Azahara salió de la escalerilla del avión y gritó con una voz que retumbaba como un eco en la bodega:
¡Alberto! ¡Te amaré siempre! ¡Volveré, ya verás!
Luego volvió a su asiento, se sentó y dejó que las lágrimas fluyeran como lluvia de abril. A su lado estaba su marido, Fernando, mirando fijamente la ventanilla y guardando silencio. Sólo los dioses saben en qué pensamientos se perdía aquel instante, pero Fernando jamás reprocharía a Azahara ni una sola palabra áspera. En su regazo descansaba su hijita de dos años, Lucía, que no entendía por qué su madre sollozaba sin consuelo mientras su padre permanecía inmóvil.
El avión tomó rumbo hacia Tánger, en Marruecos. En la cabina viajaban un enjambre de parientes de Azahara y Fernando, todos con la mirada puesta en la tierra prometida que los aguardaba, como si fuera el final de un sueño que nunca termina.
En Sevilla, Azahara había vivido una pasión llamada Alberto. Ambos estudiaban en la universidad y ella estaba segura de que él sería su esposo, porque su amor se calentaba cada día como el sol de la costa. Pero de golpe todo cambió. La madre de Azahara anunció su mudanza a Marruecos. Hemos encontrado un buen partido para ti dentro de nuestro círculo le soltó la madre, como quien lanza una piedra al agua.
Azahara se rió al oír la noticia, pero pronto llegaron los familiares con el pretendiente. Al ver a Fernando, Azahara escapó sigilosamente de su propio patio. El candidato no le gustó en lo más mínimo, sin embargo los mayores decidieron la boda sin ella. ¡La pareja perfecta se formará! exclamaron.
La madre, percibiendo la consternación de su hija, intentó convencerla:
Azaharita, debemos irnos. Después podrás vivir con quien quieras. Mira a Fernando, es tranquilo, inteligente, de esos que llevan la vela encendida. Te ha caído bien, hija, aguanta y amarás.
Azahara contó todo a Alberto.
Él se encogió de hombros:
Azahara, no puedes ir contra tu familia. Yo también estoy atrapado. Así son las cosas, acepta.
Azahara lo tachó de cobarde, creyendo que había renunciado a ella sin mover un dedo. Desde la desesperación, aceptó casarse con Fernando.
Los años trajeron lágrimas, despedidas y platos rotos, pero Fernando siempre perdonó a su esposa. Sabía que el amor de Azahara por Alberto no se podía aplastar y que, para conquistarlo, debía ganarse su corazón. Cuando nació Lucía, Azahara se sumergió en la maternidad como si fuera un refugio temporal; aun así, el recuerdo de Alberto seguía latiendo en su interior.
Al fin, los parientes completaron los trámites para emigrar. Todas las pertenencias se cargaron en camiones. Alberto, disfrazado de sombra, llegó al aeropuerto para despedir a Azahara. Cuando ella ya estaba a bordo, avistó a lo lejos a Alberto agitando flores. Sin pensarlo, Azahara saltó de la escalerilla. Alberto le lanzó un enorme ramo de margaritas que, al caer, se desparramó sobre la hierba del aeródromo, mientras el avión ganaba velocidad y el viento esparcía los pétalos por toda la pista.
Tánger, la nueva morada. Una vida distinta. Obstáculos innumerables en el camino hacia la felicidad. Pasaron años antes de que Azahara y Fernando pudieran respirar tranquilos; tuvieron que aprender árabe marroquí, costumbres locales, adaptarse al calor y encontrar trabajo.
Algunos abuelos, con el tiempo, se desvanecieron como humo. Azahara dio a luz a dos hijas más: Áurea y Carmen. Fernando siempre estuvo a su lado, como un ángel guardián, ocupándose de todas las tareas del hogar. Juntos recorrieron toda Europa en un viaje de recuerdos.
En el día de su boda de plata, rodeada de hijos y nietos, Azahara confesó su amor sincero por Fernando, y él respondió que aún no podía creer su inmensa felicidad. La madre de Azahara había tenido razón: se soportó y se amó.
Cuando la mejor amiga de Azahara, voladora desde Sevilla, la visitara y le preguntara ¿Y Alberto, no lo has olvidado?, ella responderá, perpleja:
¿Alberto? ¿Me recuerdas a quién? y el sueño continuará girando entre susurros y sombras.







