Un encuentro inquietante entre dos corazones

Life Lessons

Recuerdo todavía aquella tarde lejana en Madrid, cuando subí al autobús en la parada de la calle Alcalá, tal como debía hacerlo. Tan solo quedaba un asiento libre, al lado de un hombre que parecía algo mayor que yo. Al principio, no me fijé demasiado en mi compañero de viaje. Tenía por delante siete horas hasta llegar a casa de mis padres en Salamanca, y en mi cabeza daban vueltas mil problemas y asuntos urgentes por resolver.

Me acomodé en el asiento justo cuando el autobús arrancaba. A los pocos minutos, empezó a envolverme un ligero aroma a almizcle y a café recién tostado, ese olor intenso y amargo tan típico de algunas cafeterías antiguas de la ciudad. El perfume era tan agradablemente punzante que de inmediato los recuerdos me asaltaron.

Verano. Calor. Yo contaba solo diecisiete años y, a mi lado, mi primer novio, Alberto, quien olía exactamente igual. Estábamos tumbados sobre la hierba junto al río Duero, besándonos bajo un cielo estrellado, mientras él me susurraba con voz temblorosa que siempre estaríamos juntos, que jamás me dejaría. Fue un amor primerizo, arrollador, de esos que lo arrasan todo. Yo le quería tanto, que por él hubiera abandonado incluso mis estudios, cualquier futuro, con tal de no separarme.

Pero el destino nos jugó otra partida. Alberto se fue a hacer el servicio militar y nunca regresó conmigo: en la ciudad donde estaba destinado conoció a una chica y acabó casándose con ella. Yo quedé con el corazón partido y, desde entonces, no salí con ningún otro, ni siquiera después de diez años, aún amando a Alberto a pesar de su traición.

Por un instante, giré la cabeza y observé al hombre que tenía a mi lado. ¡No podía ser! Moreno, ojos azules, nariz perfilada y labios carnosos, alto… se parecía tanto a Alberto que mi corazón empezó a latir más deprisa.

Perdona… ¿no te llamas Alberto, por casualidad? le pregunté, tímida.

No, me llamo Joaquín respondió él con una amplia sonrisa, reflejada en mi cara sorprendida. Se parecía de una manera asombrosa a aquel a quien aún guardaba en el rincón más tierno de mi memoria.

¿Y tú cómo te llamas?

Yo… eh… Estoy unos segundos sin saber qué decir, después me sobrepuse. Me llamo Inés, encantada.

Me alegro mucho, Inés. Tú también me recuerdas muchísimo a alguien reconoció Joaquín, sonriendo de nuevo.

¿De verdad? ¿A quién?

A mi primer amor, claro. Aquella chica y yo terminamos bastante mal; ella encontró a otro y desde entonces no logro sacármela de la cabeza, han pasado diez años y mírame, aquí estoy, encontrando a alguien tan parecida a ella que casi no me lo creo.

La sinceridad de Joaquín se reflejaba en su rostro algo sonrojado, quizá también embargado por los recuerdos.

Qué curioso. Yo tengo exactamente la misma historia. También pasaron diez años y sigues pareciéndote a mi primer amor. ¿No será cosa del destino?

Inés, ¿por qué no intercambiamos nuestros números y seguimos hablando?

Me parece bien.

Y así, comenzamos a charlar, compartiendo confidencias durante aquel largo viaje por la meseta castellana. Quién sabe cómo terminó nuestra historia. Tal vez el destino nos brindó una segunda oportunidad, aunque fuera con almas parecidas a las que alguna vez amamos tanto. Porque bien sabemos que en la vida, las casualidades no existen en realidad, ¿verdad?

Rate article
Add a comment

11 − 6 =