Tengo 58 años y he tomado una decisión que me ha costado más de lo que la mayoría de la gente podría imaginar: he dejado de ayudar económicamente a mi hija. Y no lo hice por falta de cariño ni porque me haya vuelto un tacaño.
Mi hija se casó con un hombre que desde el principio mostró que el trabajo no era lo suyo. Iba saltando de empleo en empleo cada pocos meses, siempre alegando alguna excusa: que si el jefe, que si el horario, el sueldo, el ambiente nunca estaba contento con nada.
Mi hija sí trabajaba, pero el dinero nunca era suficiente.
Mes tras mes, él venía a pedirme lo mismo: que si el alquiler, que si la comida, las deudas, el colegio de los niños. Y yo siempre acababa prestando mi ayuda.
Al principio pensé que sería algo pasajero. Que era una mala racha, un bache. Que él terminaría por asumir su papel, encontraría estabilidad, se haría responsable, se haría hombre.
Pero pasaban los años y nada cambiaba.
Él seguía en casa, se levantaba tarde, salía con los amigos, siempre diciendo que casi tenía algo apalabrado. Y el dinero que yo daba a mi hija iba en realidad para cubrir gastos a los que él debería hacer frente o, peor aún, para sus copas.
Ni siquiera buscaba trabajo, sabiendo que, pasara lo que pasara, siempre podría contar conmigo para sacar las castañas del fuego.
Mi hija tampoco le exigía nada. Le resultaba más sencillo pedirme ayuda a mí que enfrentarse a él.
Y así, yo pagaba cuentas que no eran mías. Cargando con el peso de un matrimonio ajeno.
El día que decidí parar fue cuando mi hija me pidió dinero para una emergencia y, sin querer, mencionó que era para cubrir una deuda que su marido había acumulado jugando al billar en un bar con los amigos.
Le pregunté:
¿Por qué él no trabaja?
Y me respondió:
No quiero presionarle.
Entonces fui claro:
Le dije que seguiría estando a su lado, apoyándola en todo lo emocional, que siempre estaría para ella y para mis nietos. Pero que no daría ni un euro más mientras ella estuviera al lado de un hombre que no hace nada y que no asume ni la más mínima responsabilidad.
Ella lloró. Se enfadó. Me acusó de abandonarla.
Y ese fue uno de los momentos más duros que he vivido como padre.
Ahora, tras pensarlo mucho, comprendo que a veces dejar de ayudar es el mayor acto de amor que existe. Solo así, quizá, puedan aprender a hacerse cargo de su propia vida.






