Un banco para dos La nieve ya se había derretido, pero la tierra del parque seguía oscura y húmeda, y sobre los senderos quedaban finos surcos de arena. Nadezhda Semyónovna caminaba despacio, sujetando la bolsa de la compra, mirando al suelo. Llevaba tiempo acostumbrada a fijarse en cada bache, cada piedra, no por precaución natural, sino porque el miedo a caer se le había instalado en el pecho tras romperse un brazo hace tres años, y no tenía intención de marcharse. Vivía sola en un piso de dos habitaciones, en el bajo, donde en otros tiempos resonaban voces, olores a comida, portazos. Ahora, silencio. El televisor murmuraba de fondo, pero a menudo se sorprendía mirando el telediario sin oír nada, solo leyendo los titulares. Su hijo llamaba por videollamada los domingos, a toda prisa, pero llamaba. Su nieto saludaba por la pantalla, le enseñaba juguetes. A ella le alegraba, pero al colgar sentía cómo la casa volvía a llenarse de aire inmóvil. Tenía rutina. Por la mañana: gimnasia, pastillas, gachas. Luego paseo corto hasta el parque y vuelta, “para que no se me apolille la sangre”, según la doctora. A mediodía: cocinar, noticias, a veces crucigrama. Por la tarde: serie y punto de media. No era nada especial, pero, como le decía a la vecina de rellano, el orden la mantenía en forma. Hoy el viento era duro, pero seco. Nadezhda Semyónovna llegó a su banco de siempre junto al parque infantil y se sentó con cuidado en el borde. Dejó la bolsa a un lado, comprobando la cremallera. Un par de niños jugaban a su lado, sus madres conversaban. Decidió: un rato allí y para casa. En el extremo opuesto del parque, Stepan Petrovich caminaba despacio hasta la parada. También él solía contar los pasos. Al kiosco: setenta y tres. Al ambulatorio: ciento veinte. Hasta esta parada: noventa y cinco. Le era más fácil contar que pensar que en casa no le esperaba nadie. Había trabajado de mecánico en la fábrica, viajado por negocios, discutido con encargados, reído con los compañeros. Ahora, la fábrica cerrada, los amigos menos presentes. Unos se fueron con sus hijos, otros ya en el cementerio. Su hijo vivía lejos, venía una vez al año, siempre de prisa. Su hija en otro barrio, dos hijos y una hipoteca. Él se decía que no les guardaba rencor. Pero a veces, de noche, mientras las tuberías suspiraban y la oscuridad llenaba la ventana, aguzaba el oído esperando el chirrido de la cerradura. Hoy salió a por pan y a la farmacia. Tenía en el bolsillo la nota con la lista. Los dedos le temblaron un poco al sacarla. Al llegar a la parada, el autobús acababa de irse. Sentada en el banco, una mujer de abrigo gris claro y gorro azul de lana. Miraba al parque, no a la carretera. Dudó. Le dolía la espalda, prefería sentarse, pero siempre temía incomodar a desconocidas. El viento era cruel; se decidió. —¿Le importa si me siento? —preguntó, inclinándose un poco. Ella le miró, ojos claros, arrugas en la comisura. —Por supuesto, siéntese —respondió, apartando la bolsa un poco. Él ocupó con cuidado su lugar. Silencio. Un coche pasó dejando olor a gasolina. —Los autobuses, como les da la gana, ¿eh? —dijo él, para romper el hielo—. Te giras, ya no están. —Ya —asintió ella—. Ayer media hora esperando. Menos mal que no llovía. La miró bien. No le sonaba, pero en el barrio había mucha gente nueva. —¿Vive por aquí cerquita? —preguntó. —Ahí, cruzando la calle. Primer portal, junto al súper. ¿Y usted? —Detrás del parque, en la torre—respondió él—. También cerca. Pausa. Nadezhda Semyónovna pensó que hablar en la parada era habitual: dos frases, adiós, olvidado. Pero el hombre parecía cansado, algo desorientado, aunque mantenía la postura. —¿A la consulta, eh? —preguntó señalando su bolsa con el logo de la farmacia. —Sí, fui por pastillas —alzó la bolsa—. Ando con la tensión. ¿Usted? —A por unas cosas al súper. Y por andar, que si no una se apolilla en casa. Pero al decir “en casa”, algo le pinchó en el pecho. “En casa” sonaba a hueco. El autobús dobló la esquina. Todos se pusieron de pie. Él dudó. —Por cierto, soy Stepan, Petrovich. —Nadezhda Semyónovna —ella también se levantó—. Un placer. Al subir, el flujo de gente los separó. Cruzaron miradas entre cabezas de pasajeros y se saludaron con un gesto. A los pocos días se reencontraron en el parque. Él apoyado ahora en un bastón —antes no llevaba—, por precaución. —Vecina de parada —saludó él, sonriendo—. ¿Me deja sitio? —Claro —respondió ella, más contenta de lo que esperaba. Él se sentó, dejando el bastón entre ambos. —Se está bien aquí —dijo, mirando a su alrededor—. Árboles, niños. No como en casa; allí las paredes pesan. —¿Vive solo? —preguntó ella, sintiéndolo oportuno. —Solo —asintió—. Mi mujer murió hace siete años. Los hijos en lo suyo. ¿Y usted? —También sola —respondió—. Mi marido murió hace tiempo. El hijo vive fuera, llama, pero… Se encogió de hombros. Él asintió. —Las llamadas están bien —dijo él—. Pero por la noche, el teléfono calla. Esas palabras, sencillas, la reconfortaron. Hablaron un poco, del tiempo, los precios, que otra vez cambiaron de médico. Al día siguiente, de nuevo coincidieron en el parque. Y así empezaron a verse regularmente: primero en la parada y el parque, luego junto al supermercado, luego en la consulta. Nadezhda se encontraba acomodando sus rutinas para coincidir con él. No lo admitía ni a sí misma. Iban juntos al ambulatorio, comentaban análisis, maldecían las citas electrónicas. —Eso tiene que hacerlo por la web —explicaba una chica de recepción—. Con internet. —Internet, dice, si tengo un móvil antiguo a patadas —protestaba Nadezhda al salir. Stepan escuchaba y resoplaba. —Le ayudo si quiere—sugirió él un día—. Mis hijos me dejaron una tableta vieja; ahí va eso. Salimos del agujero juntos. Al principio ella lo negó. Acabó aceptando. Sentados fuera del ambulatorio, él buscaba el apartado, a veces pulsaba mal y refunfuñaba. Ella reía, y su risa sonaba limpia. —¿Ve? —decía al final él—. Se puede elegir médico y hora. Solo hay que acordarse del pin. —Eso me lo apunto yo —aseguraba ella. Otras veces, ella le ayudaba a desentrañar facturas: él traía un puñado de papeles, ella ordenaba. —Antes era fácil—decía él—. Ibas, pagabas, hecho. Ahora, códigos raros, terminales… Libertad para perderse. —A ver —decía ella, práctica—. Esto es de la luz, esto el agua. No se mezcle. Tomaban té en la cocina. Ella sacaba mermelada, él rosquillas. Hablaban, discutían. —No tiene que pagarme esto —decía él un día, reacio a que ella operase el cajero—. Me apaño solo. —No lo pago por usted —replicaba—. Usted da el dinero, yo lo hago más fácil. No sea cabezota. Él se ruborizaba, pero consentía. A veces discutían, no fuerte, pero sí con desazón. Una vez, volviendo del supermercado, hablaron de los hijos. —Mi hijo me dice —contó Stepan—: “Vende el piso, vente con nosotros, ¿para qué solo?”. ¿Y qué? ¿Voy a vivir en el sofá? Allí van apretados y aquí tengo lo mío. —El mío igual —dijo ella—. “Mamá, vente, tendrás habitación”. Casa grande. Pero me da cosa. Aquí tengo la tumba de mi marido, amigas… aunque a veces lo pienso. —Allí no les haría falta —suspiró él—. Ellos trabajan, los nietos con deberes… He visto muchas historias así. —¿Y aquí a quién le hago falta? —preguntó ella. Él calló. Aquello de “aquí” le tocó, pensó que iba por él. Se encendió. —Bueno, perdón —gruñó—. Yo pensaba que éramos ya… No acabó la frase. “Amigos” le parecía demasiado. —No lo digo por usted —aclaró ella, suave—. Lo digo en general. Si me fuera, se acabaría todo aquí. Da miedo. Él asintió, y lo que quedaba de camino fueron en silencio. Esa noche él dio vueltas en la cama, pensando que había estropeado todo. No se vieron en días. El tiempo empeoró, nieve húmeda. Ella salía igual, pero no coincidía con él. Intentó no pensar, convencerse de que era un catarro o cualquier recado, pero la inquietud persistía. Al cuarto día, en el buzón, halló un papel: “Para Nadezhda, estoy en el hospital. Stepan P.” Ni dirección ni habitación. Solo eso. Le temblaron las manos. En casa, releyó el papel sentada. ¿Qué había pasado? ¿Infarto? ¿Quién le ayudaría? ¿Por qué nadie llamaba? Recordó que mencionó una vez el área de cardiología del hospital del distrito. Buscó su cuaderno, halló el número de información y llamó. Tras insistir y varios traslados, le dieron número de habitación y franja para visitas. No le gustaban los hospitales, pero a la primera hora del día siguiente, ya llamaba al timbre. Llevaba manzanas y galletas. Dudó si se había pasado. Tal vez no podía tomar dulce. La habitación era de tres. Él estaba en el centro, leyendo. Al verla, primero perplejo y luego aliviado. —Nadezhda Semyónovna —dejó el diario—. ¿Cómo me encontró? —Por el hilo—respondió—. ¿Qué pasó? —El corazón —suspiró—. De noche. Me llevaron en ambulancia. Aquí estaré unos días. Ella lo examinó con atención. Pálido, ojeroso, pero chispa en los ojos. —¿Tus hijos? —preguntó. —Vino mi hija, me trajo sopa. Al hijo no quiero alarmarle. Calló un rato. —Mi hija preguntó por usted. Que quién era esa mujer del papelito. Le dije que una vecina que me ayuda. A ella le escoció esa definición tan seca. Se sentó. —Bueno, la verdad es que soy vecina, y echo una mano. Él, avergonzado, rectificó. —No lo dije así porque lo pensara. Pero si digo que es amiga, empieza con “Papá, no tienes dieciocho años”. Se creen que estamos locos. —Y aun no teniéndolos —rió ella— seguimos siendo personas. Hubo un silencio. El vecino fingía dormir. —He estado pensando aquí tumbado. No temo a la muerte. Me da más miedo que me lleven así y nadie lo note, sin avisar. Los hijos en lo suyo… Pero pensé: por lo menos usted sabrá dónde estoy. Ella miró al alféizar, a una maceta reseca. —Yo también tengo miedo; pero hago como que no. Hasta que me acuesto y repaso las pastillas que me quedan. Qué gracia, ¿no? —No tiene gracia —dijo él—. Yo igual. Se miraron y sonrieron, aliviados. Entró la hija de él, media edad, aire familiar. —Papá, te traje sopa. ¿Y esta señora? —Nadezhda Semyónovna —escuetamente él—. Una… buena amiga. Me ayuda con recados. —Gracias, de veras. Pero no lo cargue todo usted —le dijo la hija—. Si pasa algo, avíseme. —No lo cargaré, tranquila —respondió ella—. Si puedo, ayudo. Stepan estuvo internado dos semanas. Ella iba día sí, día no. Fruta, letra clara, periódicos. Charlas, recuerdos de juventud: la fábrica, el colegio, las casas de campo ya vendidas. La hija de él se acostumbró a verla allí. Un día le dijo: —Gracias. Yo trabajo, no siempre puedo venir. Me alegra que papá tenga compañía. —No le quite la vida a nadie—contestó ella, tranquila—. Si puedo ayudar, ayudo. Le dieron el alta a fin de abril. El médico le mandó pasear, no alterarse, medicarse con rigor. La hija lo recogió, le ayudó en casa. Pese al cansancio, él fue directo, al día siguiente, al parque. Ella aguardaba ya en el banco. Al verlo, se levantó. —¿Qué tal está? —Vivo, que ya es mucho. Se sentaron. Pequeño silencio. Él habló: —¿Sabe qué pensé en el hospital? Que no quiero ser carga para usted. Me alegra que viniera, pero también me da apuro. Si le desvié de sus cosas… —¿Qué cosas? —suspiró ella—. Comprar, médico, tele. No exagere. —Aún así —insistió él—, no quiero que crea que tiene que cuidarme como a un niño. Ella lo miró. —¿Y cree que yo quiero ser carga? Todos tememos eso. Pero sabe, entendí una cosa: uno puede quedarse temiendo estorbar. O pactar. No prometer imposibles, solo… estar, dentro de lo que se pueda. Él meditó. —¿Cómo así? —Mire: usted no me llama de noche solo porque le apetece hablar. No soy el SAMUR. Pero si le da miedo ir al médico, sí. Si son papeles, venga. Si es pereza de ir al súper, vaya solo. Yo no soy recadera. Él se rió. —Tajante. —Sincera. Vale al revés. Si me encuentro mal, le aviso. Pero no le pido dejarlo todo. Tiene hijos, nietos. Respeto eso, y respete usted lo mío. Él asintió. Aquello le daba una extraña paz. No hacer teatro de héroe ni de víctima. —Pues trato hecho —dijo—. Nos ayudamos, sin fingir ser enfermero y enfermera. —Eso es —sonrió ella. Desde entonces, la amistad se serenó. Seguían viéndose en el parque, iban juntos a consulta, tomaban té de vez en cuando. Pero cada cual sabía su sitio. Si a ella le fallaba el grifo, lo llamaba. —¿Puede mirar, por favor? —pedía ella—. No quiero inundar la cocina. —Lo miro, pero si es grave, llamamos al fontanero —reconocía él—. Ya no estoy para arrodillarme mucho. Supervisó el grifo y llamó al especialista. Esperando, tomaron té, él evocó su destreza mecánica pasada, ahora limitada por los años. Ella pensó que la vejez no solo es achaques, sino saber cuándo pedir ayuda. A veces iban juntos al mercado: bullicio, gritos, gangas. Él regateaba patatas, ella elegía pollo. Al volver, se quejaban de los precios, pero sabían que la excursión daba sentido al día. Los hijos lo vivían a su modo. El hijo de ella, un día: —Mamá, nombras mucho a Stepan Petrovich. ¿Quién es? —Un vecino. Paseamos, me ayuda con la tablet, yo con sus papeles. —Tú mucho ojo. No se le deja dinero ni papeles a nadie, ¿eh? —No soy una niña —respondió ella. La hija de él a veces: —No te fíes, papá. Ella no es enfermera, a saber qué quiere. —Tenemos un acuerdo —replicaba él. —¿Qué acuerdo? —Uno de viejos —bromeaba. Llegó el verano casi sin sentir. En el parque, las hojas cubrían los bancos de costumbre. Jóvenes madres, estudiantes, y jubilados. Pero su banco era casi propio, fijo. Se sentaban en los mismos sitios, como si así el mundo fuera menos arbitrario. Una tarde, mirando cómo los chicos jugaban al balón, el aire fresco y olor a hierba, él apoyó el bastón. —Antes pensaba —dijo, sin mirar— que la vejez era el final de todo: trabajo, amigos, amor, intereses. Solo pastillas y tele. Pero ahora veo que algo puede surgir. No como antes, pero a su modo. —¿Habla de nosotros? —sonrió ella. —Sí, también. No sé cómo llamarlo: amistad, compañía, ser pareja en colas… Pero con usted no me siento tan solo. Ella miró sus manos, y después las propias, tan parecidas. —A mí también me pasa. Antes, al acostarme, decía: si mañana no amanezco, ¿quién lo notará? Ahora sé que al menos alguien se extrañará si no acudo al parque. Él rió bajo. —No sólo me extrañaré, levantaré todo el bloque. —Eso está bien —respondió ella. Sentados aún un tiempo, luego caminaron juntos, despacio, cada uno por su lado del sendero. Al cruce, se detuvieron. —¿Mañana al médico? —preguntó él. —Sí, análisis de sangre. ¿Viene conmigo? —Hasta la puerta, sólo. Si no, le agoto la sangre con mis charlas. Ella rió. —Hecho. Se despidieron y cada uno fue a su portal. Nadezhda subió, abrió, entró en su piso silencioso. Dejó la bolsa, fue a la cocina, puso la tetera. Se asomó a la ventana. Abajo, Stepan bregaba con la llave. Sintiendo la mirada, alzó la vista y saludó con la mano. Ella respondió. La tetera silbó, preparó el té, cortó pan, se sentó. En la silla de enfrente estaba su chal; apoyó la mano en él y sintió que la soledad ahora era otra: menos absoluta. Allí, al otro lado del patio, en otro piso, alguien iría mañana con ella al centro de salud, se sentaría con ella, se quejaría de los médicos y le preguntaría cómo estaba. La idea de que la vejez no se va no desapareció: los huesos duelen, las pastillas siguen, los precios suben. Pero ahora, entre todo eso, había un pequeño apoyo. No un milagro. Solo un banco más en la vida, donde sentarse juntos, respirar y luego seguir cada uno su paso, pero cerca.

Life Lessons

Banco para dos

Ya se había derretido la nieve, pero la tierra en el parque seguía oscura y húmeda, y en los caminos quedaban todavía unas finas hileras de arena. Carmen Rodríguez caminaba despacio, sujetando la bolsa de la compra y mirando el suelo al andar. Desde que se rompió el brazo hace tres años, le quedó esa manía de examinar cada bache, cada piedra; no por ser especialmente precavida, sino porque aquel miedo a caerse se le instaló en el pecho y no quería marcharse.

Vivía sola en un piso de dos habitaciones en la planta baja de un edificio antiguo del barrio Salamanca, en Madrid. En ese piso, antes, nunca cabían todos los olores, las voces, el ajetreo de puertas. Ahora, el silencio le llenaba cada rincón. La tele zumbaba de fondo, pero ella apenas atendía; sólo miraba cómo las letras corrían por la pantalla. Su hijo le llamaba cada domingo por videollamadarápido, con prisas entre cosas, pero llamaba, que ya es bastante. El nieto a veces asomaba la cabeza por el móvil, le enseñaba algún juguete y saludaba con la mano. Eso le alegraba, pero cuando colgaba volvía a notar cómo la casa, de repente, se llenaba de aire estancado.

Tenía su rutina. Levantarse, estiramientos, pastillas, y después una avena. Luego salía a dar su vuelta corta hasta el parquecito y atrás, para despertar la sangre, como decía su doctora de cabecera. Al mediodía, pues la comida, las noticias, a veces un crucigrama del periódico. Por la tarde, serie y un poco de ganchillo. Nada del otro mundo, pero le ayudaba a no perder la compostura, como solía decirle a la vecina del tercero.

Hoy hacía viento, pero ya era seco, de esos de primavera en Madrid que aún hielan un poco la cara. Carmen llegó a su banco, ese que está a la sombra junto al columpio, y se sentó con cautela en el borde. Dejó la bolsa a su lado, comprobó que estaba bien cerrada. Un par de niños jugaban cerca, vestidos con monos de colores vivos; sus madres charlaban animadamente, sin prestar atención a lo que les rodeaba. Carmen había pensado en sentarse un rato y luego subirse a casa. Nada más.

Al otro lado del parque, se acercaba a la parada del autobús don Tomás Mesa. Él también estaba acostumbrado a contar sus pasos; hasta el estancosetenta y dos, hasta el centro de saludciento diez, hasta allínoventa y tres. Contar pasos era más fácil que pensar que en casa no le esperaba ya nadie.

Trabajó muchos años como mecánico en un taller de coches, hizo muchos viajes de trabajo, discutió y se rió con compañeros entre bocatas y cafés. Ahora, el taller llevaba años cerrado y los amigos, cada vez menos. Unos se habían ido al pueblo con los hijos, otros estaban ya en el cementerio. El suyo vivía en Valencia, venía de visita una vez al año, tres días y poco; siempre ocupado, siempre deprisa. Su hija estaba en Carabanchel, pero ni la veía mucho; tenía su propia vida, dos niñas y la hipoteca. Decía que no le importaba, se lo repetía por dentro. Pero a veces, por la noche, cuando fuera sólo se oían los portazos de algún portal, ponía la oreja, a ver si el candado sonaba y era alguien entrando.

Ese día salió a por pan y a la farmacia, y pensó que mejor compraba otra caja de pastillas para la tensiónpor si acaso. La doctora le había advertido de que más le valía prevenir. Tenía la lista de la compra apuntada con letra grande y, aunque las manos le temblaban al sacar el papel, revisaba que no le faltase de nada.

Al llegar a la parada, vio que el autobús acababa de irse. La gente se dispersaba; en el banco, una señora con abrigo gris claro y un gorro de lana azul, la bolsa a su lado. No miraba la calle, sino el parque.

Él dudó. De pie le dolía la espalda, pero tampoco le apetecía sentarse junto a una desconocida, a ver si pensaba mal… Aunque el aire se le colaba por la chaqueta y le calaba los huesos, así que acabó haciéndolo.

¿Le importa si me siento? preguntó inclinándose un poco hacia delante.

La mujer levantó la cabeza. Tenía los ojos claros, llenos de pequeñas arrugas en las comisuras.

Claro, siéntese le indicó, apartando un poco la bolsa.

Se sentó, apoyando las manos en el borde del banco. Silencio. Pasó un coche dejando olor a gasolina.

Los autobuses hoy van por libre, ¿eh? soltó él, sólo para romper el hielo. Te despistas y ya se han ido.

Sí asintió ella. Ayer me tocó esperar media hora. Menos mal que no llovía.

La miró con atención. La cara no le sonaba, pero en el barrio habían levantado bloques nuevos, sería de por ahí.

¿Vive por aquí cerca? preguntó cauteloso.

Ahí enfrente, cruzando la calle señaló hacia los pisos viejos. Justo en el primero, encima del chino. ¿Y usted?

Por detrás del parque, en el edificio alto le contestó. También cerquita.

Silencio otra vez. Carmen pensó que la charla de banco era lo normal: un par de frases, cada uno a lo suyo, y se acabó. Pero aquel hombre tenía una expresión cansada y algo de desorientación, aunque mantenía la dignidad erguida.

¿Iba para el centro de salud? dijo, señalando su bolsa de la farmacia.

Sí, iba a por medicinas alzó la bolsa. La tensión anda revoltosa. ¿Y usted?

Al súper sonrió. Cuatro chorradas. Y así me obligo a andar, porque como me quedo en casa…

Lo dijo y sintió de pronto un pinchazo en el pecho. En casa sonó más triste de lo que pretendía.

El autobús asomó por la esquina. La gente se empezó a arrimar al bordillo. Tomás se levantó, dudando unos segundos.

Por cierto se animó, me llamo Tomás… Tomás Mesa.

Carmen Rodríguez respondió ella, poniéndose de pie. Encantada.

Subieron al bus y la marea de pasajeros los separó. Carmen agarró la barra y sintió los baches en cada sacudida. En un momento, cruzó la mirada con Tomás entre cabezas; él la saludó con un gesto y ella se lo devolvió.

Un par de días después volvieron a coincidir, esta vez en el parque. Carmen se sorprendió de verdad al ver la figura de Tomás acercándose, ahora apoyado en un bastón que, seguro, hasta hacía poco no necesitaba.

¡Vaya, mi compañera de parada! rió él, acercándose. ¿Le importa que me siente?

Faltaría más y se alegró más de lo que esperaba.

Se sentaron, él dejó el bastón apoyado entre ambos.

Aquí da gusto, ¿eh? dijo Tomás, mirando alrededor. Los árboles, los niños… no como en casa, que las paredes se me echan encima.

¿Vive usted solo? se atrevió Carmen.

Solo afirmó. Se fue mi mujer hace siete años. Los hijos cada uno con lo suyo. ¿Y usted?

También sola dijo Carmen. Mi marido murió hace mucho. Mi hijo en Barcelona, con su familia. Me llaman, claro, pero…

Se encogió de hombros. Él lo entendió.

Las llamadas están bien asintió. Pero luego, por la noche, todo es silencio.

Esas palabras, tan sencillas, la reconfortaron inesperadamente. Siguieron charlando un rato del tiempo, del precio de los tomates, de que ya habían cambiado a la médica del ambulatorio otra vez. Se despidieron, pero al día siguiente, los dos, sin hablarlo, volvieron al parque a la misma hora.

Y como si no fuera casualidad, empezaron a encontrarse cada vez más: en el parque, en la parada, en el supermercado, incluso ante la puerta del ambulatorio. Carmen, sin confesárselo siquiera a sí misma, empezó a ajustar su horario para coincidir con Tomás. A veces desayunaba más rápido, otras se entretenía en casa.

Andaban juntos el trocito hasta el ambulatorio, comentando de qué análisis iban cada uno, maldiciendo la cita electrónica, que Carmen no conseguía entender.

Eso se hace por la web de Salud Madrid le explicaba la chica de recepción. Por internet, señora.

¿Qué internet ni qué niño muerto? refunfuñaba Carmen al salir. ¡Si mi móvil es de botón y apenas funciona!

Tomás la escuchaba, divertido.

Venga, que yo le echo una mano le ofreció una vez. Mis hijos me dejaron una tablet vieja. A lo mejor entre los dos lo sacamos.

Al principio se negó, pero acabó por aceptar. Los dos sentados en el banco del ambulatorio, él toqueteando los iconos, a veces equivocándose y soltando alguna queja. Carmen se reía, y de verdad le salía natural.

¿Ve? decía él. Se puede elegir médico y hora. Solo hay que recordar la contraseña.

La apunto en mi libreta, no se preocupe.

En otra ocasión, fue ella quien le ayudó a aclarar los recibos de la luz y el agua. Tomás sacaba el fajo de cartas del buzón y suspiraba.

Antes todo era más sencillo se lamentaba. Ibas a La Caixa, dabas el papel y ya. Ahora, que si códigos, que si QR… un lío.

Vamos por partes le enseñaba Carmen. Esto es la luz, esto el agua. Luego no mezcle.

En la cocina de Carmen, tomando un té, ella sacaba la mermelada de ciruela casera y él, unas rosquillas. A través de la ventana se veía a los niños con bicis. A Carmen le gustaba verle ordenar los papeles con paciencia, pedir consejo, hasta discutirle algunas cuentas.

No hace falta que pague usted por mí se quejó él una vez, cuando Carmen quiso hacer la gestión desde el cajero. Que yo me apaño solo.

Que no pago por usted, hombre protestó ella. Usted me da el dinero, yo solo ayudo. No sea terco.

Él se sonrojó, aunque acabó aceptando. Por dentro le revolvía esa mezcla de agradecimiento y vergüenza; nunca le gustó sentir que debía favores.

A veces también discutían. Sin gritos, pero con ese deje dolido. Una vez, saliendo del súper, salió el tema de los hijos.

Mi hijo siempre: Papá, vende el piso y vente con nosotros a Valencia. ¿Para qué te quedas allí solo? Y yo, ¿voy a ser yo el que le quite el sofá a mis nietas? Ode aquí todo es mío.

Pues el mío hace años me dice: Mamá, vente ya, te hacemos tu cuarto. Tienen casa grande. Pero nunca me animo. Aquí tengo la tumba de mi marido, las amigas… Aunque a veces pienso si no me estaría equivocando.

No mujer, allí te sentirías de sobra. Ellos vienen cansados del trabajo, los niños con los deberes, y tú arrinconada. De esas historias conozco muchas.

¿Y aquí quién me necesita? le saltó a Carmen.

Él se calló, le dolió ese aquí. Le pareció que también iba por él. Sintiéndose herido, masculló:

Bueno, perdón… Yo pensaba que ya éramos como…

No terminó la frase. Lo de amigos se le quedó en la garganta, demasiado solemne a su edad.

No lo digo por ti aclaró Carmen enseguida, viendo que se había encogido. Es una reflexión. Si me hubiera ido, ya habría cortado con todo esto… y eso da miedo.

Él asintió, pero caminaron el resto del trecho en silencio. Al despedirse, lo hizo seco, y esa noche dio mil vueltas en la cama, dándole vueltas a que lo había fastidiado.

Pasaron varios días sin verse. El tiempo empeoró, empezó a chispear. Carmen seguía saliendo un rato, pero no coincidía con Tomás, y aunque intentaba no hacerle caso, la inquietud le acompañaba.

Al cuarto día, al volver del súper, vio que en su buzón había una nota: Para Carmen Rodríguez. Estoy en el hospital. Tomás M. Sin habitación ni más datos. Solo eso.

Le temblaron las manos. Entró, dejó la bolsa y se sentó a mirar el papel. ¿Le habría dado un infarto? ¿Quién le ayudó? ¿Por qué no avisaron?

Recordó que una vez mencionó la planta de cardiología en el hospital del barrio. Buscó el número de la centralita que guardaba en una agenda. Llamó, esperó una eternidad, al final le dieron el número de habitación y la franja de visitas.

A Carmen no le gustaban los hospitales; el olor a yodo siempre le ponía nerviosa. Pero al día siguiente, en cuanto abrieron las visitas, ya estaba en la puerta de la planta. Por el camino había comprado manzanas y galletas, dudando si podía comer de eso.

La habitación era para tres. Al fondo, un señor mayor; al lado de la puerta, un chico joven con el brazo vendado. Tomás estaba en la cama del medio, leyendo el Marca. Al verla, primero se sorprendió, luego se le iluminó la cara.

Carmen, ¿cómo has dado conmigo?

Tirando del hilo le dejó la bolsa en la mesilla. ¿Qué ha pasado?

Lo de siempre, el corazón. Me dio de madrugada y me recogió la ambulancia. Nada grave, en unos días me sueltan.

Estaba más pálido, con ojeras. Pero los ojos le brillaban como siempre.

¿Lo sabe tu hija?

Sí, estuvo ayer con sopa y todo. Al hijo no le he dicho, para no preocuparle.

Lo decía serio, aunque se notaba tenso. Después añadió:

Mi hija, por cierto, preguntó por ti. Que quién era la señora de la nota. Le dije que una vecina que me ayuda con los papeles.

A Carmen le dolió. Vecina que ayuda con los papeles sonaba frío. Se sentó en la silla.

Bueno, soy eso mismo, la vecina intentó decirlo seca. Hago lo que puedo.

Él se dio cuenta enseguida de su torpeza.

No era lo que quería decir apresuró. Es que mi hija pregunta de aquella manera y, si le digo que eres mi amiga, empieza: Papá, que ya no tienes dieciocho. Se creen que estamos locos…

Locos no, pero sí seguimos siendo personas sonrió ella.

Hubo un silencio. El señor de la cama de la ventana fingía dormir. Tomás, en voz baja, confesó:

¿Sabes qué es lo que me da miedo de verdad? No es morirme, es eso de que te lleven y nadie lo sepa. Te quedas mirando el techo y no hay a quién llamar. Los hijos, lejos y liados. Pero me acordé de ti y me sentí más tranquilo. Alguien sabría dónde ando.

A Carmen se le hizo un nudo en la garganta. Miró la ventana, había una maceta mustia.

Yo también tengo miedo murmuró. Pero lo disimulo. Siempre hago ver que no, delante del hijo y los vecinos. Pero por la noche me pongo a contar pastillas. Es absurdo, ¿verdad?

No es absurdo afirmó él. Yo también lo hago.

Se miraron y sonrieron. Fue como reconocerse.

Entró entonces una señora con una bolsala hija de Tomás, era inconfundible. Dejó la bolsa en la mesilla.

Papá, te he traído sopa. ¿Y esta señora?

Miró a Carmen, curiosa pero correcta.

Carmen Rodríguez aclaró Tomás, tranquilo. Una buena amiga. Me ayuda con los papeleos y nos damos paseos juntos.

Buenas tardes respondió la hija. Gracias por ayudarle. Es muy cabezota para dejarse cuidar…

No es nada, a veces charlamos dijo Carmen.

La hija asintió y empezó a ordenar cosas, preguntar por los médicos. Carmen se notó de más y se despidió.

Volveré, si te parece.

Cuando quieras contestó él.

En casa, Carmen le daba vueltas a esa etiqueta: buena amiga. Quizá en su edad, mejor hablar poco y no poner nombres rimbombantes. Lo principal era que, cuando se sintió vulnerable, Tomás pensó en ella.

Tomás estuvo en el hospital un par de semanas. Carmen iba cada dos días, con fruta y periódicos. A veces charlaban, a veces callaban, sobre todo recordaban anécdotas de juventud, del barrio, de veranos en el pueblo.

Con el tiempo, la hija de Tomás se fue habituando a verla. Un día, acompañándola al ascensor, le dijo:

Gracias por estar. Trabajo mucho y no puedo venir todos los días. Pero por favor, si pasa algo serio, llámame.

Tranqui, no pienso hacerme cargo de todo yo sola. Pero si puedo ayudar, lo hago.

Dieron el alta a Tomás a finales de abril. El cardiólogo le recetó pasear, cuidar los disgustos y no saltarse las pastillas. Su hija le llevó a casa y le ayudó con las bolsas, pero al día siguiente ya recorría el parque con su bastón.

Carmen estaba en el banco esperándole y, al verle, se levantó.

¿Qué tal? quiso saber, fijándose en su cara.

Sigo aquí sonrió él. Y eso ya es bastante.

Se sentaron juntos. Estuvieron oyendo el bullicio del patio. Al rato, él le sacudió una idea:

He pensado mucho estos días. Mira, no quiero ser una carga para ti. Me gustaba que vinieras, pero también me daba vergüenza. No quiero que dejes tus cosas por mi culpa.

¿Qué cosas? se rió ella. Tele, supermercado, la serie por la tarde… no lo dramatices.

Aun así insistió, no quiero que te sientas obligada. Bastante tengo con que cada uno llevamos nuestras historias.

Ella lo miró unos segundos:

¿Crees que yo quiero ser una carga para alguien? Por eso tiro sola. Pero he aprendido algo: uno se puede quedar en casa, con miedo a molestar. O puede llegar a un acuerdo. No prometer imposibles, solo estar ahí mientras se pueda.

Él meditó.

¿Y cómo sería eso?

Pues mira empezó ella: Si tienes una urgencia, llama al médico, no a mí de madrugada. Si te da miedo ir solo al ambulatorio, avísame y vamos, pero a la compra te la apañas tú. Yo no soy tu cuidadora. Y lo mismo yo: si tengo un apuro, puedo pedir ayuda, pero no voy a exigirte nada. Cada uno tiene su familia y su vida.

Él asintió. En lo simple de sus palabras había liberación, sin papeles de héroes ni víctimas.

Trato hecho sonrió él. Nos ayudamos, pero cada cual con lo suyo.

Eso es.

Desde entonces, su amistad fue más tranquila. Coincidían en el parque, en la consulta, tomaban café juntos alguna tarde. Pero sabían muy bien hasta dónde llegaban.

Cuando se le estropeó el grifo de la cocina, Carmen le llamó:

¿Puedes mirar esto? le pidió. Me da miedo que acabe rompiéndose de verdad.

Lo miro, pero si es complicado, avisamos al fontanero. Ya no estoy para meterme debajo de los fregaderos…

Fue, manejó el grifo y llamó al profesional. Mientras esperaban, tomaron té. Él contaba historias de su época en el taller, y ella pensaba que envejecer también era saber delegar.

A veces iban juntos al mercado. Era un jaleo de voces, con el pescadero ofertando a gritos. Tomás regateaba la fruta y Carmen meditaba qué pollo comprar. Volvían protestando del precio, aunque los dos sabían que, sin esas salidas, la semana era mucho más larga.

Los hijos les reaccionaban a su manera. El de Carmen una vez le preguntó:

Mamá, ¿quién es ese Tomás Mesa que siempre nombras?

El vecino, que me ayuda con la tablet y me acompaña a caminar, yo le ayudo con papeles.

Tú vigila, mamá. No te fíes con los papeles y el dinero, que hoy hay de todo…

Carmen se rió.

Que no soy una cría. Sé lo que hago.

La hija de Tomás también soltaba de vez en cuando:

Papá, no abuses de Carmen. Recuerda que ella no es tu enfermera.

Tenemos un trato, tranquila le respondía él.

¿Qué trato?

Uno de jubilados se defendía, bromeando.

Llegó el verano sin que se dieran cuenta. El parque floreció de verde y los bancos siempre tenían más gente. Madres jóvenes, chavales con música, algún otro jubilado. Pero Carmen y Tomás tenían reservado su banco; sentarse juntos era como poner orden en el mundo.

Una tarde, con el sol ya cayendo, miraban a los críos jugar al balón. El aire olía a polvo y a hierba recién cortada. Tomás dejó el bastón apoyado.

¿Sabes lo que pensé el otro día? dijo mirando a los niños. Que yo creía que la vejez era que todo se acababael trabajo, los amigos, las ganas. Que sólo quedaban pastillas y la tele. Pero ahora, veo que hay cosas que sí empiezan. Distintas, claro.

¿Por nosotros lo dices? se atrevió Carmen, medio sonriendo.

Por nosotros también afirmó él. No sé cómo llamarlo, si amistad, compañerismo, socios de sala de espera… Pero contigo me siento… más tranquilo.

Ella miró sus manos, llenas de venas y arrugas. Luego las suyas, tan similares tras los años.

Y yo confesó ella. Antes, por las noches, pensaba: Si mañana no me despierto, ¿quién lo sabrá? Ahora, al menos uno se sorprenderá si no bajo al parque.

Él se echó a reír despacio.

No solo me sorprenderé, montaré un escándalo en el portal.

Así me gusta.

Permanecieron sentados un rato antes de levantarse. Iban lentos, cada uno por su lado del camino. Al llegar al cruce, él preguntó:

¿Mañana al centro de salud?

Sí, me toca análisis de sangre. ¿Vienes?

Por supuesto, pero solo te acompaño a la puerta del laboratorio. Si no, acabo con tu sangre de tanto charlar.

Ella rió.

Trato.

Se separaron y volvieron a sus portales respectivos. Carmen subió, entró en el piso callado, dejó la bolsa, fue a la cocina y puso agua para el té. Mientras hervía, se asomó al ventanuco. Abajo, en la puerta del bloque de Tomás, él bregaba con la cerradura. Alzó la cabeza, notó su mirada y le saludó con la mano. Carmen le respondió igual.

Silbó el hervidor. Preparó su té, cortó un trozo de pan y se sentó a la mesa. En la silla de enfrente, su chal tejido a mano. Apoyó la mano sobre él y, en la quietud, notó algo distinto. Ese silencio, antes hermético, ahora no resultaba tan ensordecedor. Porque, en algún rincón del barrio, había alguien que mañana la acompañaría al ambulatorio, se quejaría con ella de los médicos y le preguntaría, de verdad, cómo estaba.

La certeza de que la vejez no se va ni se vence seguía ahí. Seguían doliendo los huesos, tocaba controlar las pastillas y los precios sólo subían. Pero en ese día a día, tenía ahora también un pequeño apoyo. No era un milagro ni un rescate. Era, simplemente, otro banco en su vida donde sentarse juntos un rato, coger aire y seguir. Cada uno a su ritmo, pero en compañía.

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