Te aconsejé que te detuvieras después del tercer hijo. Incluso te compré unas pastillas especiales, con la esperanza de que reconsideraras lo que hacías. Pero parece que mis esfuerzos han sido inútiles.
¿Cuántos hijos más tienes pensado tener? pregunta mi suegra con un deje sarcástico.
Mejor no uses ese tono. ¿Estás molesta porque Pedro te ha contado lo de mi embarazo? responde Mónica con serenidad.
¡Por supuesto que sí! Te advertí que era suficiente con el tercero. Te compré esas pastillas específicamente, esperando que te lo pensaras dos veces antes de seguir adelante. Pero todo ha sido en vano se queja mi suegra.
Ya conocemos tu opinión, pero no queremos ir en contra de lo que sentimos responde Mónica con calma.
¿Estáis de broma conmigo? Pues no contéis más con mi ayuda grita María.
Mónica está a punto de responder cuando, de repente, suena el teléfono.
María nunca ha apoyado a sus hijos. Jamás lleva a sus nietos de paseo, no pasa tiempo con ellos ni les trae regalos o golosinas salvo en sus cumpleaños. Económicamente, Mónica y Pedro son completamente independientes. Cuando Mónica estaba embarazada de su tercer hijo, la suegra insistió en que abortara, pero la pareja se negó y, al final, María terminó encariñándose con su nieta. Y luego, Mónica volvió a quedarse embarazada. Mónica intenta siempre que la tensión con su suegra no se note delante de su esposo, mientras ella y los niños estén bien.
Pedro tiene un trabajo muy bien remunerado y Mónica trabaja media jornada desde casa. Cuando su pequeño negocio empezó a crecer, hasta pudo contratar a una asistente que le ayuda con los niños. Todo estaría perfecto si no fuera por la actitud de María. Desde el principio, nunca aceptó a Mónica y llegó a esperar que su hijo, Pedro, se divorciara de ella. Pero aquella ilusión se le ha ido desvaneciendo. Después empezaron a llegar los niños, uno tras otro.
Según Mónica, su suegra no quiere un cuarto nieto porque eso significa que todo el dinero de Pedro se destinará a mantener la familia, en vez de ayudar a su madre. María estaba acostumbrada a vivir con comodidad: su hijo le pagaba el dentista, la enviaba al balneario y hasta le reformaba la casa. Ahora siente que está a punto de perderlo todo, que ya no habrá más apoyo económico. Le angustia la idea de tener que renunciar a su estilo de vida.
Mónica trata de no dejarse arrastrar por el negativismo constante de María, aunque confiesa que, inevitablemente, acaba afectando a su estado anímico. Sin embargo, es improbable que la suegra pueda influir de algún modo en la decisión de la pareja. De hecho, van a tener un cuarto hijo.
¿Cómo se puede lidiar con una madre que se mete en los asuntos de sus propios hijos de esta manera?




