Tengo veintinueve años. Puede que sea la mujer más ingenua del mundo, porque hasta hace poco pensaba que en mi familia todo estaba bien. Pero me equivoqué… Mi marido resultó ser un traidor y un egoísta. Aún no puedo creer que me haya hecho esto.
Nos conocemos desde hace diez años, de los cuales llevamos seis casados. Se llama Álvaro, era muy atento y siempre se preocupaba por nosotros, se encargaba de mantenerme a mí y a los niños. Tenemos dos hijos: un niño y una niña. Con mi apoyo, Álvaro consiguió montar su propia empresa, que daba muy buenos ingresos.
Yo trabajaba como dependienta, y últimamente abrí mi propia tienda online de ropa. Así que, cuando mi hija está en la guardería y mi hijo duerme la siesta, yo trabajo y consigo sacar algo de dinero.
Durante años, mi peso rondaba los cincuenta y cuatro kilos. Tras tener hijos, engordé veinte kilos. Al principio tenía la esperanza de que el ir detrás de los dos peques me ayudaría a perderlos, pero no todo es tan sencillo como parece. Me marqué como meta bajar esos kilos: comía sano, hacía ejercicio, bebía mucha agua y evité la bollería. Sin embargo, el peso no bajaba y eso me hacía sentir muy acomplejada.
Después del segundo embarazo dejé de gustarme a mí misma. Ya no me sentía femenina ni atractiva. Y Álvaro cambió delante de mis ojos: dejó de besarme y abrazarme. Ni hablemos de la intimidad Ni siquiera recuerdo cuándo tuvimos una conversación normal por última vez. Todo lo que hablamos ahora gira en torno a las necesidades diarias de la familia.
Reconozco que antes de ser madre me sentía mucho más segura y atractiva. Ahora, ni yo misma me siento cómoda frente al espejo. Sé que eso ha dañado nuestra relación, así que decidí intentar recuperarla. Un día quise sorprender a mi marido llevándole la comida al trabajo. Al llegar a la puerta, escuché una conversación:
Cariño, no te preocupes, luego de trabajar voy a verte. Ya le dije a mi mujer que tengo demasiado trabajo. ¡Ni siquiera sabe que existes!
No entré a su despacho, me di la vuelta y me marché.
No entiende que el peso lo gané por traer al mundo a nuestros hijos. Él tampoco está en forma, pero solo ve mis defectos. Incluso él ha engordado.
Empecé a pensar si, además, mi marido me considera tonta.
No fui capaz de contarle a Álvaro lo que había escuchado. ¿Qué hago? ¿Le pido el divorcio? ¿Y los niños, cómo estarán sin su padre? ¿Hago como si no pasara nada? Siento que no podría soportarlo.
Por ahora he decidido seguir cuidándome. Me he apuntado al gimnasio. Primero voy a mostrarle a mi marido lo que ha perdido, y después lo que la vida me depare.
Ahora entiendo que ningún sacrificio por los demás debe hacernos perder nuestra dignidad ni olvidarnos de nuestra propia felicidad.





