Sin alma

Sin alma
Hoy he vuelto a casa, tras ir a la peluquería.
Aunque ya tengo mis añoseste junio cumplí sesenta y ochome gusta mimarme de vez en cuando, así que visito a mi estilista con cierta regularidad.
Me arreglo el pelo, las uñas, y estos pequeños rituales me levantan el ánimo y me hacen sentir viva, aunque la rutina pese.
Clavita, ha venido a verte una pariente.
Le dije que llegarías más tarde, prometió volver luego me ha contado mi marido, Yago.
¿Pariente?
Si ya nadie me queda.
Será alguna prima lejana, una quinta esencia como decimos.
Seguro que viene a pedirme algo.
Tenías que haberle dicho que estaba en las antípodas le contesté, algo molesta.
¿Pero por qué mentir?
Me ha parecido elegante, educada; muy bien vestida, no creo que venga a pedir.
Es alta, tiene porte, recuerda a tu madre, que en paz descanse me intenta calmar Yago.
Unos cuarenta minutos después ha sonado el timbre.
La he dejado pasar personalmente.
Era cierto, se parecía muchísimo a mi madre fallecida, ycómo nolucía un abrigo caro, botas de piel, guantes de buen gusto y unos pendientes diminutos con diamantes.
No soy nueva en esas cosas.
Ya tenía la mesa puesta, así que la invité a sentarse.
Pues vamos a presentarnos, si somos familia.
Soy Clavia, sin más; creo que somos parecidas de edad.
Este es mi marido, Yago.
¿Por qué rama eres pariente mía?
le pregunté.
Ella dudó, se sonrojó un poco.
Me llamo Aurora Aurora Velázquez.
Apenas nos llevamos años.
Cumplí cincuenta el doce de junio.
¿Esa fecha te dice algo?

Me quedé helada.
Veo que lo recuerdas Sí, soy tu hija.
No te preocupes, no quiero nada de ti.
Solo necesitaba verte, mirar a mi madre de verdad.
He vivido siempre en la ignorancia, sin comprender por qué mi madre jamás me quiso.
Por cierto, ella falleció hace ocho años.
¿Por qué sólo me quería papá?
Él falleció hace nada, solo han pasado dos meses.
En el último momento me habló de ti.
Me pidió que le perdonaras, si podías dijo, temblando.
¿Pero tienes una hija?
preguntó Yago, desconcertado.
Pues parece que sí.
Te lo explicaré después le respondí.
¿Eres mi hija?
Perfecto.
¿Ya me has visto?
Si crees que voy a pedir perdón, te equivocas.
No tengo culpa alguna le dije a Aurora.
Espero que papá te lo contara todo.
Si quieres despertar en mí algo maternal, tampoco, ni unas migajas.
Perdona.
¿Puedo venir otra vez?
Vivo en el extrarradio, en nuestra casa grande, de dos plantas.
Podéis venir los dos.
Quizá te acostumbres a la idea de que existo.
He traído fotos de tu nieto, tu bisnieta.
¿Quieres verlas?
me preguntó Aurora, casi sin voz.
No.
No quiero.
No vuelvas.
Olvídame.
Adiós le respondí seca.
Yago le pidió un taxi y la acompañó.
Al volver, yo ya había recogido y veía la televisión con tranquilidad.
¡Qué sangre fría tienes!
Serías buena general, ¿es que no tienes alma?
Siempre pensé que eras dura, pero esto Nunca lo imaginé me dijo Yago.
Nos conocimos cuando yo tenía veintiocho años, ¿verdad?
Pues, querido, mi alma la destrozaron mucho antes.
Soy de pueblo, soñaba con escapar, por eso estudié como nadie y logré entrar en la universidad siendo la única de mi clase.
Tenía diecisiete cuando conocí a Vicente.
Lo amaba con locura.
Él era doce años mayor, pero eso no me frenaba.
Tras una infancia pobre, la ciudad donde estudiaba me parecía un cuento de hadas.
La beca no servía para nada; pasaba hambre.
Por eso agradecía los cafés, los helados, las cenas con Vicente.
Él nunca me prometió nada, pero yo pensaba que nuestra relación nos llevaría a casarnos.
Una noche me invitó a su chalet, y fui sin dudar.
Pensé que después de aquello ya le ataba.
Las visitas se hicieron habituales, y pronto quedó claro que esperaba un hijo suyo.
Se lo conté a Vicente.
Se alegró mucho, pero yo sabía que pronto sería evidente mi embarazo.
Le pregunté cuándo nos casaríamos; ya tenía dieciocho, podía solicitarlo.
¿Te prometí alguna vez casarme contigo?
me respondió.
No te lo prometí, ni pienso hacerlo.
Es más, estoy casado dijo, sin alterarse.
¿Y el niño?
¿Y yo?
Estás joven, sana; podrías ser modelo para una escultura.
En la universidad coges baja, estudias hasta que se note, y luego mi mujer y yo te llevamos a casa.
No conseguimos tener hijos; quizá porque ella es mucho mayor.
Cuando nazca, nos quedamos con él.
Cómo se formalice eso, no es asunto tuyo.
Soy joven, pero tengo peso en el ayuntamiento.
Mi mujer es jefa de sección en el hospital.
Que el niño no te preocupe.
Postparto, vuelves a la uni.
Incluso te pagaremos.
Por entonces nadie hablaba de vientres de alquiler.
Creo que fui la primera, aunque ni sabía lo que era.
¿Qué podía hacer?
¿Volver al pueblo, condenar a mi familia?
Viví en su casa hasta el parto.
Su esposa nunca me visitó, supongo que me odiaba.
La niña nació en casa, trajeron a la matrona, todo según lo pactado.
Y ni la amamanté; se la llevaron de inmediato.
No la vi más.
Una semana después me acompañaron discretamente.
Vicente me dio dinero.
Volví a la universidad.
Luego trabajé en la fábrica; me dieron una habitación en el alojamiento familiar.
Primero supervisora, luego encargada.
Amigos tuve, pero nadie me propuso matrimonio, hasta que apareciste tú.
Me casé con veintiocho porque ya era necesario.
Sabes el resto.
Hemos vivido bien, cambiamos de coche tres veces, la casa es un lujo, el jardín perfecto, cada año vacaciones.
La fábrica sobrevivió los noventa; los tractores sólo salían de nuestro taller.
La valla de alambre y torres de vigilancia siguen allí.
Me jubilé anticipadamente; todo lo tenemos.
Hijos, no, ni falta.
Cuando veo a los críos de hoy…
Mal hemos vivido.
Te amé, intenté calentar tu corazón, y no lo logré.
Vale que no tuvimos hijos, pero ni un gatito, ni un perro te enternecen.
Para ayudar a mi sobrina, ni la dejaste una semana en casa.
Hoy vino tu hija, ¿y cómo la trataste?
Tu sangre, y nada Si fuéramos jóvenes, pediría el divorcio; ahora ya es tarde.
Contigo todo es hielo replicó Yago, furioso.
Me aterrorizó; jamás me habló así.
Esa hija ha alterado mi paz.
Yago se mudó a la casa de campo.
Ahora vive allí con tres perros recogidos de la calle y un sinfín de gatos.
Apenas pasa por casa.
Sé que visita a Aurora, conoce a todos, adora a la bisnieta.
Siempre fue un blandito.
Que viva como quiera pienso.
Nunca deseé acercarme a mi hija, ni conocer a mi nieto, bisnieta.
Viajo sola a la playa.
Descanso, me renuevo, y me siento fantástica.

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