Un día solo para mí: Disfruta de tu tiempo a tu manera

Life Lessons

**Un día para mí**

**Parte 1: El regreso**

El sol se desvanecía lentamente sobre el barrio, pintando el cielo de un rosa suave que anticipaba una noche apacible. Para Javier, sin embargo, el día había sido igual que siempre. Tras una jornada agotadora en la oficina, entre montañas de informes y reuniones interminables, solo anhelaba llegar a casa, cenar y quizá ver algo de televisión antes de dormir. No era un hombre infeliz, pero sí alguien atrapado en la monotonía, en esa sucesión de días predecibles que se encadenaban como cuentas de un rosario sin fin.

Aparcó su coche frente a la vivienda y, al salir, notó algo extraño de inmediato: la puerta del coche de su esposa, Marta, estaba abierta. Javier frunció el ceño. Marta era meticulosa, casi obsesiva con el orden, especialmente con su vehículo, al que trataba con devoción. Aún más sorprendente fue encontrar la puerta principal entreabierta, dejando escapar risas infantiles y el aroma de tierra mojada.

Avanzó unos pasos y se detuvo en seco. El jardín, que Marta y los niños solían cuidar los fines de semana, era ahora un campo de batalla. Sus tres hijos, Alejandro, de ocho años; Sofía, de seis; y el pequeño Pablo, de cuatro, jugaban entre charcos de barro, cubiertos de lodo y aún en pijama. Envases vacíos de comida y envoltorios estaban esparcidos por el césped, como si un huracán en miniatura hubiera pasado por allí. Javier sintió un nudo de preocupación en el estómago.

¡Papá! gritó Alejandro al verlo. ¡Mira lo que hemos construido!

Sofía levantó orgullosa un castillo de barro que, según ella, era indestructible. Pablo, entre risas, saltaba en un charco, salpicando agua por todas partes.

Javier buscó con la mirada al perro, Roco, pero no había rastro de él. Ni un solo ladrido. Su inquietud creció. ¿Dónde estaba Marta? ¿Por qué todo era un caos?

¿Dónde está vuestra madre? preguntó, tratando de ocultar el tono de alarma.

Arriba respondió Sofía, sin apartar los ojos de su obra.

Javier entró en la casa, esquivando juguetes y restos de comida. El salón era un desastre: la lámpara del techo estaba torcida, la alfombra arrugada y la televisión emitía dibujos animados a todo volumen. En la cocina, los platos sucios se acumulaban en el fregadero, la nevera permanecía abierta y la comida de Roco estaba esparcida por el suelo. Un vaso roto brillaba bajo la mesa.

El corazón de Javier latía con fuerza. Subió las escaleras de dos en dos, apartando ropa y juguetes. Al llegar al pasillo, vio un charco de agua bajo la puerta del baño. Al abrirla, encontró toallas empapadas, espuma de jabón y rollos de papel higiénico desenrollados hasta formar montañas blancas.

Sin perder tiempo, corrió al dormitorio. Allí, envuelta en la penumbra, estaba Marta. Acostada en la cama, con el pelo recogido en un moño despeinado, leía un libro con una tranquilidad inquietante.

Al notar su presencia, Marta alzó la vista y sonrió.

¿Qué tal tu día? preguntó, como si nada ocurriera.

Javier la miró, furioso.

¿Qué demonios ha pasado hoy aquí?

Marta dejó el libro a un lado y se incorporó.

¿Recuerdas cuando llegas del trabajo y me preguntas: “¿En serio, qué haces todo el día?”?

Sí admitió Javier, confundido.

Pues hoy no lo hice dijo Marta, con una sonrisa tranquila. Hoy me tomé el día para mí.

**Parte 2: El silencio y la verdad**

El silencio se apoderó de la habitación. Javier se quedó inmóvil, sin saber si reír o gritar. Miró a Marta, luego recordó el caos en la casa: el barro, los platos sucios, el baño inundado. Por primera vez en años, no supo qué decir.

¿Te tomaste el día para ti? repitió, como si las palabras no encajaran.

Marta asintió.

Sí. Hoy no recogí, no limpié, no cociné, no planifiqué, no discutí con los niños para que se vistieran. Ni siquiera me peiné. Hoy solo fui Marta. No madre, no esposa, no ama de casa. Solo yo.

Javier sintió un escalofrío. Se sentó al borde de la cama, tratando de entender.

Pero ¿y los niños? ¿Y la casa?

Marta lo miró con ternura.

¿Sabes cuántas veces me pregunto si te das cuenta de todo lo que hago cada día? ¿Te has imaginado alguna vez cómo sería si dejara de hacerlo?

Javier bajó la mirada. Recordó todas las veces que había llegado y, sin pensar, había preguntado: “¿Qué has hecho hoy?”, como si el orden y la comida aparecieran por arte de magia.

No lo había pensado murmuró.

Marta sonrió, con un dejo de tristeza.

Nadie lo hace, hasta que falta.

En ese momento, un grito de Pablo interrumpió el silencio.

¡Mamá! ¡Alejandro me ha mojado!

Marta suspiró, pero no se movió.

¿No vas a bajar? preguntó Javier.

No. Hoy no.

Javier salió de la habitación y bajó las escaleras. El caos lo recibió como un puñetazo. Los niños seguían jugando, la televisión seguía encendida. Por primera vez, entendió el peso invisible que Marta cargaba cada día.

Se arremangó la camisa y, sin decir nada, comenzó a recoger.

**Parte 3: El peso invisible**

Javier empezó por la cocina. Limpió los restos de comida, cerró la nevera y recogió los platos. Mientras fregaba, recordó cómo Marta se levantaba antes que él cada mañana, preparando el desayuno mientras él dormía un poco más.

Alejandro entró corriendo, con las manos llenas de barro.

¡Papá, Sofía me ha tirado agua!

Javier contuvo un reproche.

Ve a lavarte las manos.

Terminó en la cocina y pasó al salón. Apagó la televisión, recogió los juguetes y dobló la ropa. Cada tarea le hacía sentir el agotamiento que Marta debía soportar día tras día.

Subió al baño, recogió las toallas mojadas y secó el suelo. Al terminar, se sentó en las escaleras, exhausto. Escuchó a los niños reír en el jardín y sintió un remordimiento profundo.

Miró hacia el dormitorio. Marta seguía allí, descansando. Por primera vez, no sintió envidia, sino admiración.

Al caer la noche, bañó a los niños, les puso el pijama y les sirvió la cena.

¿Dónde está mamá? preguntó Sofía.

Hoy mamá descansa respondió Javier. Hoy nos ocupamos nosotros.

Los niños asintieron, como si fuera un juego más. Después de cenar, les leyó un cuento y los acostó.

Solo entonces, cuando la casa quedó en silencio, subió al dormitorio. Marta dormía, el libro sobre el pecho. Javier se acostó a su lado y susurró:

Gracias por todo lo que haces.

Marta sonrió, sin abrir los ojos, y le tomó la mano.

**Parte 4: Nuevos comienzos**

Al día siguiente, la familia desayunó juntos en una cafetería cercana. Los niños hablaban animados sobre sus aventuras del día anterior. Javier y Marta se

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