Sin “deberes”: Una tarde en familia sin obligaciones, con platos sin lavar y confesiones sinceras en una casa madrileña, donde un padre agotado se sincera con sus hijos entre deberes, temores, presión escolar y decisiones de futuro, y aprenden juntos que no siempre hace falta fingir que todo va bien

Life Lessons

Sin tengo que

Hoy, al llegar a casa, he notado que me sentía más agotado de lo normal. He abierto la puerta y, nada más entrar en la cocina, me he topado con tres platos con restos de macarrones resecos, un envase de yogur volcado y un cuaderno de cuadritos abierto. La mochila de Nacho estaba en mitad del pasillo. Lucía estaba tirada en el sofá, absorta con el móvil.

He dejado la maleta en el suelo, me he descalzado y he sentido unas ganas profundas de señalar el desorden, pero el cansancio se me ha agarrado fuerte al cuello. Así que solo he cogido un plato y lo he llevado al fregadero.

Papá, ahora lo lavo yo me ha dicho Lucía, sin apartar la mirada del móvil.

Vale.

He abierto el grifo, he dejado que el agua empapase los restos de pasta, viéndolos perder consistencia y deslizarse por el desagüe. He cerrado el agua y me he quedado mirando la vajilla humedecida.

Lu, ¿Nacho dónde está?

En su cuarto. Con los deberes de mates.

¿Y tú?

Ya he terminado todo.

Me he secado las manos en el trapo y he ido hasta la habitación de Nacho. Él estaba tumbado en la alfombra, apoyado sobre el puño, con apenas dos ejercicios escritos en el cuaderno.

Hola le he dicho.

Hola.

¿Qué tal?

Bien.

¿Los deberes?

Haciendo.

Me he sentado en el borde de la cama. Nacho me ha mirado de reojo y luego ha vuelto a fijarse en el cuaderno.

Papá, ¿qué pasa?

No sé he respondido. Supongo que estoy cansado.

Y era cierto. Por la mañana mi madre me llamó, exigiendo que fuese a ayudarle a vaciar el armario viejo. Luego, una reunión eterna en el trabajo, hasta las seis. El Cercanías a tope, pegado a la puerta casi sin poder respirar. Y ahora, sentado en el cuarto de Nacho, me he dado cuenta de que no quiero hablar de platos, ni de deberes, ni del desorden. No quiero convertirme en esa máquina que al llegar a casa se conecta en modo padre.

Oye, ¿por qué no nos juntamos un momento en la cocina? Los tres he propuesto.

¿Para qué?

Solo para hablar.

Nacho ha puesto mala cara.

¿Otra vez por la nota de Lengua?

No. Solo quiero hablar un rato, nada más.

Papá, no he terminado los deberes.

Luego los continúas. Solo cinco minutos.

He salido y le he pedido a Lucía que viniera. Ella ha dejado escapar un bufido.

¿En serio?

En serio.

Ha dejado el móvil en el sofá y se ha levantado. Nacho ha salido despacio de su cuarto y se ha quedado plantado en el umbral de la cocina, como si no tuviera claro si entrar.

Me he sentado a la mesa. He apartado el cuaderno y Lucía ha ocupado el asiento de enfrente. Nacho se ha sentado en el borde de la silla.

¿Qué ha pasado? ha preguntado Lucía.

Nada. No ha pasado nada.

¿Entonces?

Les he mirado a los dos. En la cara de Nacho asomaba la inquietud, como si esperara una mala noticia.

Solo quiero hablar he dicho. De verdad. Sin el tienes que hacer los deberes, tienes que recoger los platos, todas esas cosas.

¿O sea que los platos no hay que lavarlos? ha preguntado Nacho, prudentemente.

Ya los lavaremos luego. No es eso de lo que hablo.

Lucía ha cruzado los brazos, desconfiada.

Estás raro hoy.

Lo estoy he admitido. Estoy cansado de fingir que todo va bien.

Nadie ha respondido. He buscado las palabras, pero por dentro solo había vacío.

No sé cómo decirlo he empezado, pero la sensación que tengo es que todos aquí estamos fingiendo. Yo llego a casa, vosotros disimuláis que todo está bien, yo hago como si me lo creyera. Charlamos del colegio, de la cena, pero no conversamos de verdad.

Papá, nos estás agobiando ha susurrado Lucía. ¿Por qué?

No sé… Tal vez porque siento que yo tampoco puedo y me da miedo que vosotros tampoco podáis, pero ni siquiera sé con qué cosas.

Nacho frunció el ceño.

Yo sí puedo.

¿Seguro? he preguntado mirándole. ¿Y por qué llevas dos semanas sin dormir hasta la una?

Nacho se ha quedado en silencio, clavando la mirada en la mesa.

Te oigo moverte por la noche le he dicho. Y por la mañana tienes cara como de no haber pegado ojo.

Es que no me apetece dormir.

Nacho.

¿Qué, Nacho?

Dímelo de verdad.

Ha encogido los hombros y ha apartado la cara.

En el cole bien. Los deberes los hago. ¿Qué más?

Lucía ha intervenido:

Papá, no le interrogues.

No le interrogo, quiero entenderlo.

Pero no quiere hablar. Es su derecho.

La he mirado.

Vale. Entonces cuéntame tú qué tal.

Ha puesto una mueca irónica.

¿Yo? Muy bien. Estudio, quedo con amigas, lo de siempre.

Lu.

Ha bajado la mirada, ha callado.

¿Qué?

No has salido de casa en todo el mes. Tus amigas te han invitado dos veces y has pasado.

¿Y? No me apetecía.

¿Por qué?

Ha apretado los labios.

Porque estoy harta de sus charlas sobre chicos y tonterías. ¿Vale?

Vale he respondido. Pero yo creo que estás triste.

Ha negado con la cabeza, incómoda.

No estoy triste.

Bueno.

Silencio. Solo se oía el zumbido del frigorífico.

Escuchad he dicho al fin, despacio, ahora no quiero educaros. Ni que me animéis. Solo quiero ser sincero: tengo miedo. Cada día. Me da miedo no tener suficiente dinero, miedo de que la abuela enferme y no lo diga, miedo a que me echen del trabajo. Y miedo de que os pase algo y ni me entere porque estoy agotado conmigo mismo. Y me cansa mucho fingir que tengo todo bajo control.

Lucía parpadeó, fijando la mirada en mí.

Pero eres adulto murmuró. Debes ser capaz.

Lo sé. Pero no siempre lo soy.

Nacho levantó la cabeza.

¿Y si no puedes?

No lo sé respondí sinceramente. Supongo que tendría que pedir ayuda.

¿A quién?

A vosotros, por ejemplo.

Nacho volvió a fruncir el ceño.

Pero somos niños.

Sois niños, sí. Pero sois parte de esta familia. Y a veces solo necesito que me digáis la verdad, no el todo bien, sino cómo vais en realidad.

Lucía pasó la mano por la mesa, quitando migas imaginarias.

¿Para qué te sirve saberlo?

Para no sentirme solo.

Me miró y sentí que lo comprendía.

Me da miedo ir al cole dijo de pronto Nacho. Un chico me llama tonto cada día. Siempre, y todos se ríen.

Lo sentí apretar en el pecho.

¿Cómo se llama?

No lo digo. Si vas a buscarle va a ser peor.

No iré. Te lo prometo.

Nacho me miró dudando.

¿Seguro?

Seguro. Pero necesito que sepas que no estás solo.

Nacho asintió, mirando al suelo.

No estoy solo. Tengo a Hugo. Estamos juntos en clase.

Me alegro.

Lucía suspiró.

No quiero ir a la universidad dijo bajito. Todos preguntan a cuál quiero ir y no tengo ni idea. Siento que no quiero ir a ninguna, que no valgo para nada.

Lu, tienes catorce años.

¿Y? Todos ya lo tienen claro. Yo no.

No todos.

Todos los que conozco, sí.

Me quedé pensando.

A tu edad, yo quería ser geólogo. Luego cambié. Y después cambié de idea otra vez. Y ahora trabajo en algo que jamás creí.

¿Y qué tal?

Pues a ratos bien, a ratos cuesta. Así es la vida, no tiene que estar resuelta desde el principio.

Lucía asintió, con inseguridad.

Pero todos dicen que tienes que decidirte pronto.

Lo dicen coincidí. Pero es lo que dicen ellos, no lo que dices tú.

Me miró, sonrió apenas.

Hoy te noto distinto.

Me cansa ser el padre perfecto.

Nacho se rió bajito.

¿Te puedo preguntar algo?

Claro.

¿Tú de verdad tienes miedo?

De verdad.

¿Y qué haces cuando tienes miedo?

Me quedé en silencio.

Me levanto y hago algo. Aunque no sepa si es lo correcto. Solo hago.

Nacho asintió, como entendiendo algo.

Nos quedamos callados. Yo los miraba y sentía que no había resuelto nada, no había dado respuestas ni quitado los miedos, pero algo sí había cambiado: me había mostrado vulnerable, ellos también.

Bueno dijo Lucía al levantarse. Hay que lavar los platos.

Te ayudo dijo Nacho.

Yo también añadí.

Nos pusimos a fregar, cada uno en lo suyo. Había silencio, sí, pero era otro silencio. No esa distancia fría de otros días, sino algo más lleno.

Cuando pusimos el último plato en el escurridor, Lucía se secó las manos y me miró.

Papá, ¿puedo hablar así otra vez, cualquier día?

Cuando quieras le dije.

Asintió y se fue a su cuarto. Nacho se quedó un momento.

Gracias por no ir a buscar al chico de clase me dijo.

Pero si se pone peor, me cuentas, ¿vale?

Vale.

Venga, vamos a terminar las mates.

Fuimos a su cuarto y nos sentamos en la alfombra. Cogí el cuaderno, miré los ejercicios. Nacho se acercó y empezamos juntos, despacio, casi con rutina. Pero ahora sabía yo lo sabía que tras esos ejercicios había un niño asustado y que podía, por fin, estar a su lado, no sólo como alguien que corrige, sino como alguien que también tiene miedo pero sigue levantándose cada mañana.

No era mucho. Pero era un comienzo.

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