Un gato se topa por casualidad con un móvil perdido… Rita busca su smartphone nuevo y caliente por t…

Life Lessons

Hoy, algo curioso sucedió y me siento obligado a dejar constancia en mi diario. Y es que nunca pensé que aquel día trivial en Madrid acabaría de esta forma.

Todo comenzó con un gato, uno de esos callejeros color canela que suelen deambular por la Plaza Mayor. Sin pretenderlo, se topó con un móvil abandonado bajo la sombra de una acacia. El aparato aún conservaba el cálido olor de su dueña y, además, estaba inusualmente templado. El minino, con ese descaro propio de los gatos, decidió acomodarse sobre el móvil. Rodeándolo con las patas delanteras, se tumbó justo encima. Bastó ese gesto felino para que el móvil, sensible hasta el extremo, se encendiese solo.

Lucía, la dueña original del aparato, apenas tuvo tiempo para disfrutar del móvil nuevo. Desde que lo sacó de la caja notó que algo no iba bien: el teléfono se calentaba cada vez que lo tocaba, como si llevara dentro el verano madrileño. Para colmo, ese mismo día acabó perdiéndolo en algún rincón de la ciudad. Una faena, porque aquel móvil prometía. Pantalla grande, batería potente curiosamente, esa batería resultó ser su ruina. Y claro, sin el dispositivo a mano, ni pensar en reclamar en la tienda; adiós a los trescientos euros que le costó.

Resignada, Lucía se echó a sí misma en cara su despiste: Soy una cabeza de chorlito, murmuró, mientras rebuscaba en el bolso su viejo Alcatel de botones. Marcó su propio número, cruzando los dedos por si alguien, con buena intención, respondía. Nada: sólo sonidos de llamada sin respuesta.

Intentando apaciguar los nervios, se preparó unas gotas de valeriana, se tumbó en la cama y repasó mentalmente los pasos dados esa tarde por las calles de la capital. Tal vez, retrocediendo su ruta, conseguiría dar con él. Entonces, cuando menos lo esperaba, algo vibró a su lado. Lucía, sobresaltada, reconoció su propio número en la pantalla.

¿Diga? ¿Hola? exclamó con esperanza.

De fondo, sólo se oían ruidos, suaves suspiros y, repentinamente

¡Miau!

Lucía colgó en seco, molesta: Están de guasa, pensó, lamentando no haber activado ni siquiera el bloqueo de pantalla. Y ya le veía las risas al bromista de turno jugando con su móvil. Pero nada más pensar eso, sonó otra vez.

Otra vez los suspiros, otra vez el leve sonido de un ser vivo y de nuevo, un maullido por respuesta.

¡Dejad de llamarme! gritó, perdiendo la paciencia.

Las llamadas persistieron, incesantes. Al final, impulsada más por el fastidio que por la esperanza, se calzó las zapatillas y salió a la calle. Los sonidos pensó quizá vendrían de algún banco cercano a donde pudo perder el móvil. Si seguía su recorrido y llamaba de nuevo, igual tenía suerte.

Recorrió la calle Mayor, marcando su número de vez en cuando casi por rutina, cuando de repente, escuchó su melodía habitual no muy lejos. Se dirigió hacia el origen del sonido, lista para reprender al sinvergüenza que disfrutaba a costa ajena.

Para su sorpresa, al pie de un árbol, no encontró a un bromista, sino al propio culpable: el gato callejero, que aleteaba con entusiasmo la pantalla del móvil, tan intrigado por el extraño cacharro como Lucía por recuperarlo. El gato maullaba cada vez que el aparato chisporroteaba.

Al notar a Lucía acercarse, el animal se le lanzó encima como si volviera a casa después de largo viaje. Se frotaba contra sus manos, ronroneando y dándole muestras de afecto tan grandes, que cualquier corazón duro se hubiese ablandado. Lucía, sin poder contener la sonrisa, lo tomó en brazos, notando cuánto frío tenía el pobre. No era de extrañar que se hubiera arrimado a la tibieza del móvil.

Con el móvil ya seguro en el bolsillo y el gato dormitando entre sus brazos, Lucía regresó a su piso, dándole vueltas al curioso flechazo que había sentido aquel animalito. ¿Sería posible quedar así prendado de alguien a primer encuentro? La calidez del gato le robó el corazón, y tras tanto cariño, no fue capaz de dejarlo en la calle.

El felino, al que acabó llamando Matías, seguía feliz, restregando su hocico sobre la barbilla y los labios de Lucía, que, aunque se hacía la esquiva por costumbre, disfrutaba aquella repentina muestra de afecto. Quién diría que un bicho de la calle pudiera ser tan sumamente cariñoso.

Aunque, pensándolo bien, al gato la pasión le venía ayudada: todavía estaba embriagado por el perfume de valeriana que Lucía había derramado esa misma tarde.

Y así, aprendí que, a veces, lo que perdemos nos lleva a encontrar compañía y ternura donde menos lo imaginamos.

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