Tenía ocho años cuando mi madre se marchó de casa. Salió caminando hasta la esquina de la calle Mayor, paró un taxi y nunca regresó. Mi hermano tenía cinco.
A partir de entonces, la atmósfera en nuestro piso de Madrid cambió para siempre. Mi padre empezó a hacer cosas que nunca le había visto hacer: se levantaba temprano, preparaba café y tostadas, intentaba lavar la ropa y planchar nuestros uniformes, nos peinaba las coletas con torpeza antes de ir al colegio. Le veía equivocarse con las medidas de la paella, quemar la tortilla, mezclar camisetas blancas con las de colores en la lavadora. Pero jamás permitió que nos faltara nada. Llegaba agotado de su trabajo en el ayuntamiento y se sentaba a revisar nuestros deberes, firmar los cuadernos, preparar la merienda para el día siguiente.
Mi madre nunca volvió a visitarnos. Mi padre jamás trajo otra mujer a casa, ni presentó a nadie como su pareja. Sabíamos que alguna noche salía, que a veces llegaba tarde, pero su vida privada nunca traspasó las puertas de nuestro hogar. La casa éramos solo mi hermano y yo. Nunca le oí decir que había vuelto a enamorarse. Sus días eran trabajar, volver, cocinar, lavar, acostarse y repetir la rutina.
Los fines de semana nos llevaba al parque del Retiro, al Manzanares, incluso al centro comercial de Gran Vía aunque fuera solo para mirar escaparates. Aprendió a hacer trenzas, a coser botones, a preparar bocadillos de jamón y queso. Cuando tocaba alguna fiesta en el colegio y necesitábamos disfraces, nos los fabricaba con cartón y retales antiguos. Nunca se quejaba. Jamás decía: Esto no me corresponde.
Hace un año mi padre se fue con Dios. Fue todo muy rápido, sin tiempo para despedidas largas. Ordenando sus cosas, encontré libretas viejas donde tenía apuntados los gastos de la casa, fechas importantes, notas como paga la matrícula, compra zapatos, lleva a la niña al médico. No había cartas de amor, ni fotos con otra mujer, ni señales de una vida romántica. Solo el rastro de alguien que vivió para sus hijos.
Desde que no está, hay una pregunta que no deja de rondarme: ¿fue feliz? Mi madre se marchó intentando encontrar su felicidad. Mi padre se quedó y parece que renunció a la suya. Jamás rehízo su familia. Nunca volvió a formar un hogar con otra persona. Nunca más fue prioridad para nadie, excepto para nosotros.
Hoy entiendo que tuve un padre excepcional. Pero también sé que fue un hombre que eligió la soledad para que nunca la sintiéramos nosotros. Y eso pesa. Porque ahora que él no está, no sé si alguna vez recibió el amor que realmente merecía.





