Taller Creativo en Lugar de Oficina

Life Lessons

23 de marzo

Hoy, como siempre, la reunión de la mañana empezó con la pantalla llena de columnas de colores y una voz monótona que explicaba por qué en el tercer trimestre tendremos que apretar los tornillos. La temperatura de la sala de conferencias se volvía sofocante; la gráfica mostraba la tendencia a la baja y el sonido de los teclados era como una lluvia sorda.

Yo, Juan Martínez, observaba a Luz García, la jefa del área de atención al cliente, mientras ella se quitaba los auriculares y los sostuvo un segundo entre sus manos, sintiendo el leve calor que se escapaba del mango. Sabía que pronto le pedirían su opinión sobre la optimización de procesos y la redistribución de carga. Las palabras ya estaban ensayadas en su cabeza, como un discurso repetido. Pero dentro de ella había un vacío; esas palabras de procesos, iniciativas y colaboración horizontal le sonaban a cosas ajenas, desconectadas de su propia realidad.

Luz, ¿está con nosotros? resonó la voz del presentador, más fuerte de lo necesario.

Ella tembló ligeramente y volvió a colocarse los auriculares.

Sí, sí, le escucho. Desde mi parte hizo clic en el ratón y abrió sus notas. Veo potencial en redistribuir tareas entre los equipos regionales, pero hay que no perder la motivación del personal.

Algunas cabezas en pequeñas ventanas asintieron; alguien anotó la frase, otro ya se distraía con el correo. Luz siguió hablando y, aunque su mente repetía factor humano, la ironía de esas palabras la golpeó. ¿Cuándo se había sentido realmente humana, y no solo como directora del área de atención al cliente?

Al terminar la videollamada, todos se dispersaron. El pasillo olía a café recién hecho y a bollería de la máquina expendedora. Luz se quedó junto a la ventana, mirando el tráfico que se estiraba bajo el gris de un cielo de marzo. Los peatones se apresuraban hacia el metro, con bufandas apretadas al cuello. En el reflejo del cristal vio su traje impecable, el peinado recogido, un maquillaje ligero. «Treinta y tres años, buen puesto, sueldo decente, hipoteca, hijo adolescente», pensó. Todo parecía perfecto, salvo la sensación de llevar puesta una segunda piel que no le pertenecía.

Su móvil vibró. Un mensaje de la antigua compañera de instituto: «¿Sigues viva? Siempre en la oficina. Salgamos este fin de semana». Respondió sin pensarlo: «Ahora no, proyecto urgente», y lo borró, sustituyéndolo por: «Hablamos el sábado».

Al volver a su despacho, sobre el portátil, encontró una pequeña caja de plástico con agujas. Una semana antes, durante una llamada nocturna con la oficina de Londres, había rozado su silla con la manga y había roto la forro del abrigo. Recordó que en el cajón guardaba un kit de costura comprado por si acaso.

Se sentó en la penumbra de la oficina, la luz del monitor le quemaba los ojos, y se quitó el blazer para coser la forro con puntadas firmes y uniformes. Sus manos recordaban cómo sostener la aguja y pasar la hebra sin enredarse. De niña, cosía vestidos a sus muñecas con retazos de faldas de su madre; en la universidad, remendaba sus vaqueros y abrigos para destacar entre la multitud.

Así había empezado su carrera: un banco, luego el holding actual, cursos nocturnos, informes, proyectos. La máquina de coser que había recibido como premio en una ocasión se acumulaba en polvo bajo la cama. Se repetía a sí misma: «Después, cuando tenga tiempo», pero el tiempo nunca llegaba.

Luz García, ¿puede? entró la asistente. Desde Madrid nos piden urgentemente el informe consolidado de quejas del trimestre, preferiblemente antes del final del día.

Envíe la plantilla contestó Luz, volviendo a la pantalla.

Al atardecer, los ojos le picaban, la cabeza latía. Apagó el portátil, lo guardó en su bolso y apagó la luz. En el ascensor, al mirarse en el espejo, vio la cansancio bajo sus ojos, que ni siquiera la base de maquillaje lograba esconder.

En casa, su hijo Arturo devoraba macarrones mientras estaba clavado al tablet. En la cocina, el resto de salsa enlatada se enfriaba.

¿Cómo va la escuela? preguntó, quitándose el blazer.

Bien respondió Arturo sin despegar la vista de la pantalla.

Preparó té, sacó un trozo de queso del frigorífico y dejó el bolso con el portátil sobre el taburete. En su cabeza siguieron girando cifras, planes, presentaciones. Por un momento sintió que su vida era una interminable lista de tareas en el planificador corporativo.

La noche fue larga; no lograba conciliar el sueño. En la oscuridad escuchaba el suave resuello de Arturo en la habitación contigua y el ruido lejano de los coches. Recordó los dedos que sujetaban la aguja y la línea recta de la costura. Recordó el sueño de abrir un pequeño taller de reparación de ropa, que quedó en pausa al casarse, al nacer su hijo y al requerir estabilidad económica.

A la mañana siguiente, el correo le entregó una sorpresa: un mensaje del departamento de recursos humanos titulado «Cambios en la estructura organizativa». En el cuerpo, frases secas sobre reestructuración, ampliación de áreas y optimización de la gestión. En el anexo, un nuevo organigrama. Su departamento se integraría en otro bloque y surgiría el cargo de «director de experiencia del cliente». El nombre del nuevo director le era desconocido.

Una hora después, la llamaron a la oficina del director general. El ambiente olía a perfume caro y a café recién hecho. El director, con una sonrisa tensa, comenzó:

Luz, sabe que los tiempos son duros. Necesitamos ser más ágiles, reaccionar rápido al mercado. Por eso hemos decidido combinar áreas. Su experiencia es valiosa, pero hizo una pausa le ofrecemos el puesto de asesora del nuevo director. Formalmente es una baja, pero mantendremos su salario durante seis meses, luego revisaremos.

Escuchó, asintiendo, sintiendo que algo se asentaba en su interior: un asesor, alguien que puede ser desplazado en cualquier momento.

¿Puedo tomarme un día para pensarlo? preguntó.

El director aceptó con una leve sorpresa.

Salió del despacho y cruzó el pasillo, donde los carteles motivacionales proclamaban liderazgo y éxito. En el baño, se quedó junto al espejo y, apoyando la frente contra la baldosa fría, se preguntó: «Si no ahora, ¿cuándo?».

Al salir, en vez de volver directamente a casa, tomó el autobús antes de tiempo y paseó por la calle. Pasó frente a farmacias, salones de belleza y pequeñas tiendas. En un sótano iluminado con luz amarilla colgaba un letrero: «Reparación y confección de ropa». Bajo él, un papel con el horario y un número de teléfono.

Se detuvo. A través del vidrio se veía el interior: mesas apiladas, una mujer de unos cincuenta, con gafas, manejando una máquina de coser. En los percheros colgaban abrigos, vestidos y pantalones. En una silla junto a la puerta había una pila de vaqueros.

Un hombre con una bolsa se acercó y, empujándola ligeramente, le preguntó:

¿Entra o no?

Luz, tras dudar, dejó pasar al hombre y la puerta se abrió, dejando entrar el ruido sordo de la máquina y el aroma a tela, plancha caliente y jabón. Un recuerdo de infancia surgió: su madre planchando la ropa en la cocina.

En ese instante, sonrió y sintió miedo a la vez. Aquella pequeña taller parecía una vida alternativa a la que temía entrar.

De vuelta en casa, Arturo seguía con los auriculares. En el escritorio había un borrador de carta al departamento de recursos humanos con el asunto «Solicitud». La abrió, miró el cuerpo vacío y lo cerró sin escribir.

Esa noche, las cifras seguían rondando en su cabeza: hipoteca, luz, comida, la cuota del club de baloncesto de Arturo. Su sueldo actual cubría todo con holgura; el taller apenas generaría ingresos modestos, sin seguro ni estabilidad.

Al día siguiente, antes de ir al trabajo, volvió al sótano. El timbre de la puerta sonó. Dentro, el calor era acogedor. Sobre una mesa había carretes de hilos de colores, alfileres y cinta métrica. La mujer de gafas levantó la vista.

Buenas dijo Luz, la voz seca por la sequedad. ¿Busca a alguien que trabaje aquí?

La mujer la evaluó, mirando su blazer, el bolso ordenado y los tacones bajos.

¿Sabe coser? preguntó sin preámbulos.

Un poco. Antes cosía para mis amigas, ya no lo hago mucho, pero mis manos recuerdan.

Todas dicen lo mismo respondió la mujer, sonriendo. Yo soy Zinaida. Tengo una ayudante, pero a veces le cuesta estar de pie todo el día. El trabajo hay, pero no es oficina, ya sabes, polvo, hilos, clientes variados y poco dinero.

El término «empresa» le sonó lejano.

Lo sé contestó Luz, con voz baja. ¿Podría probar unos días? Tengo empleo ahora, pero tal vez pronto me libere.

Zinaida asintió.

Venga el sábado, vemos qué sale.

Al salir, los nervios le temblaban las piernas. En su mano llevaba la tarjeta del taller. Dentro, dos voces discutían. Una la animaba a arriesgarse, la otra le recordaba la hipoteca, el hijo y el sótano con sus hilos.

En la oficina, la esperaban más correos y reuniones. Al mediodía imprimió su carta de dimisión y la dejó en el cajón, pero al final del día no tuvo valor para entregarla.

El sábado, el cielo estaba nublado. Arturo se fue con amigos, prometiendo volver para cenar. Luz tardó en decidir qué ponerse; al final, jeans y una camiseta sencilla, dejando el blazer colgado como una sombra.

En el taller, la actividad era intensa. Una joven con una bolsa abultada pidió que le ajustaran unos vaqueros. Zinaida le indicó a Luz que se sentara.

Luz tomó la vieja máquina y, tras media hora, encontró el ritmo: el pedal bajo sus pies, la aguja entrando y saliendo, la línea recta del hilo. Al mediodía, la cabeza le dio vueltas por el esfuerzo. Zinaida le sirvió té de una tetera antigua.

¿Cómo va? preguntó.

Cansada, pero me gusta. Se ve que hago algo.

Eso es lo esencial contestó Zinaida. No te engañes, es trabajo duro, la espalda, los ojos, los pies, y poco dinero. Pero si te gusta, agárrate.

Al terminar, Zinaida le entregó unas cuantas billetes como paga de práctica. Luz los miró, eran apenas una décima de lo que ganaba en la oficina. Pensó en cuántas veces gastaba esa cantidad en café para llevar y taxis.

El lunes siguiente, entregó su dimisión al departamento de recursos humanos. La empleada de gafas la miró y preguntó:

¿Está segura? Tiene buen puesto, ¿no?

Sí, estoy segura respondió Luz, sorprendida por la calma en su voz.

La noticia se esparció rápidamente. Los compañeros la interrogaron:

¿A dónde vas?

A un pequeño taller de reparación de ropa contestó a una.

Algunos rieron, pensando que era una broma; otros se quedaron sin palabras.

Al llegar a casa, Arturo le preguntó:

¿Te vas? ¿Y la hipoteca?

No dejo de trabajar, solo cambio de sitio. El sueldo será menor, tendremos que ahorrar: menos pedidos a domicilio, menos taxis. Pero llegaré a casa antes, podré cocinar y salir contigo.

Ya verás murmuró él, poniendo los auriculares de nuevo. Si dejas de gritar por la noche por el curro, eso será un plus.

El período de preaviso se alargó. Luz entregó documentación, redactó guías y respondió preguntas. Los colegas le regalaron flores y tarjetas, deseándole éxito.

El último día, al salir del edificio, miró la fachada de vidrio. Dentro seguirían la luz, el aire acondicionado y los interminables meetings. Ahí había estabilidad, seguros y primas, pero también el agotamiento que ahora le era familiar.

Dos días después, volvió al taller como empleada definitiva. Zinaida le dio un delantal y le mostró dónde estaban tijeras, hilos y cintas.

No temas a los clientes dijo Zinaida. Son distintos; algunos se quejan, otros agradecen. Lo importante es no tomarse nada demasiado a pecho.

Las primeras semanas fueron duras. El dolor en la espalda y el cuello era constante, los dedos se llenaban de púas de alfileres. Luz confundía pedidos, a veces la longitud del dobladillo, y Zinaida tenía que rehacer.

Eres lista, señorita le regañaba Zinaida. En la empresa todo era abstracto; aquí son cosas concretas. Mide, cuenta, no te distraigas.

Un día entró una mujer mayor con un elegante abrigo.

¿Qué le ha pasado a mi traje? gritó, mostrando los puños demasiado cortos.

Luz reconoció el trabajo; había medido mal la marca.

Lo reviso dijo con voz calmada.

La mujer vio que el error era suyo y exigió una solución. Luz propuso añadir un detalle decorativo; la clienta rechazó: «Este traje cuesta más de lo que usted gana al mes». Zinaida intervino, ofreciendo una rebaja y un arreglo gratuito. La mujer se fue furiosa, amenazando con una reseña negativa.

Luz se cubrió el rostro con las manos; la humillación era diferente a la que sentía en los reportes corporativos, pero más directa.

Esa noche, al llegar a casa, Arturo le preguntó qué había pasado.

Un cliente me acusó de arruinarle el traje explicó. Me sentí miserable.

Todos cometemos errores contestó Arturo. Lo importante es no volver a hacerlo.

Aquellas palabras simples de su hijo le llegaron al corazón, más que cualquier entrenamiento de gestión de estrés de la empresa.

Al final del mes, hizo un presupuesto: hipoteca, luz, comida, transporte, la cuota del club de baloncesto. Su nuevo ingreso apenas alcanzaba. Decidió prescindir de los taxis y de los pedidos de comida. Sacó una bolsa de arroz y conservas y preparó una cena sencilla. Arturo se quejó de nuevo es solo arroz, pero luego aceptó.

Recibió llamadas ocasionales de antiguos compañeros, curiosos:

¿Cómo te va en el sótano?

Bien, respondía a veces cansada, a veces entusiasmada, a veces justificándose.

Una exdirectora le proponía volver a un puesto confortable, pero ella declinó, diciendo que aún no quería regresar.

Poco a poco, el taller ganó clientes habituales. Un joven traía pantalones cada temporada para ajustarlos, una mujer de mediana edad confiaba sus vestidos de oficina y siempre dejaba una propinilla.

Una tarde, una chica de dieciséis años entró desesperada: su vestido de graduación tenía la cremallera rota a dos horas del acto. Luz tomó el vestido, lo desarmó con delicadeza y, pese al temblor de sus manos, lo arregló. La joven salió radiante, pagó y, entre lágrimas, agradeció.

Esa gratitud tangible le dio a Luz una sensación que nunca había experimentado en la oficina: una recompensa visible, no un número en una hoja de cálculo.

Al volver a casa, Arturo le preguntó cómo había sido el día.

Bueno, ayudé a una chica a llegar a su graduación respondió, sonriendo. ¿Qué tal si me haces unos pantalones?

Claro, bromeó él.

Con el tiempo, su rutina cambió. Desayunaba con Arturo, sin prisas para coger el metro. El taller se llenó de pedidos, charlas y el ruido rítmico de la máquina. Su cuerpo se resentíaAsí comprendí que la verdadera medida del éxito no está en los números, sino en la satisfacción de haber tejido con mis propias manos la vida que deseo vivir.

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