Con la llegada de la primavera, mis padres decidieron poner a la venta el terreno familiar. Ambos eran ya mayores y su salud no les permitía cuidar la parcela como antes. La hija, Aurora, trabajaba y tenía que ocuparse de sus hijos, así que le resultaba imposible ayudar. Mis padres lo pensaron mucho, pero al final tomaron una decisión.
Aurora, la mayor, sintió alivio: ya no tendría que soportar reproches por no ayudar en el huerto. Era complicado encontrar tiempo para colaborar, especialmente porque el terreno quedaba lejos de su casa en Alcalá de Henares. Varias veces, Aurora había sugerido a sus padres vender e incluso comprar un terreno más cerca. No quería dedicar sus días libres a arrancar hierbas. Soñaba con un lugar para descansar, leer un libro o hacer un picnic. Para mí, ese terreno era útil para hacer conserva.
Los fines de semana pasaban volando para Aurora y su esposo, Javier. Apenas quedaba tiempo para tareas domésticas. Javier, arquitecto, podía recibir llamadas de trabajo incluso el sábado o el domingo. Aurora sabía que el terreno les quitaba más tiempo del que les daba. Tras cada fin de semana allí, unos días de descanso serían necesarios.
La venta fue todo un acierto para Aurora. Durante unos años vivieron sin agobios. Sin embargo, después comenzó a echar de menos un sitio donde relajarse. Le compartió a Javier su sueño de tener una parcela para desconectar. Javier propuso buscar un terreno para comprar.
Su rutina laboral se había estabilizado. Los fines de semana ya se podían disfrutar más tranquilamente, al aire libre y en familia. Sería beneficioso para los niños, pensaron. Decidieron que no plantarían nada complicado: sólo unos árboles y arbustos de frutas para que los niños tuvieran vitaminas naturales. Avisaron a sus padres de que el terreno sería solo para descanso, sin huertas ni labrar la tierra. La idea gustó a todos. Solo faltaba escoger la parcela adecuada.
Revisaron varias opciones y finalmente encontraron una apropiada: con una casita digna y las plantaciones necesarias. El vendedor era el abuelo, don Luis. Se había quedado viudo y ya no cuidaba de su jardín, así que decidió vender.
Todo se concretó rápidamente. Aurora estuvo encantada: su sueño se hacía realidad. La casa era bonita, habitable y de momento no precisaba reformas. Decidieron mejorarla durante el verano y así lo hicieron.
Pasaron su primera semana en paz. Pero don Luis empezó a visitarlos, diciendo que vendría a recoger sus cosas. Nadie se opuso, pero pronto comenzaron las quejas. Primero por los arbustos que habían quitado porque estaban secos. Luego por los lirios que no hacían falta.
Don Luis alegó que no era eso lo acordado. A fin de cuentas, él y su difunta esposa habían plantado esos arbustos hacía años y siempre había necesitado los arándanos. Cuando vio que en vez de fresas había piedras ornamentales, volvió a lamentarse.
El abuelo recorrió todo el terreno encontrando motivos para protestar en cada rincón. Finalmente, Javier no aguantó más y habló claro. Hemos pagado euros por esta parte de tierra, según los papeles es nuestra propiedad. Podemos decidir qué plantar y dónde.
El contrato de compraventa no incluye que el antiguo dueño siga usando el terreno. De haberlo sabido, no habrían firmado. Don Luis se fue, pero regresó al día siguiente con un arbusto en mano dispuesto a plantarlo donde antes había un rosal.
Javier preguntó qué pasaba. El abuelo propuso devolverles el dinero y quedarse él con el terreno. Aurora y su esposo lo rechazaron, pero él de todas formas plantó el arbusto. Luego apareció una vecina, Dolores, extrañada de ver al antiguo propietario. Don Luis comenzó a quejarse de los nuevos dueños. Dolores apoyó a Aurora y Javier: ellos tenían derecho a disponer del terreno como quisieran. Solo que transmitir esa información al abuelo era complicado.
Poco después, Dolores contó que don Luis discutía con todo el vecindario. Desde que enviudó, su comportamiento era peculiar. No esperaban tranquilidad: el abuelo seguía apareciendo. Dolores intentó ayudar, ofreciéndose a hablar en el Ayuntamiento para explicar al anciano la situación.
Mientras charlaban, don Luis logró plantar el arbusto y salir del terreno. Luego vino a buscar más cosas, hizo alguna tarea y se marchó en silencio.
Por la mañana, Javier se fue a su trabajo en Madrid. Contó la historia a sus compañeros de la constructora. Le dijeron que la parcela venía con “dotación extra”, pero también se ofrecieron a ayudar: empezaron a instalar una valla. Don Luis dejó de venir unos días y, cuando regresó, se encontró con que no podía entrar libremente.
Se enfadó, intentó acceder andando y después acudió al Ayuntamiento. Allí ya sabían que el abuelo no dejaba a los nuevos propietarios vivir tranquilos. No sé qué le dijeron, pero después solo volvió una vez más, para recoger el resto de sus cosas.






