Mi hija se casó con un alemán y se fue a vivir a Berlín. Yo viví con ellos durante dos años, ayudándoles con las tareas del hogar y cuidando de mi nieto.
Mi hija y su marido trabajaban en la misma empresa y llegaban tarde a casa. Pensaba que podría quedarme con ellos para siempre, pero estaba equivocada. Un día, el marido de mi hija me dijo que ya no necesitaban mi ayuda y me pidió amablemente que buscara otro sitio para vivir. Al mes siguiente, ya estaba de vuelta en Madrid. Pero la bienvenida tampoco fue la que esperaba.
Mientras estuve en Alemania, mi hijo se había separado de su primera esposa. Dejó el piso de ella y se instaló en el mío, trayendo consigo a su nueva esposa, que además estaba embarazada. Ni siquiera se le ocurrió preguntarme si estaba de acuerdo.
¿Qué debía hacer yo entonces? ¿Echar a mi hijo y a su mujer embarazada? No era capaz. Pero, ¿cómo podíamos vivir tres personas, y pronto cuatro, en un piso de una sola habitación? Además, ni mi hijo ni yo tenemos dinero suficiente para alquilar otro piso. Llamé a mi hija para contarle lo que pasaba. Esperaba que al menos intentara comprenderme o que me devolviera la llamada, pero no lo hizo. Me dolió, pero entiendo que cada uno tiene su visión de la vida.
Puedo comprender la actitud de mi hijo; no esperaba que yo volviera. Ahora tengo que dormir en el sofá de la cocina. Durante el día salgo de casa, hago la compra, visito viejas amigas en el barrio y paso por donde trabajaba antes para hablar un rato con mis excompañeras. Con mi hijo hablo normalmente, sin discutir, pero mi nuera ni me mira. Está claro que no le agrada mi presencia en el piso.
Jamás pensé que, al cumplir sesenta años, me sentiría de más en mi propia casa y que otra mujer mandaría en lo que fue siempre mi hogar. Mi hijo solo piensa en su mujer embarazada y no se preocupa demasiado por la cuestión de la vivienda.
Estoy buscando trabajo de media jornada. Los padres de mi nuera viven en un pueblo de Castilla. Tal vez debería sugerirle a mi nuera que se muden allí, pero no sé si mi hijo encontraría un empleo en una localidad tan pequeña. Dudo mucho que eso sea posible. No termino de decidir qué hacer…
He aprendido que la vida cambia y que debemos adaptarnos, aunque duela. Cuando damos todo por los nuestros, es posible que no recibamos lo mismo a cambio, pero aun así, la generosidad y el amor familiar siguen siendo nuestra mayor riqueza.






