Su amiga olvidó colgar tras la llamada, y Zosia descubrió mucho sobre su propia familia

Life Lessons

Tía, te tengo que contar una historia alucinante que me ocurrió a mí y a mi marido, y que cambió totalmente mi visión sobre la gente, y la forma en la que nos relacionamos con nuestros amigos. A raíz de esto, la verdad es que empezamos a ver a las amistades de otra manera. No es que hayan dejado de parecernos buena gente ni que hayamos roto con ellos, pero hemos aprendido a ser mucho más reservados y a no abrirles las puertas de nuestra intimidad como antes. Y todo viene por una experiencia superdesagradable que vivió mi amiga Carmen y su marido.

Ellos tenían una pareja de amigos muy cercanos, de toda la vida, vamos. Se conocían desde los tiempos de la universidad, los maridos trabajaban juntos y Carmen y su amiga estudiaron en la misma facultad. Un día, la amiga se casó y al poco tiempo tuvo un niño. Carmen, con toda la confianza del mundo, le presentó a la amiga a un compañero de trabajo de su marido y ¡voilà! ellos también empezaron a salir juntos.

Con el tiempo, el marido de la amiga dejó su trabajo y encontró otro mucho mejor pagado, y la amiga también consiguió un buen empleo. En ese momento, las parejas empezaron a verse menos y cada una iba un poco a su bola. Carmen, por su parte, andaba de baja en baja porque fue teniendo varios hijos seguidos. A sus jefes no les sentó nada bien tanto permiso y acabaron por despedirla con cualquier excusa.

Así que el marido de Carmen tuvo que echarle todavía más horas para sacar adelante la casa y a sus cuatro hijos. No les iba mal, la verdad: se compraron una casa grande a las afueras de Segovia y la llevaban a base de mucho esfuerzo. Poco a poco, las cosas se estabilizaron y aunque no nadaban en euros, vivían dignamente.

La otra pareja, en cambio, sin hijos y con buenos salarios, se dedicaba a irse de viaje por ahí, a salir a cenar cuando apetecía y a vivir la vida a su ritmo.

Un día, dándose cuenta de que llevaban tiempo sin verse, la pareja sin hijos les invitó a pasar el finde a su casa de campo en la Sierra de Madrid. ¡Un planazo!: barbacoa, bañito en el río, paseo por el monte, relajarse del ruido de la ciudad… ¡Y justo entonces Carmen llamó a su amiga para decirle que les encantaba la idea, pero que tenía que consultarlo con el marido y ya le confirmaba!

Aquí viene lo tremendo: su amiga, con las prisas, dejó el móvil encima de la mesa sin colgar. Y Carmen, sin querer, se quedó escuchando la conversación… que no era precisamente agradable. Empezó a oír barbaridades sobre ella y su familia.

Resulta que la otra pareja los ponía a caldo: que si eran unos pringados que no sabían vivir, que tener cuatro hijos era una locura, que seguro andaban mal de dinero y vivían casi al día… Se reían de su casa, decían que era cutre y que les daba apuro invitar a nadie allí. Criticaban a sus hijos, que eran unos maleducados y que la mitad de ellos deberían estar en un internado. De Carmen decían que era una pesada que solo sabía hablar de los críos.

Y del marido decían cosas aún peores: que era un borde insoportable y que no se podía tener una conversación con él. En esto se cortó la llamada (menos mal) y Carmen y su marido se quedaron de piedra, sin saber si ir a plantarles cara o qué hacer. Y en ese momento les llama el marido de la “amiga”, diciéndoles que les espera el finde y que están deseando verles. Carmen decide no decir nada en ese momento y dejar pasar unos días.

El finde llega. Sus amigos aparecen en la casa con unas conservas baratas del supermercado y unos dulces sin gracia para los niños. Nada de un detalle bonito, vaya. El marido, muy campechano él, suelta nada más llegar:

Vaya, ¿cuánto ganáis al mes que solo podéis comprar cosas de marca blanca? Bueno, menos mal que aquí os vais a poner las botas, que hemos preparado un banquete. Así que después de comer, nos echáis una mano, que hay mucho que hacer.

Carmen y su marido estaban flipando y no entendían por qué ese trato tan despreciativo. Para rematar, la otra suelta:

¿Y vosotros cuándo vais a tener hijos?

A lo que responde Carmen:

Pues de momento no es el momento, aún tenemos tiempo y queremos esperar.

Ya sé lo que pasa. Solo los paletos tienen hijos. Los listos viven para ellos mismos dice la amiga, así, sin cortarse.

Imagina sus caras. Claramente, sabían todo lo que habían escuchado y no tenían ni idea de cómo. Carmen y su marido se buscaron la excusa más rápida que encontraron para que se marcharan pronto.

¿Tú qué piensas? ¿Hicieron bien en no montar un escándalo o debían haberles cantado las cuarenta? ¿Tú cómo lo habrías gestionado, amiga? Yo, visto lo visto, prefiero rodearme de gente sencilla y no dejar que entren demasiado en mi vida privada, de verdad.

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