Siempre pensé que tenía mi vida bajo control. Trabajo estable, casa propia, más de diez años de matr…

Life Lessons

Siempre creí que tenía mi vida bajo control. Un trabajo estable, casa propia en un barrio de toda la vida, un matrimonio de más de diez años, vecinos a los que saludaba desde que tengo uso de razón. Lo que nadie sabía ni siquiera ella es que yo también llevaba una vida secreta.

Desde hacía tiempo mantenía relaciones fuera del matrimonio. Me convencía a mí mismo de que era algo banal, que al volver a casa y cumplir con mis obligaciones, no hacía daño a nadie. Jamás sentí que me pillaran. Ni una vez sentí verdadera culpa. Habitaba en esa falsa seguridad del que cree que sabe manejar los hilos sin que nada se le escape de las manos.

Mi mujer, por su parte, era una mujer reservada. Su día a día seguía una rutina marcada horarios fijos, saludos cordiales a los vecinos, un mundo en apariencia sencillo y ordenado. El vecino de al lado, Fernando, era de esos hombres que ves todos los días nos prestábamos herramientas, sacábamos la basura casi al mismo tiempo, un gesto de la mano bastaba de saludo. Jamás se me pasó por la cabeza que pudiera representar ninguna amenaza. Ni pensé que se acabaría metiendo en lo que yo consideraba exclusivamente mío.

Yo salía, volvía, viajaba por motivos de trabajo, siempre pensando que, al regresar, todo seguía igual.

Todo saltó por los aires el día en que hubo una serie de robos en la urbanización. La comunidad pidió revisar las cámaras de seguridad. Por pura curiosidad, me dio por mirar también las grabaciones de nuestra casa. No buscaba nada en concreto, simplemente quería saber si había pasado algo sospechoso. Avanzaba los vídeos, los retrocedía.

Y entonces lo vi. Algo que ni me habría planteado buscar.

Mi mujer entraba por la puerta del garaje cuando yo no estaba en casa. Y, segundos después, el vecino Fernando la seguía. No era algo aislado. Ni dos veces. Las imágenes se repetían. Fechas. Horarios. Un patrón claro.

Seguí mirando, como hipnotizado.

Mientras yo creía que todo estaba bajo mi control, ella también tenía su propio universo oculto. La diferencia es que el dolor que sentí es indescriptible. No era como cuando perdí a mi padre ese dolor hondo y triste. Aquello era otra cosa.

Era vergüenza.
Era humillación.

Sentía que mi dignidad quedaba atrapada en esas grabaciones.

La encaré con los hechos. Le mostré las fechas, los vídeos, las horas. No intentó negarlo. Me contó que todo empezó en una época en la que yo estaba distante, que se sentía sola, que fue una cadena de casualidades. No pidió perdón enseguida. Solo me pidió que no la juzgara.

Y fue entonces cuando entendí la ironía más brutal de todo aquello:
yo no tenía derecho a juzgarla.

Yo también había sido infiel.
Yo también había mentido.

Pero eso no hizo que doliera menos.

Lo peor no fue la traición en sí.
Lo terrible fue comprender que, mientras yo pensaba que jugaba solo, los dos vivíamos exactamente la misma mentira bajo el mismo techo, con la misma desfachatez.

Yo me sentía fuerte porque sabía ocultar mis cosas.
Resultó que era un ingenuo.

Me hirió el ego.
Me hirió la imagen de mí mismo.
Me hirió ser el último en enterarme de lo que pasaba en mi propia casa.

No sé qué será de nuestro matrimonio a partir de ahora. No escribo esto para excusarme ni para culparla a ella. Simplemente sé que hay heridas que no se parecen a ninguna otra que hayas vivido.

¿Debería perdonarla?
Ella no sabe que yo también le fui infiel.

Rate article
Add a comment

2 × three =