Los padres de Lucía nos hicieron un regalo de boda verdaderamente generoso: ¡un piso! Nos entregaron las llaves oficialmente y nos dijeron que era nuestro, pero como estaba en un edificio nuevo, lo compraron completamente a estrenar, sin amueblar ni reformar. Mi suegra comentó entonces que, dado que ellos nos habían regalado el piso, mis padres deberían ayudarnos con la reforma. Mis padres ya nos habían dado antes una buena cantidad de dinero y aceptaron echar una mano también con las obras.
Nada más casarnos, decidimos empezar la reforma cuanto antes. Como mi padre es albañil, se encargó de comprar todos los materiales y yo, naturalmente, ayudé en todo lo que pude; a veces también venía Lucía a echarnos una mano.
En ocasiones también se sumaba mi suegro. Decidimos no alquilar nada mientras durase la reforma para ahorrar algo de dinero y nos mudamos temporalmente con los padres de Lucía.
Un día, buscando unos papeles, me topé con la documentación del piso y algo me llamó la atención de inmediato y me puso furioso: ¡la propietaria legal del piso era mi suegra!
Esa tarde tenía previsto ir con mi padre a comprar unos materiales para el baño, pero le pedí que pospusiéramos la compra y le conté lo que acababa de descubrir y que necesitaba pensar y hablar sobre ello.
¿Por qué la dueña del piso es tu madre y no tú, Lucía? le pregunté sin rodeos, en cuanto estuvimos todos en casa.
¡Ay, hijo, pareces nuevo! respondió mi suegra con naturalidad Por supuesto, para proteger a nuestra hija.
¿Y eso qué significa?
Pues que si algún día te divorcias de ella, ¡no podrías exigir la mitad de nuestro piso!
¿Vuestro? ¿Y te parece justo que mi padre y yo estemos haciendo toda la reforma, que va a costar la mitad del valor del piso? ¿Y por qué das por hecho que nos vamos a separar? ¡Si acabamos de casarnos!
Mamá, ya te pedí que pusieras el piso a mi nombresusurró Lucía.
¿Entonces lo sabías, Lucía? ¿Sabías de esta mentira?
No, no lo entiendes Sí lo sabía, pero le dije a mi madre que tenía que ponerlo a mi nombre
Vaya, Lucía, menuda manera de empezar un matrimonio: ¡con una mentira!
Han pasado varios días desde que volví a casa de mis padres. Ahora mismo no sé qué hacer. Lucía intenta hablar conmigo, pero necesito tiempo para pensar. No esperaba tanta desconfianza por parte de su familia, aunque quizás todos los padres intentan proteger a sus hijos de este modo…
A veces la vida nos pone ante situaciones donde lo material y la confianza entran en conflicto. Lo importante es hablarlo abiertamente, encontrar el equilibrio y recordar que la sinceridad debe ser siempre la base de cualquier relación. Porque, al final, nada vale más que la confianza y el respeto mutuo.






