómo vivía ahora. ¿Tendría nueva pareja? Las niñas tiraron de la lengua a Javier. Resulta que ahora está en otra ciudad, trabaja y no prueba ni gota de alcohol. No tiene a nadie, está solo. Les dejó la dirección, por si acaso
Hoy vivimos juntos, ya llevamos cinco años.
Ya lo digo yo: soy una auténtica aventurera.







