…Sonó el timbre… En el piso, sin ni siquiera saludar y apartando de un codazo al hijo del medio, irrumpió la suegra.
A ver, cuéntame, querida nuerita, ¿qué secretos le guardas tú a tu marido?…
¿Mamá? ¿Qué ocurre, mamá?…
Cuando Fede volvió a casa, el piso estaba más silencioso que una biblioteca un domingo de agosto. Su mujer, Carmen, le había avisado ya por la mañana que iba a llegar tarde porque en el trabajo decidieron hacer una auditoría sorpresa, así como quien no quiere la cosa.
Entró en la cocina, abrió la nevera y, sorpresa, ni rastro de la cena. Con un suspiro digno de un sainete, puso el hervidor, se preparó un par de bocadillos de jamón y se sentó a ver la tele.
Empezó a zapear con el mando a distancia hasta encontrar un canal donde se estaban partiendo la cara dos boxeadores. Pero claro, ni al primer mordisco al bocata llegó: sonó el timbre.
En la puerta, como si de la mismísima Guardia Civil se tratara, apareció su madre, doña Antonina García, que entró como un vendaval, sin saludar y empujando al hijo a un lado digno de la Puerta del Sol en hora punta.
¡Fede, que tengo que contarte una cosa que me ha dicho Encarnita!
Pero, mamá, ¿qué ha pasado? preguntó Fede, arrugando el entrecejo.
Que tu mujer, Carmen, tiene otro piso a su nombre. Lo alquila y se gasta los euros en sí misma, ¡qué jeta tiene!
Mamá, ¿pero cómo puedes hacerle caso a esa Encarnita? Si esa señora vive de los chismes y cotillea hasta con la portera de la acera de enfrente…
Bueno, a veces es verdad que a Encarnita se le va la pinza, pero esto es seguro: la sobrina de su vecina está viviendo ahora mismo en el piso de Carmen.
La chica esa se casó hace poco y han alquilado el piso de tu mujer, ¡y están encantados porque les sale por 700 euros al mes, baratísimo! Y no es de ahora: Carmen lleva alquilando ese piso más de dos años, que no es el primero que se lo alquila, ¿eh?
Bueno, esto sí que no me lo esperabadijo Fede, dándole vueltas. ¿Y por qué nunca me lo ha contado?
Pues cuando llegue Carmen del trabajo, se lo preguntas. Pero yo te lo digo: tu mujer está haciendo hucha para huir contigo a lo francés, y en cuanto junte lo que quiere, te deja, ¡y encima te deja seco!
Carmen llegó al cabo de hora y pico. En la casa le esperaban el marido y la suegraque, como buen reloj suizo, decidió no moverse de allí. Total, que para hacer tiempo, preparó la cena y le llenó el plato al hijo.
Cuando Carmen entró en el salón, se encontró con cuatro ojos mirándola con la seriedad del tribunal supremo.
Empezó la suegra:
A ver, cuéntame, guapina, ¿tienes secretos de esos de los que no se cuentan al marido?
Pues que yo sepa, ningunorespondió Carmen.
¿Ninguno, dices? ¿Y el piso de la calle Ortega y Gasset, número cuarenta y tres?
¿Y qué tiene que ver mi piso con secretos de pareja? se extrañó Carmen.
¡Que lo alquilas y encima escondes el dinero de tu santo esposo! saltó la suegra con brío.
Vamos a ver, Carmenle interrumpió Fede, hasta entonces mudo: ¿de dónde ha salido ese piso? ¿Y por qué nunca dijiste que lo alquilabas a nadie? ¿Y en qué te gastas el dinero?
Pues, querido, ese piso era de doña Raquel, la prima segunda de mi madre, que para mí era casi como una tía-abuela, aunque yo de esos líos de familia ni idea.
Raquel falleció hace casi tres años, y de hecho te lo conté, Fede. Recuerdo que dijiste: menos mal que ya no tienes que ir a cuidarla. Y cuando te pedí ayuda para organizar el entierro, me dijiste que estabas a tope en el trabajo y no tenías tiempo.
¿Y por qué te dejó el piso a ti? preguntó la suegra, ya oliendo a chamusquina.
Será porque, aparte de mí, nadie la visitaba nunca en su vida.
¿Y eso por qué nunca se lo has contado a Fede, lo de la herencia?
¿Y qué tiene que ver Fede con mi herencia?
¡Mucho! exclamó la suegra. ¡Que es tu marido!
¿Y?
¿Pero tú te haces la tonta o lo eres? prosiguió doña Antonina. ¡Ese dinero del alquiler debía ir al presupuesto familiar y tú, tan contenta, lo derrochas en tus cosas!
Lo uso porque es mío, ¡faltaría más! La herencia es propiedad personal. Todo lo que venga del piso sea alquilarlo o venderlo también. Así que no tengo ninguna obligación de ir dando cuentas, la verdad sea dicha.
Mira, Carmen, el año pasado tuve que reparar el coche y me dejé los dos bonus enteritos en la faena. Y ahí tú, con el dinerito, y yo sin saberlo. Me has dejado a cuadros…
Cariño, ese es tu coche. Eres tú el que lo usa. Y cuando te pido que me lleves a algún sitio, siempre tienes excusas: que si no tienes tiempo, que si no te viene bien, que pida un taxi… En todo el año, solo me has llevado una vez a hacer la compra de Navidad, otra porque olvidaste las llaves y no querías esperar dos horas en el rellano, y otra cuando me torcí el tobillo y casi no podía andar.
¿Y para qué voy yo a pagar de mi bolsillo la reparación de un coche que ni huelo?
¿Y cuánto te has juntado ya? preguntó la suegra, agudizando el morro. ¿Un millón de euros?
Algo hay, pero para tanto no da. Oye, Fede, ¿tú recuerdas que tienes dos hijas universitarias? ¿Cuándo fue la última vez que les mandaste dinero?
Ellas ya se buscan la vida, ¿no? respondió Fede encogiéndose de hombros.
Estudian y trabajan a ratos, pero si tuvieran que pagarse todo, ni clase pisaban.
Bueno pero, ¿por qué ocultaste lo de la herencia? preguntó el marido.
¡Porque ya sabía yo la que se iba a armar! Y porque, además, tenía delante el ejemplo de cómo tu madre se las apañó para que tu hermano pequeño y su mujer acabarán perdiendo el piso de la novia.
¿Yo? ¿Qué dices tú de mí?
¿Cómo que qué digo? Te pasaste un año entero taladrando a Julia: ¿Para qué quieres el piso de soltera? Mejor lo vendemos y nos compramos un chalé en la sierra para toda la familia. Lo vendisteis, se compró la casa… ¿a nombre de quién? ¡El tuyo! Y ahora resulta que Julia solo puede ir si le das permiso, ni puede llevar amigos a una barbacoa… Eso sí, a trabajar la huerta vaya si la dejas. Pues gracias, pero no.
¡Menuda cara tienes, Carmen! bramó la suegra. ¡Solo piensas en ti!
De tal palo, tal astilla, doña Antoninacontestó la nuera con una media sonrisa.
Fede, ¿tú oyes? ¡Tu mujer me falta al respeto!
Pues yo lo que oigo es la verdad. Desde que os habéis enterado de lo de la herencia, no paráis de darme la lata. ¿Para qué has venido, mamá?preguntó Carmen.
Para que Fede se entere, ¡claro!
Muy bien, ya se ha enterado. ¿Y ahora, qué?
Que quiero que dejes de ocultar el dinero y que lo metas en la caja común.
Tranquila, que va para la familia. Pero en lo que yo crea conveniente. No en el coche de Fede, ni en las reformas de tu casa de campo.
Podríamos decidirlo entre todos dijo la suegra, ya a la desesperada.
¿Perdón? ¿A mis cuarenta y seis años necesito un comité para gastar mis ahorros?
¡Tendrás que pensar en los demás! saltó doña Antonina, casi jadeando.
¿En los demás o en ti? Por eso no dije nada: para que mi dinero fuera para mí y para mis hijos.
Y así quedó la cosa. Desde entonces, siempre que puede, doña Antonina intenta reclamar su parte, según dice ella. Pero la jugada no le sale. Y es que a Carmen le sobra picardía y le faltan ganas de comedia: donde pone el pie, ahí se planta.






