¿Cómo que conservatorio? La madre arrojó el folleto que Lucía trajo del instituto sobre la mesa. Ni hablar. Ni se te ocurra.
Lucía se quedó quieta en la puerta de la cocina, abrazando la mochila como si fuera un salvavidas. Tenía un nudo en la garganta tan grande como una naranja de Valencia. Imposible tragar.
Mamá, pero yo quiero…
¡Que ella quiere, dice! repitió la madre como un loro malhumorado. Tú de eso no entiendes nada. Vas a estudiar Contabilidad, como Dios manda, que es una carrera seria y con futuro. Siempre tendrás eurillos en el bolsillo.
El padre estaba sentado a la mesa sin decir ni mú, pero Lucía sabía que su silencio era, como siempre, la confirmación tácita de que estaba de acuerdo con mamá. Como dos cañones apostados.
Papá… intentó, mirándole con la esperanza zombi. ¿Recuerdas cuando dijiste que tenía talento?
El padre levantó un momento la vista, tragó saliva, miró a la madre y volvió a inspeccionar minuciosamente la sopa.
Tu madre tiene razón, Lucía. La música no es una profesión. Es un capricho, un pasatiempo.
Las lágrimas salieron disparadas a presión, calientes y cabreadas. Lucía se las limpió con la manga del uniforme, restregándoselas bien por toda la cara.
Ya está, otra vez llorando la niña la madre frunció los labios. Fíjate en Yolanda, tu prima. Una contable como la copa de un pino. ¿Y qué? Su piso propio, marido formal, viven como Dios. ¿Tú eres menos? ¿Vas a ir por la vida tocando la guitarra en el metro?
Siempre Yolanda. La hija de la tía Merche: la joya de la familia y el ejemplo nacional de todo lo bueno. Yolanda esto, Yolanda lo otro. Yolanda casada a los veinticinco, y tú, Lucía, ni los platos sabes lavar en condiciones.
No quiero ser como Yolanda susurró Lucía. Quiero dedicarme a la música.
Se acabó el padre empujó el plato y se levantó de la mesa con el sigilo de una grúa. Vas a Economía y punto. Nosotros solo queremos lo mejor para ti.
Lucía miró a los dos, a la madre con esa cara de estar oliendo algo mal y al padre que ya salía de la cocina con paso solemne, cerrando el asunto con la autoridad de quien manda. Eran un bloque inexpugnable y ella no tenía ni una honda para enfrentarse. Ni voz ni voto ni pasta. Solo un sueño que acababa de ver cómo lo pisoteaban y lo barrían bajo el vinilo de la cocina junto al folleto multicolor.
Asintió. Recogió el folleto, enderezó las páginas arrugadas y lo tiró al cubo de la basura sin más funeral…
…Cinco años de universidad pasaron como un atasco de lunes: grises y eternos. Lucía asistía a las clases, machacaba asientos contables, aprobaba exámenes. No había asignatura que le interesara, ni una miserable chispa de entusiasmo. Débitos, créditos, balances… Todo se agolpaba en su cabeza como las bolsas de Mercadona un sábado.
El día de la graduación, la madre brillaba como el Cibeles recién fregado. Hacía fotos a Lucía con las columnas de la facultad detrás, llamaba a tía Merche para presumir a lo grande.
¿Y trabajo, ya tiene? preguntó desde el teléfono la tía Merche, y la madre sonrió de oreja a oreja.
Por supuesto, ya está todo apañado. En una empresa buenísima. Vas a ver, nuestra Lucía será la mejor de todas.
“Nuestra Lucía”. Como si fuera una cazuela heredada o un proyecto colectivo.
El primer día de trabajo resultó exactamente como Lucía había soñado (o más bien temido): despacho estrecho sin ventana, ordenador, una montaña de papeles y el aroma inconfundible del café de máquina. Las compañeras, dos señoras rondando los cincuenta, debatían sobre la nueva promoción del hipermercado y el divorcio de una amiga.
Lucía pasó allí ocho horas viendo hojas de cálculo. Los números bailaban en la pantalla en un guateque caótico. Al salir, le dolía la cabeza y parecía que solo le quedaba llorar.
El día 28 cayó la primera nómina. Lucía miró el importe en el móvil e hizo cálculos mentales. Bastaba. Si alquilaba una habitación en Aluche, ahorraba en menús del día y no gastaba en caprichos, bastaba.
Esa noche hizo la maleta sin decir ni pío. Cuando su madre entró en la habitación, Lucía cerraba la cremallera como quien da portazo a una época.
¿Pero esto qué es?
Que me voy.
La madre la miró atónita, con cara de haber visto un fantasma en la paella. Luego se le puso la cara roja como una gamba.
¿A dónde te vas? ¿Te has vuelto loca?
No Lucía levantó la maleta. Ya lo he decidido.
¿Y el piso? ¿Y el coche? la madre se aferró al marco de la puerta como si el mundo bailara sevillanas. ¡Si tu padre y yo lo teníamos todo planeado! Ibas a ahorrar para la entrada, hipotecarte, después casarte…
Eso lo planearon ustedes. Esto es mi vida, no la suya.
El padre apareció en el pasillo.
Lucía, hija, no hagas tonterías. ¿Dónde vas a ir?
Por ahí.
Lucía abrió la puerta. Dio un paso fuera y la puerta se cerró a su espalda con el empujón del aire.
La maleta le pegaba en las piernas al bajar por la escalera. Perro ladrando en el patio, la radio a tope en el quinto: pura rutina española de barrio. Lucía salió a la calle, aspiró el aire fresco y se fue directa a la parada del bus. En el bolsillo, su sueldo; en la maleta, sus cosas; y delante, un futuro tan desconocido como suyo…
…Durante los primeros meses, el móvil sonaba más que la campana de la catedral de Salamanca. Mensajes de su madre, a medio camino entre el drama y la amenaza. Llamadas del padre al caer la tarde.
Vuelve a casa decía él. Por favor. Somos familia.
Lucía escuchaba su voz ronca y meneaba la cabeza, aunque él no pudiera verla al otro lado.
No, papá. No voy a volver.
Pues deja de ser hija nuestra sentenció la madre, arrebatando el móvil. ¿Oyes? Olvídanos. No tenemos hija.
Se cortó la comunicación. Lucía dejó el teléfono en el alféizar y se quedó horas mirando las luces titilantes de Lavapiés, en el barrio donde ahora vivía. Sin lágrimas ni dolor. Solo un eco extraño de vacío resonando por dentro, que acabó por anestesiarse solo.
…Diez años volaron en un suspiro. Tres pisos de alquiler, cinco trabajos, noches enteras estudiando partituras, aprendiendo por su cuenta programas de sonido mientras Madrid dormía. Encargos mal pagados: músicas para anuncios, cortos de estudiantes, lo que cayera. Pero poco a poco, paso a paso, fue abriéndose camino.
Ahora su nombre salía en los títulos de crédito de tres películas y dos series que echaban por la tele de toda la vida. Su estudio ocupaba una habitación entera del piso luminoso y, desde hacía tres meses, el dedo anular lucía un anillo de oro reluciente.
Dani apareció en la puerta justo cuando Lucía mezclaba un nuevo tema. Dejó una taza de café humeante junto al teclado.
Alguien llama al portero dijo besándole la coronilla. ¿Esperamos a alguien?
Nadie que yo recuerde. Se habrán equivocado de número.
Pero volvieron a llamar. Una vez, otra más. Insistentes, como si supieran perfectamente que allí había alguien.
Lucía se quitó los cascos y fue al portero. En la pantalla, dos personas mayores: una mujer con abrigo pasado de moda, un hombre con la chaqueta desgastada. Reconoció a sus padres en el acto. Diez años no pasaban en balde: la madre más encorvada y con canas, el padre con barriguita y cara de tristeza perenne.
Pulsó el botón de hablar.
¿Qué queréis?
Lucía, hija, somos nosotros. Ábrenos, por favor.
Lucía ni se movió. Dani se acercó, acariciando su hombro con cuidado.
¿Son…?
Mis padres, sí.
Volvió a apretar el botón.
¿Cómo habéis dado con mi dirección?
Una amiga nos lo contó corrigió rápido la madre. Por Yolanda. Ella vio en internet el barrio donde vivís por lo de la boda, y luego…
Vale, ya entiendo.
Cortó bruscamente y observó la pantalla: sus padres de pie, saltando de un pie al otro. Diez años de silencio. Ni una llamada, ni un WhatsApp, ni un “¿sigues viva?”. Pero ahora, de repente, ahí estaban, recogiendo babas en la cámara del portero.
Bajo le dijo a Dani. Espérame aquí.
En el portal, Lucía tardó unos segundos en reunir coraje. Abrió la puerta, pero se quedó ocupando el marco, impidiendo pasar.
¡Lucía! su madre alzó las manos. ¡Lo guapísima que estás! Nos alegramos tanto por ti… Vaya bodorrio, hemos visto las fotos. Tu marido, con buena planta y, dicen, buena familia…
¿A qué habéis venido?
La madre se atragantó. Miró al padre, que carraspeó nervioso.
Lucía, que somos tus padres empezó. Lo de antes… cosas del pasado, tú sabes. Ahora que te va bien, podrías echarnos una mano.
¿Ayudaros?
Sí se encogió de hombros. La casa pide una reforma, el baño está para morirse. Y poder irnos algún año a la playa, ya que ahora vais tan bien tú y tu marido…
La madre le dio un codazo, susurrando entre dientes, pero él pasó.
¿Qué tiene de malo? Eres nuestra hija. Lo normal es ayudar.
Lucía se apoyó en el quicio, se cruzó de brazos y sonrió de medio lado.
Ajá. Diez años sin hija. Que me olvidara del camino a casa. Pero ahora, que la niña ha prosperado, resulta que hay que ser familia…
Solo queríamos que recapacitaras, hija soltó la madre atropellada. Queríamos lo mejor para ti…
Lo mejor repitió Lucía. Pues mirad, he llegado donde estoy precisamente porque no olvidé mi sueño. No fui contable como queríais. No me pasé la vida entre balances en un zulo. Hice lo mío, y esto es el resultado.
Señaló tras de sí: un portal luminoso y su vida hecha con sus propias manos.
¿Y ahora qué? ¿Queréis dinero? ¿Vacaciones? ¿En serio? ¿Tras diez años sin noticias os presentáis a pedir?
Venga, Lucía, ya está, déjalo gruñó el padre. ¡Déjate de rencores!
No son rencores. Es un hecho. Vosotros me borrasteis de vuestra vida por no cumplir vuestros planes. Ahora que la jugada me ha salido mejor que a vosotros… aquí estáis. Muy conveniente todo.
La madre sorbió por la nariz, a punto de romperse en lágrimas.
Somos tus padres. Te quisimos, te criamos…
¿De verdad queréis lo mejor para mí? les cortó Lucía, y la madre enmudeció. Pues largaos. Olvidadme. Olvidad el piso, la música, el número. Vivid como si nunca hubierais tenido hija, como dijisteis hace diez años.
Dio un paso atrás y empezó a cerrar la puerta. El padre quiso avanzar, pero paró de golpe al ver su expresión.
Lucía…
Adiós.
La puerta se cerró suavemente.
Subió las escaleras, entró en casa. Dani fue a recibirla, leyéndole la cara.
¿Todo bien?
Sí exhaló, apoyándose en él y enterrando la frente en su hombro. Ahora sí.
Él la abrazó, acariciándole la espalda en silencio. Y Lucía supo que sí, ahora estaba “mejor que Yolanda”. Tenía piso, pareja, una carrera de verdad. Pero no era por eso.
Había tardado diez años en llegar hasta aquí: entre tropiezos, noches en vela, y músicas inventadas al borde del sueño. Y ahora sí, era feliz. De verdad, a rebosar, hasta que le vibraba el pecho. Y eso valía más que cualquier comparación.



