Tengo 60 años y en dos meses cumpliré 61. No es una cifra redonda, no es un 70 o un 80, pero para mí…

Life Lessons

Hoy he decidido escribir esto porque llevo semanas dándole vueltas y siento la necesidad de desahogarme. Dentro de poco cumpliré 61 años. Es verdad que no es un número especialmente redondo; no son los 70 ni los 80, pero para mí tiene valor. Quiero celebrarlo, no de cualquier manera, sino con una fiesta de verdad: una cena bonita, mesas bien puestas, sillas adornadas, camareros, música suave de fondo. Quiero algo que me haga sentir viva y agradecida por todo lo que ha sido mi vida.

El problema es que mis hijos no lo ven igual.

Tengo dos hijos ya adultos. Los dos viven conmigo, junto a sus parejas y mis nietos. Mi casa siempre está llena de voces, del televisor encendido, de niños corriendo de un lado para otro; siempre hay conversaciones, discusiones, movimiento. Por supuesto, les quiero mucho… pero ya no tengo ni un momento de paz. Jamás estoy sola. Nunca.

Ellos tienen trabajo, sí, pero la realidad es que la mayoría de los gastos los asumo yo. Entre mi pensión, el dinero que me dejó mi difunto marido y el pequeño negocio que aún mantengo, soy quien paga facturas, la compra, reparaciones y tantas veces esa “ayuda temporal” que siempre termina por hacerse definitiva.

Nunca me ha molestado ayudar. Lo que sí me inquieta ahora es que toman las decisiones por mí.

Cuando les conté que quería organizar la fiesta de cumpleaños, pusieron el grito en el cielo y lo calificaron de despilfarro. Que con mi edad no valía la pena gastarse el dinero en mesas y camareros y cenas. Que sería mucho más útil darles ese dinero a ellos, para invertirlo, para cubrir necesidades, para algo “sensato”. Me hablaban casi como si fuese una irresponsable con mi propio dinero.

Les expliqué que no iba a pedir ningún crédito y que llevaba meses pensando en esto. Pero no quisieron escucharme. Insistieron en que era un gasto absurdo.

Y uno de ellos me dijo:
Mamá, eso ya no es para ti.

Me dolió más de lo que imaginaba.

Desde entonces me ronda por la cabeza todo aquello que nunca me he atrevido a confesar en voz alta: a veces deseo estar sola en mi propia casa, echo de menos el silencio al despertar, anhelo llegar a casa y encontrar el salón vacío, elegir sin tener que justificarme.

Hasta he pensado en pedirles que busquen su propio hogarno por hacerme la mala, sino porque siento que ya cumplí con mi papel.

Pero luego aparece la culpa.

Me asusta ser egoísta.

No quiero discutir, ni “expulsar” a nadie de una noche para otra. Sólo deseo saber si estoy equivocada por querer celebrar mi cumpleaños a mi manera. Por anhelar silencio de vez en cuando. Por querer que, alguna vez, mi dinero también sea para mí.

Escribo porque estoy hecha un lío… No sé si insistir, o volver a ceder. No sé si debería celebrar la fiesta aunque ellos no estén de acuerdo.

¿De verdad estoy tan equivocada por querer que mi cumpleaños se celebre como yo quiero, y por pedir que la casa y mi dinero no sean siempre una decisión “de todos”?

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