Tengo 42 años y estoy casado con la mujer que fue mi mejor amiga desde que teníamos 14. Nos conocimos en el instituto en Madrid. No hubo fuegos artificiales ni nada de eso, cero interés romántico. Éramos dos chavales que, por casualidad, compartieron pupitre y empezaron a verse todos los días. Desde el principio, la nuestra fue una pura amistad: deberes juntos, recreos, confidencias, secretos. Yo sabía de sus novietes, ella de las chicas que me gustaban a mí. Jamás hubo un beso, insinúa alguna, ni nada parecido. Éramos, de verdad, mejores amigos.
En la adolescencia y el comienzo de la veintena, cada uno hizo su vida. A los 19 me fui a estudiar a Salamanca, ella se quedó en Madrid. Con 21 tuve mi primera relación seria, y a los 24 me casé con otra chica. Mi mejor amiga vino a mi boda y se sentó junto a mi familia. Por entonces ella también tenía una pareja estable. Seguíamos hablando mucho: nos contábamos los problemas, pedíamos consejo, nos escuchábamos como siempre.
Mi primer matrimonio aguantó casi seis años. Desde fuera parecía perfecto, pero por dentro era un desastre de silencios, discusiones y mucha distancia. Mi mejor amiga lo sabía todo. Sabía cuándo dormíamos en habitaciones separadas, cuándo dejamos de hablarnos, cuándo empecé a sentirme solo a pesar de estar acompañado. Nunca fue crítica con mi exmujer, ni me dio motivos para enfadarme con ellasolo me escuchaba. En esa época, ella también acabó una relación larga y pasó un tiempo sola, centrada en su trabajo.
El divorcio llegó cuando tenía 32. Fue largo y difícil, con abogados y mucha carga emocional. Empecé una nueva vida, solo, desde cero. Durante ese tiempo, la que estuvo más cerca de mí fue mi mejor amiga: me ayudó a buscar piso, vino conmigo a IKEA a comprar muebles, cenábamos en casa para que no me sintiera solo. Aún nos seguíamos llamando amigos, pero empezaron a pasar cosas nuevas: silencios eternos sin ser incómodos, miradas que duraban algo más, celos nunca confesados…
Con 33, una noche después de cenar en mi piso, sentí que no quería que ella se fuera. No fue nada físico. No hubo beso. Pero dormí fatal, porque entendí algo que no quería aceptar: ella ya no era solo mi amiga. A los pocos días ella también me soltó algo similarcon ejemplos y todo: que le sentó fatal saber, por otros, que había salido con otra, que le molestó no ser la primera en enterarse, que se preguntaba desde cuándo sentía así.
Nos costó casi un año asumir lo que estaba pasando. Durante ese tiempo salimos cada uno con otras personas, intentando convencer a los dos de que lo nuestro no era amor. Pero nada. Siempre acabábamos volviéndonos a buscar, a contarnos la vida y a comparar todo con lo que teníamos juntos. A los 35 decidimos intentarlo. Al principio fue extraño: pasábamos de 20 años de amistad a una relación, con miedo y culpa, pensando que si salía mal, perderíamos todo.
Nos casamos dos años despuésyo tenía 37, ella 36. Sin bodorrio ni tonterías, algo sencillo y muy pensado. La gente decía que siempre fue evidente, que estábamos hechos el uno para el otro. La verdad es que nunca lo vimos así. Fuimos amigos más de dos décadas, jamás cruzamos esa línea. El amor no estuvo desde el principioapareció después, cuando ya habíamos vivido, sufrido y perdido.
Hoy llevamos años casados. No digo que sea perfecto, pero sí sólido. Nos conocemos de arriba abajo: sabemos cómo reacciona el otro bajo presión, cómo discutimos, cómo callamos, cómo nos pedimos perdón. A veces pienso que, si no hubiera pasado por un divorcio, jamás habría valorado lo que tenía delante. No me casé con mi mejor amiga por rutina o comodidad. Me casé con ella porque, después de todo lo vivido, era la única persona con la que nunca tuve que fingir ser otra persona.





