Tengo 66 años y, desde principios de enero, comparto mi vida con una chica de 15 años que no es mi hija. Es la hija de una vecina, Pilar, que falleció de manera repentina unos días antes de Nochevieja. Vivían solas en un piso minúsculo de alquiler, en la calle San Vicente, a tres portales del mío. Apenas tenían espacio: una cama para las dos, una cocina improvisada, y una mesa pequeña que servía para comer, estudiar y trabajar. Lujo y comodidades nunca las vi allí, sólo lo esencial.
Pilar llevaba años enferma, pero trabajaba sin descanso. Vendía productos por catálogo y recorría las casas del barrio para entregar encargos. Cuando las ventas no bastaban, montaba un puesto en la acera frente al portal y ofrecía empanadas, bocadillos de avena y zumos recién hechos. Aurora, la niña, la ayudaba tras el colegio: preparaba la comida, atendía a los clientes, recogía al final del día. Las veía muchas noches cerrar su tenderete, cansadas, contando monedas sobre la mesa para decidir si les llegaría para el día siguiente. Pilar era orgullosa y tenaz; jamás pedía ayuda. Cuando podía, les compraba algo de comida o les llevaba un guiso; siempre con cuidado, para no incomodarla.
Nunca vi invitados en ese hogar, ni familiares que apareciesen. Pilar jamás hablaba de hermanos, primos o padres. Aurora creció sola, aprendiendo desde pequeña a colaborar, a no pedir, a arreglarse con lo justo. Ahora, vistos los recuerdos con perspectiva, me planteo si debí insistir más en ayudar, pero respeté siempre la discreción de Pilar.
La muerte de Pilar llegó sin que nadie lo esperase. Un día estaba en el kiosco y, apenas unos días después, ya no estaba. No hubo despedidas largas, ni parientes que vinieran. Aurora se quedó sola en aquel piso, con el alquiler que corría, las facturas y el inicio del colegio casi encima. Recuerdo su cara entonces: deambulaba perdida, temerosa de acabar en la calle, sin saber si alguien iría a buscarla, si la llevarían a un sitio desconocido.
En ese momento, tomé una decisión: la invité a venir a vivir a mi casa. No convoqué reuniones, ni hice discursos. Simplemente le dije que podía quedarse conmigo. Metió sus pocas cosas en bolsas y cruzó el umbral. Cerramos el piso y el dueño comprendió la situación.
Ahora, Aurora vive conmigo. No está aquí como una carga, ni como alguien de quien hay que ocuparse en todo. Distribuimos las tareas: yo cocino y organizo la comida; ella ayuda en la limpieza friega los platos, hace su cama, barre y ordena los espacios comunes. Cada una sabe lo que le corresponde. No hay gritos, ni órdenes. Todo lo hablamos.
Yo asumo sus gastos: ropa, cuadernos, material escolar, el bocadillo de media mañana. El instituto está a dos manzanas de casa.
Desde que llegó, la economía se ha apretado mucho más. Pero no me pesa. Prefiero esto antes que saberla sola, desamparada, repitiendo la misma inseguridad que vivió junto a su madre enferma.
No tiene a nadie más. Y yo tampoco tengo hijos que vivan conmigo. Creo que cualquiera habría hecho lo mismo. ¿Vosotros qué pensáis de esta historia mía?





