Tenemos cinco pisos en la familia, pero aun así nos vemos obligados a alquilar uno: así es cómo hemos llegado a esta situación y por qué nuestros padres prefieren obtener ingresos de sus propiedades antes que ayudar a sus hijos

Life Lessons

Ya estoy tan acostumbrada a esta situación que pocas cosas me sorprenden. Os contaré cómo hemos llegado a tener cinco pisos en la familia y, sin embargo, mi marido y yo estamos condenados a alquilar.

Los padres de mi marido viven en su propio piso y además tienen otros dos repartidos por Madrid, que alquilan a terceros. Nos explican, siempre con esa sonrisa que te saca de quicio, que se han ganado todo ese patrimonio solitos y que esperan que hagamos lo mismo. Evidentemente olvidan que, en sus tiempos, el Estado te daba un piso casi por existir, y si trabajabas en una fábrica tenías la vivienda asegurada. Ahora ahorrar para comprarte uno es tarea digna de un milagro, especialmente si cada céntimo se va en pagar el alquiler.

Mis padres, hay que reconocerlo, tampoco son unos santos comparados con mis suegros. Cuando falleció mi abuela, me dejó su piso en herencia, pero como entonces yo todavía coleccionaba chapas y estudiaba primaria, mis padres decidieron alquilarlo hasta que cumpliera los 18. El problema es que, ahora que soy adulta, se han acostumbrado tanto a recibir la transferencia cada mes que no hay quien les saque de ahí la costumbre.

Llevamos ya varios años alquilando un estudio minúsculo, tamaño almacén, en el que la mayor parte de nuestro sueldo se va directo al casero. Ha habido rachas en las que el menú era bocadillo de aire y agua del grifo, y ahora estoy de baja maternal. Mi nómina nunca fue la alegría de la huerta, pero sin hijos nos apañábamos como podíamos. Mi marido se parte la espalda trabajando en dos sitios, pero si no tienes estudios, en España no te dejan ni barrer en condiciones. Salió del instituto directo a hacer la mili y luego nos conocimos, así que la universidad ni la ha olido.

Lo que de verdad me pone de los nervios es que mi madre, casi cada semana, me pide que la ayude a elegir vestido o blusa nueva, mientras yo casi me como las uñas porque no me llega para frutas o vitaminas. Nos suelta la lección, que tenemos que ser independientes y, encima, afirma que deberíamos ayudarles porque piensan recorrer medio planeta y les sale caro.

Por supuesto, la actitud de los padres de mi marido y los míos me parece surrealista. Lo tienen todo, viven con lujos, y ni un gesto cuentan con sus hijos. No pido que se queden sin comer por nuestra culpa, pero si pueden ayudarnos, ¿de verdad cuesta tanto hacerlo? No comprendo cómo pueden ser tan tacaños con los suyos, así que, cuando sea madre, daré a mis hijos hasta la luna si hace falta.

Nuestros amigos y familiares insisten, casi como mantra, que algún día heredaremos todos esos pisos y seremos millonarios en euros. Pero sinceramente, tengo tal enfado que prefiero no heredar ni un ladrillo. Que se lleven los pisos a la tumba si quieren, ¡más espacio para nosotros en este mundo!

Rate article
Add a comment

eight + fifteen =